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La lección de la cruz 
30 de septiembre
Por Francisco L. de Tejada

 

En aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacia, Jesús dijo a sus discípulos:

«Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres».

Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido.

Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto. (Lucas 9, 43b-45)

La lección más difícil del cristianismo, la que todos nos queremos saltar, es la lección de la cruz. Nadie quiere que le hablen de sufrir, de padecer y huimos de todo esto como de algo fatal.

Pero Dios nos quiere más de lo que nosotros nos queremos a nosotros mismos y por eso su cruz nos acaba alcanzando. El Señor sabe que la cruz es la puerta de todos los bienes, y las puertas están hechas para ser atravesadas, para conducirnos a espacios nuevos. La puerta del Reino es estrecha, al fin y al cabo, la puerta del Reino es la cruz, pero el Reino es anchura infinita y alegría sin fin.

Los oídos de los discípulos no querían entender este lenguaje de Jesús. Lo escuchaban con sus oídos, pero sus corazones estaban cerrados en su propia oscuridad. No deseaban que el Señor les diera luz sobre este misterio de toda existencia humana.

Loa Apóstoles necesitaban la acción del tiempo y de la gracia porque la santidad es una lluvia de dones y horas de trabajo paciente. Ellos escogían lo que les agradaba del Maestro y rechazaban lo que les parecía extraño, juzgaban a Dios y sus designios. Y así no se va al Cielo.

Pensaban que no merecía la pena preguntar a Cristo sobre sucesos de cariz tan desagradable. Era mejor cambiar de tema, intentar que Jesús se distrajera hablando de otras cosas, y seguir gozando de los milagros y éxitos del Maestro.

Y como ellos somos todos. Vamos sembrando nuestra vida de cruces tiradas por el camino, de oportunidades maravillosas que nos fueron dadas para crecer y que no supimos apreciar, de caricias y guiños del Señor que no supimos acoger para nuestro bien y el de los que más amamos.

Porque la cruz es hiel por fuera y miel por dentro. Es un juguete divino que hay que acoger como un niño y tenemos que aprender a jugar con ella, a reírnos con ella, porque ella será la causa de nuestra eterna sonrisa.

Hay que mirarla de frente y preguntarle cómo se llama: quizá tenga nombre de persona, de circunstancia, de enfermedad. Y después sonreírle y darle un beso- mientras nos rueden las lágrimas por las mejillas- y decirle que la queremos mucho porque sin ella nuestra vida no tendría valor y nuestro amor estaría sin peso. Entonces veríamos que, en realidad, no pesa tanto porque es el mismo Señor quien la lleva por y en nosotros cuando nos ve dispuestos a aceptarla.

El Seños sabía que su camino llegaba al Calvario y culminaba en la Resurrección. No convenía detenerse ni hacer posada en aparentes éxitos de la vida porque el Padre tenía otros designios. Jesús sabe que su Abba es siempre bueno y hace lo bueno. El Génesis es bueno y la Nueva Creación lo es aún más.

La cruz es salvación y vida, es un regalo del Cielo envuelto quizás en un papel desagradable, pero es un gran regalo. El día que miremos cara a cara nuestra cruz y nos convenzamos de que es buena todo cambiará. Esta fe nos dará alas, nos despegará de la tierra y agilizará todos los movimientos de nuestra vida. Poderoso es Dios para hacer que el mal se torne en bien y para convertir los peores momentos de nuestra vida en los mejores, los más inolvidables, porque Dios está cerca de los atribulados.

El que quiera adentrarse en este misterio hallará tesoros de gran valor. No se trata de esperar una gran cruz sino de llevar con alegría las pequeñas contrariedades de la vida, los sinsabores…y dejar que Dios nos vaya transformando por dentro.

¡Cuánto brilla la cruz de Cristo y cuanto brillaran nuestras cruces! Serán nuestras condecoraciones celestiales, nuestras medallas ganadas cada día en la batalla de la vida.

Decir cruz es decir amor vivido al máximo, entrega total. Y es solo el amor lo que nos hace profundamente felices. Por eso, si Dios te ha visitado y te visita cada día, salta de gozo.

Los Apóstoles temían preguntar a Jesús sobre aquella profecía tan desagradable, pero no lo hicieron bien. Acudamos a Jesús siempre y no temamos preguntarle para que Él nos hable y nos hable de nuestra cruz y nos inspire cómo tenemos que llevarla. Dialoguemos con Él sobre aquello que nos causa dolor. No emprendamos el camino de la huida de Dios cuando las cosas no sean como quisiéramos. No nos alejemos del Señor porque nos interesa lo que Él va a decirnos. Sentémonos delante del Sagrario y dejemos que Él nos instruya internamente y que nos dé su amor y su fuerza.

El hará milagros en nosotros y podremos amar nuestra cruz y mirarla con amor y estrecharla a nuestro corazón, y veremos cómo el madero empieza a fundirse ante tanto calor y veremos cómo casi, sin darnos cuenta, la cruz ya pasó.

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