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LA MANO DE DIOS 
04 de Agosto
Por Hermenegildo Sevilla

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron que hiciera algo por ella. Él, de pie a su lado, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose en seguida, se puso a servirles. Al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera se los llevaban; y él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando.
De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios.»
Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías. Al hacerse de día, salió a un lugar solitario. La gente lo andaba buscando; dieron con él e intentaban retenerlo para que no se les fuese.
Pero él les dijo: «También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado.»
Y predicaba en las sinagogas de Judea (San Lucas 4, 38-44).

COMENTARIO

En el evangelio de hoy nos encontramos con una mujer, la suegra de Simón, postrada en la cama, aquejada de una fiebre muy alta, débil, hasta el punto de no poder tenerse en pie. No podía, por sí misma, dirigirse a ningún médico, necesitaba que alguién con poder de curarla se acercara a su lecho.

Cuando Jesús nos habla, sabemos que sus palabras trascienden a lo meramente material, a lo inmediato. A Él le gusta el uso de parábolas, con las que podemos agarrarnos a la tabla de salvación que Él representa. La fiebre que acosaba a la suegra de Simón, es también un símil del pecado, que nos esclaviza y paraliza. Pero lo peor que nos puede suceder al caer en el pecado es normalizarlo, seguir su senda cómo si fuera la única, sin ser conscientes de que existe una vía de salvación que, en verdad, nos puede hacer felices y libres.  LLegados a este punto, sólo la oración de los demás puede rescatarnos, pidiendo a Jesús que se diriga directamente al pecador, porque él está tan esclavo que no puede pedirlo por sí mismo. Esta es la gran riqueza de la Comunión de los Santos. Debemos tener siempre presente, que cualquier hombre puede hundirse en el fango, hasta el punto de olvidarse de Dios. Recordemos, así mismo, dos pasajes de la Biblia. El primero refleja a un ciego que reconoce su carencia y es consciente de lo que le falta. El segundo se refiere a otro invidente que se había “acostumbrado” a su ceguera y vivía en la rutina de conseguir unas monedas diariamente mediante su mendicidad. Pedía a los demás un bálsamo cuando sólo Dios podía curarla.

Por otro lado, es muy significativo también que la suegra de Simón lo primero que hace, cuando Jesús la cura, es ponerse a servir. Es cierto que ponerse al servicio de los demás es un buen antídoto para luchar contra el pecado. En contraposición a esto recuerdo experiencias vividas en las que el Señor me salvó del peligro y de la angustia, colocándome en lugar seguro, en el que la paz, el sosiego y la alegría retornaron a mi corazón y en vez de seguir la voluntad de Dios, me dediqué a recrearme en la “suerte” para mí mismo y llevar el pecado a ese lugar preparado por el Señor para mí. En lugar de ser agradecido con el Señor aproveché su bondad para autosatisfacerme.

Hoy, el Señor, a través de su Palabra, nos llama a no ser necios y aprovechar los momentos de gracia y de mano tendida. Disfruta primero de un alma limpia y sana y tu cuerpo, por añadidura, tendrá todo lo que verdaderamente necesita. El Señor es generoso con todos nosotros, por encima de todas nuestras expectativas.

La fama de Jesús se había extendido, la gente conocía sus curaciones y muchos se acercaban sólo para ser sanados. Jesús contaba con ello y lo comprendía. El diseño divino, en esta ocasión, “utilizaba” a los milagros como paso previo a la conversión. Sin olvidar que todo milagro de Dios, por sí mismo, es un acto de misericordia.

Pero no siempre el caer en el pecado o en el bucle del demonio nos lleva a la rendición. De hecho, gracias a Dios, normalmente nos resistimos y nos quedan fuerzas para buscar el perdón de Dios. El Señor tiene la solución para cualquier enfermedad que padezcamos. Para las más graves nos ha dado el poder de la oración de los demás, confiando en que Él escucha y se encarga de llegar a donde nosotros no podemos. Para el que busca el perdón, el mismo Jesús otorgó a los apóstoles el poder de perdonar los pecados. Esto representa un tesoro inmenso del que podemos disponer toda nuestra vida. Basta acercarse a la Iglesia, a un presbítero, al Sacramento de la Reconciliación, para congraciarnos con Él, vaciar en Él todas nuestras podredumbres, traiciones, cobardías, todos nuestros pecados en definitiva, con un corazón sincero y arrepentido para que Jesús, a través del sacerdote, nos extienda la mano, como a la suegra de Simón. Así, podremos renovarnos, convertirnos, con un verdadero propósito de no ofender más a Dios, en el reconocimiento de nuestra debilidad y pequeñez, para que podamos levantarnos después de cada caída. El Señor mira nuestro corazón, nuestras intenciones, nuestras limitaciones. Él mismo asumió la condición humana y nos acoge como un verdadero padre. Lo importante para nuestra salvación es poner intención en no tropezar, pero si caemos debemos levantarnos rápidamente. y no dejar que la “fiebre” del pecado nos suba y nos deje postrados. Por esto es muy necesaria la confesión frecuente. Pero el gran problema de esta generación es que no reconoce al pecado, lo consideran como algo trasnochado. Las situaciones de pecado son legitimadas. El placer y la autosatisfacción lo justifican. Este pensamiento suele terminar con las civilizaciones y siembra la reaparición de la barbarie y la vuelta a las etapas más oscuras de la historia de la humanidad.

Los cristianos debemos estar vigilantes en este tiempo y confiar en la misericordia y la victoria de Dios y, mientras peregrinamos, servir a los demás, rezar por todo y por todos y confesarnos con frecuencia. El Señor, en este día, nos llama a esto.

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