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LA MEDIDA DEL AMOR DE DIOS 
11 de Abril
Por Manuel Requena

Jesús dijo a Nicodemo: Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios» (Juan 3,16-21).

COMENTARIO

Una de las páginas más difíciles de entender en el Antiguo Testamento, es la entrega de Isaac por su padre Abraham sobre la piedra del sacrificio. Suspendida la muerte en el último momento, ya con la mano que empuñaba el cuchillo alzada sobre su cuello, el relato nos hace pensar que las cosas del Dios, del amor y la fe, son tremendas en su entrega y en su intensidad, admirables en su resultado. San Juan lo aprendió de su Maestro, y la conclusión también fue terrible. ¡Tanto amó Dios al mundo…! No se puede comprender la entrega del Hijo, sino amando y creyendo. Nuestra raza humana no ha alcanzado aún el desarrollo en ese tipo de relación. La voz de Dios detuvo la mano armada de Abraham, pero nadie alzó una voz ni una mano para detener la muerte de su propio Hijo Jesús, rematado con una lanza y al que el mundo odiaba.

Dios y el mundo. Los sentimientos de Dios y los del mundo. Su convivencia, su odio, su amor y sus obras, su vida y su muerte, son el ‘ambiente’ del Evangelio, el lugar físico y teológico en el que el hombre Jesús de Nazaret vivió y murió. Nosotros estamos ahora en “el mundo”, en alguna de sus muchas estancias, y en todas ellas el Maestro nos ha dejado un rastro, un hilo de búsqueda, un camino para encontrarlo.

El término mundo (kosmos en griego) tiene muchos sentidos, incluso en las Escrituras. Hoy veremos algunos en Juan, y el día 26 leeremos a Mateo, pero sin duda era un tema central de la Noticia de Jesús, recogido especialmente por el evangelista del amor, como el lugar del nacimiento y tarea de la Iglesia. Los discípulos eran para Jesús «los hombres que tú me has dado de este mundo» (Jn 17, 6)

El amor y el odio. La luz y las tinieblas. La vida y la muerte. La verdad y la mentira. Lo bueno y lo malo. La realidad y la apariencia. Lo natural y lo kosmético que se añade para aparentar o hacer visible algo.

Bastaría con citar aquí las veces que se usa el término kosmos en el Nuevo Testamento, y en los sentidos que se usa, para entender mucho mejor el Evangelio de Juan que se nos propone hoy. Es importante para el nacimiento y crecimiento espiritual reconocer al mundo y sus cosas, porque será el escenario en el que ha querido el Padre salvarnos. Su salvación es la misma que prometió a los patriarcas, anunció por los profetas, y proclamó de forma vinculante por Jesús de Nazaret y su Iglesia, pero la configuración del escenario mundanal es bastante distinta. Tanto su ruido como en su silencio.

Encontrar ‘el mundo’, sus criterios y sus vanidades no requiere demasiado trabajo. Basta abrir un periódico, la televisión, ir a un cine o sentarse en una cafetería, y al momento se nos descubre su presencia. No solo porque no se habla directamente de Dios, solo para atacar a la Iglesia y a la fe en Él, sino porque lo que subliman casi todas las noticias es el crimen, la maldad, las falsedad,…

Hoy no interesa a los medios de comunicación la buena noticia, sino la noticia de lo malo. Han desarrollado el ojo de ver lo malo, pero tienen un parche en el ojo de lo bueno. El sistema del mundo presente tendrá, como cada persona humana que lo formamos, su lado oscuro, su pecado, pero también tiene sin duda su lado atrayente que es amado por Dios, porque Él ve las posibilidades de realizar y reconstruir en él su propia imagen.

El κόσμος tiene a veces, incluso en la Escritura, el sentido de adorno, de embellecer la imagen para dar una buena impresión, Is. 61:10. «Como el esposo se pone la diadema, como la novia se adorna con sus adornos (joyas, aderezos)´´ También lo usa así 1Pedro 3,3. «que vuestro adorno no esté en el exterior, en peinados, joyas y modas,4 sino en lo oculto del corazón, en la incorruptibilidad de un alma dulce y serena: esto es precioso ante Dios.» Pero casi siempre el término mundo —kosmos— se refiere a la realidad interior del corazón del hombre, como dice el mismo Pedro. Ahí es donde comienzan y terminan todos los dramas, los encuentros y desencuentro, los amores y los odios.

La Luz de ese lugar secreto que es el corazón, donde el Padre mira, ve, escucha, se entrega y ama, es Jesús de Nazaret. El Cristo del amor es el que pone en valor y al descubierto las obras del corazón.

Solo abriendo esa estancia donde comienza y termina el amor, le podemos conocer y ser conocidos, porque la acción del Verbo del Amor que es nuestra vida, no es solo dar y entregarse, sino saber recibir lo que se nos da por el otro, incluso el enemigo. ¡Qué bien lo hizo el Maestro! Se hizo la medida del Amor de Dios.

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