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La mejor parte 
29 de Julio
Por Jesús Bayarri

Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Al fin, se paró y dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude.» Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada» (San Lucas 10, 38-42).

COMENTARIO

La palabra nos presenta la acogida, y la hospitalidad, tradicionalmente sagradas en el mundo bíblico, pero que en estos casos que hoy contemplamos, son la acogida misma de Dios, gracias al discernimiento de la fe de Abrahán y de María. Lo mismo que en el encinar de Mambré o en Betania, el Señor se acerca a menudo a nosotros a través de los más diversos rostros y acontecimientos, para darnos la posibilidad de acogerlo en la fe y en la caridad, y que así podamos recibir vida eterna.

La palabra nos muestra estas dos posturas posibles ante el Señor: una natural y la otra sobrenatural. La primera no es mala, pero la segunda es la “parte buena;” es el trato asiduo del discípulo con el Señor. Haberse encontrado con él a través del don gratuito de la fe y sentarse a sus pies como un discípulo, de quien es figura María. Como la esposa del Cantar, María puede decir: “Encontré el amor de mi vida, lo he abrazado y no lo dejaré jamás. Nadie se lo quitará.

La palabra nos invita a elegir con nuestro ¡amén! la parte buena que es el Señor y a recibir de él, gratuitamente, por la fe, el Espíritu, por el Espíritu, el amor, y por el amor, vida eterna.

Si en nuestro servir al Señor descubrimos la necesidad de compensaciones, y el deseo de reconocimiento, preguntémonos si no estaremos más cerca de Marta que de María; si no vivimos más en la letra que en el espíritu; en la exigencia más que en el don; en nosotros mismos más que en el Señor. Nuestro amor deberá madurar, hasta hacerse espiritual y universal como el de Dios: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial, porque él hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia también sobre los pecadores.”

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