Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, agosto 22, 2019
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La mirada de Cristo 

Cuando se nos habla de la unión hipostática en la segunda persona de la Santísima Trinidad, uno puede pensar que nos adentramos en latifundios de “alta teología” y, claro, eso hay que dejarlo para los entendidos… pues, “doctores tiene la santa Madre Iglesia”. Sin embargo, al decir que en la persona del Verbo se dan dos naturalezas, la humana y la divina, hay algo que nos toca muy directamente: “Dios ha tomado de lo nuestro, para darnos de lo suyo”. Esta expresión me la recordaba, en muchas ocasiones, Mons. Eugenio Romero Pose, de tan grata memoria, que, señalándome el Belén que habíamos puesto en nuestras oficinas del obispado, insistía: “¡Mira lo que ha hecho por ti!… ¿qué haremos tú y yo?”.

Contemplar la humanidad de Cristo es redescubrir nuestro propio misterio. Es adentrarnos en el sentido definitivo de nuestra vida. Todo lo que me hace sufrir, lo que me agobia, lo que no logro entender… ¡todo eso!, tiene una finalidad, y sólo lo podremos abrazar (pues va más allá de lo puramente inteligible) si somos capaces de pararnos ante la mirada de Jesús. La humanidad de Cristo nos desborda y, sin embargo, ¡es algo tan nuestro!

Desde el momento en que Dios fue puesto entre pañales en un pesebre, ya da comienzo una historia de amor que transformará los corazones de tantos hombres y mujeres. Asumir en nuestras entendederas semejante anonadamiento divino es algo que se nos escapa. Sin embargo, el empeño de Dios es evidente: “Ya no os llamo siervos, sino amigos”. Y la mirada de ese Niño, empapado con olores de establo, se detiene ante nuestros ojos, para que podamos estrecharlo entre nuestros brazos y, de esta manera, abrazar también nuestra propia debilidad.

Solo desde ese reconocimiento, de lo que somos y tenemos, Dios entra a borbotones en nuestra vida, y nos recupera para Él, para que nos unamos a ese amor inconmensurable, donde vivir una dicha sin fin… aunque sufras, aunque te duelas, aunque no entiendas… ¿Seguimos sin comprender que Él se ha adelantado a cada una de esas tragedias personales que nos toca vivir cada día, asumiéndolas en su propia carne?

míranos, Señor y sálvanos 

Muchas y diversas debieron ser las miradas de Cristo en la tierra. Sin embargo, siempre existió un denominador común: la simplicidad de una transparencia inagotable que se detiene ante cualquier corazón sediento de Dios, llenándolo de ternura y compasión.

¡Cuánto daríamos por recibir esa mirada!… Imagínate los ojos del Señor deteniéndose ante la perplejidad de la samaritana… “Me he encontrado con el Mesías”, dirá a su gente. “Ninguno te condena”, susurrará Jesús a la adúltera, traspasándole con su mirada repleta de perdón. “Hoy comeré en tu casa”, dirá Jesús a Zaqueo, invitándole a que baje del árbol, y apremiando con su clara mirada cualquier tipo de distancias. “¿Quién me ha tocado?”… y aquella mujer, rebosante de fe, ante la mirada de Jesús, confesará su “descaro” tras la curación repentina.

“Yo iré a curarle”, respondió Jesús al centurión que pedía sanase a su sirviente; sin embargo, el oficial romano, ante la mirada del Maestro, contestó: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano”… No encontró Cristo una fe semejante en Israel. “¿Me amas más que a estos?”, preguntará Jesús a Pedro, que días atrás le había negado… y los ojos de Cristo se fundirán con el arrepentimiento sincero de aquel que morirá crucificado boca abajo, pues no era digno de la misma suerte que su Señor.

La humanidad de Cristo tiene la sencillez de lo más divino, pues solo Dios es capaz de darse sin tapujos, abiertamente, y sin medir contraprestación alguna. No se trata del amor que espera ser correspondido, sino de la donación sin límites, aunque esa contemplación haya de ser entregada en la Cruz.

dulces ojos misericordiosos

Allí brindará su última mirada a una mujer sufriente, María, recordándole que su maternidad habría de alcanzar ahora a la humanidad entera. “Ojos misericordiosos”, canta la Iglesia a la Madre de Dios durante siglos. Ojos que, en la carne, heredará su Hijo por toda la eternidad, para que nuestra esperanza ya nunca más se aparte del verdadero deseo de Aquel que nos ama y nos mira… Tú y yo estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, pero es la carne el lugar elegido por Él para alcanzarnos la salvación. Por eso, somos también templos del Espíritu Santo, fruto del amor del Padre y del Hijo… ¡Toda la divinidad inhabitando en nuestro cuerpo mortal! ¿Quién puede resistir semejante mirada de ternura?

Ojos de Cristo, por fin, que, desde la fe, nos observan en el sacramento de la Eucaristía para recordarnos, día tras día, que su mirada quiere también tener sitio en nuestra alma. ¡Cuánto envidio a aquellos que pudieron ver la mirada de Cristo!… A este respecto, Benedicto XVI, en su último viaje a Fátima, decía aludiendo a la experiencia de los niños videntes: “Al oír estas inocentes y profundas confidencias místicas de los Pastorcillos, alguno podría mirarles con un poco de envidia por lo que ellos vieron, o quizás con la desilusionada resignación de quien no ha tenido la misma suerte, pero insiste en querer ver”.

A estas personas, el Papa dice como Jesús: “No estáis en un error al afirmar: ‘Dichosos los que no han visto y han creído’, porque Dios –‘más íntimo a mi de lo que soy yo’, como diría san Agustín-, tiene el poder de llegar hasta nosotros, en particular en nuestro interior, de forma que el alma recibe el toque suave de una realidad que se encuentra más allá de lo sensible, y la hace capaz de alcanzar lo no sensible, no lo visible a los sentidos. Con este objetivo se requiere una vigilancia interior del corazón que, durante la mayor parte del tiempo, no tenemos a causa de la fuerte presión de las realidades externas y de las imágenes y preocupaciones que llenan el alma. ¡Sí!, Dios puede alcanzarnos, ofreciéndose a nuestra visión interior”.

te miro y te amo

Soy sacerdote. Me uno con pasión y admiración a las palabras del Papa. Quisiera, sin embargo, añadir algo más. Tengo el “orgullo santo” de presumir ante los que vieron y tocaron al Señor, tanto los que convivieron con Él, como los que a lo largo de la historia han tenido alguna experiencia mística, de que yo, pobre e indigno sacerdote suyo, puedo tenerle entre mis manos, cada día en la Santa Misa, acariciándolo con los ojos de mi hambrienta fe, susurrándole torpemente y entre balbuceos, tal y como lo expresaba el santo Cura de Ars: “¡Ahora eres mío… no permitas que nada, ni nadie, me aparte de Ti!”.

Sé que Cristo me devuelve esa mirada, porque mi fidelidad y me entrega sólo se sostienen en esa carne escondida, tras la apariencia de trigo, que se funde en la mía cada vez que le “traigo” a la tierra y le tomo como alimento… ¡Jesús mío!, con el salmista quiero gritar: “¡Que busque siempre tu rostro, Señor!”. Que mi mirada sea la tuya ante los que te buscan con sincero corazón, pues aquellos que “tomen de lo tuyo” alcanzarán  la vida eterna.

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