Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|sábado, septiembre 21, 2019
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La misericordia de Dios 

Hace poco hemos celebrado el domingo -que sigue al de Pascua- dedicado a la misericordia divina, cuya celebración instituyó san Juan Pablo II. El papa Francisco ha querido dedicar el año actual a la Misericordia concediendo un jubileo especial para hacernos sentir gozosos del perdón que Dios nos concede gratuitamente; un perdón total, olvidando nuestras debilidades y pecados y restaurando todas nuestras heridas, todas. Pero al igual que las llagas de Jesús no desaparecieron tras su resurrección, sino que quedaron impresas como testigos fidedignos de su pasión y muerte, también nuestros sufrimientos, todas nuestras heridas, se convertirán en triunfos, serán los testigos elocuentes de que nuestros sufrimientos no han sido estériles, ninguno. Porque como hemos escuchado tantas veces, y no recuerdo ahora en qué lugar de la Escritura aparece la frase, Dios recoge nuestras lágrimas en su odre, para que ninguna se pierda. No son por tanto vanos los sufrimientos, ni son un castigo por nuestros pecados. Dios no es un rey justiciero sino un padre misericordioso, de cuyo talante nos dan muestra los evangelios constantemente. La parábola del hijo pródigo es un ejemplo magistral de su misericordia. Por esto los cristianos nos atrevemos a esperar aún en medio de nuestras pruebas y osamos designar al Dios del cielo con el apelativo de Padre nuestro

Hemos vivido recientemente el “octavo” día de la creación, que es el día de la resurrección de Cristo y a la misma vez es el primero de la nueva creación que nos hace degustar un anticipo de la vida eterna.

Si Dios sacó a Israel de Egipto en medio de prodigios y señales y los condujo a la tierra prometida, también nosotros, nuevo pueblo de Israel, con Jesucristo a la cabeza, experimentamos a lo largo de nuestra vida este caminar, a veces entre tinieblas, y el paso del Señor por nuestra vida que se renueva de pascua en pascua, de eucaristía en eucaristía, puesto que ella es memorial, repetición incruenta del paso de Cristo de la muerte a la vida. Y como en el día de la creación, hoy y cada domingo, la Iglesia exulta dando gracias pues sabe que, como en la primitiva creación, aunque a veces escriba con renglones torcidos, todo lo ha hecho bien porque es eterna su misericordia.

                          Isabel Rodríguez de Vera

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