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La mujer, ¿ayuda adecuada? 

Son muchos los que han percibido (y perciben) una diferencia con respecto a la relación entre el hombre y la mujer en los dos relatos de la creación. En efecto, en Génesis 1 leemos que «creó Dios al hombre [’adam] a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón [zaqar, “macho”] y mujer [neqebá, “hembra”] los creó» (Gn 1,27). Así pues, hombre y mujer son creados en este primer relato a la vez —mediante la palabra— y radicalmente iguales en cuanto imagen de Dios, tan solo diferenciados por el sexo.

El relato de Génesis 2 es diferente. El hombre (’adam) es creado —modelado— en primer lugar como varón, y solo después aparece la mujer (’ishá, «mujer, esposa»), modelada de una costilla del ’adam tras haber hecho caer a este en un profundo sueño.

Pero quizá lo más interesante es observar la motivación de Dios para crear a la mujer en este segundo relato: «El Señor Dios se dijo: “No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle a alguien como él, que le ayude [‘ézer kenegdo]”» (Gn 2,18). Otras ediciones bíblicas traducen como «ayuda adecuada», «ayuda similar» o «ayuda correspondiente».

Es verdad que «ayuda» (‘ézer, que aparece en los nombres Eliézer, Eleazar o Lázaro, «Dios ayuda») podría dar a entender un cierto sentido de subordinación de la mujer con respecto al varón. Pero el complemento que lo acompaña, kenegdo, nos vuelve a poner en el plano de la igualdad, habida cuenta de que literalmente se está expresando «como [alguien] frente a él». Así pues, ese «estar enfrente» de lo que está hablando es de diálogo entre personas, entre iguales. Así, ser «una sola carne» no significa ser idénticos o estar fundidos en una misma realidad, sino ser iguales dentro de la diferencia sexual.

Pedro Barrado

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