Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, septiembre 20, 2019
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La necedad de la predicación salva al mundo 

Hoy en la Iglesia,

gracias a Dios,

todo el mundo habla de evangelizar.

Después de todo,

la evangelización es una actividad típicamente eclesial.

Para San Pablo se trata incluso de algo vital,

por lo que llega a exclamar en una

de sus cartas:

“¡Ay de mí si no

anunciase el evangelio!” (1Co 9,16b).

Pero si bien es cierto que se habla mucho del tema, también lo es que a menudo se incluyen dentro del término evangelización actividades de índole tan diversa que habría que reflexionar un poco sobre qué es lo fundamental. Para ello es ineludible referirnos al denominado anuncio explícito del Evangelio.

En primer lugar, el Diccionario de la Real Academia Española afirma que explícito/a es un adjetivo que debe calificar algo justo cuando exprese clara y determinantemente una cosa. Expresiones como Al pan pan y al vino vino o Se puede decir más alto pero no más claro pueden ser asociadas sin esfuerzo alguno al término explícito/a. Por lo tanto, la característica fundamental del propio anuncio apostólico es la de su carácter explícito. El Magisterio de la Iglesia ofrece una importante ayuda para despejar las posibles dudas al respecto.

el anuncio explícito de Jesucristo

En la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi (EN), el Papa Pablo VI, respecto a la evangelización en el mundo contemporáneo señalaba que “como núcleo y centro de su Buena Nueva, Jesús anuncia la salvación, es decir, ese gran don de Dios que es liberación de todo lo que oprime al hombre, pero que es,  sobre todo,  liberación del pecado y del maligno, dentro de la alegría de conocer a Dios y de ser conocido por Él, de verlo, de entregarse a Él” (EN, 9).

A la hora de definir qué es evangelizar, indicaba que “significa llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad” (EN, 17). Tras reconocer la importancia del testimonio de vida que “constituye ya de por sí una proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Nueva” (EN, 21), podríamos decir que implícita, pasaba a señalar que “esto sigue siendo insuficiente, pues el más hermoso testimonio se revelará a la larga impotente si no es esclarecido, justificado —lo que Pedro llamaba dar «razón de vuestra esperanza» (52)—, explicitado por un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús” (EN, 22). A este anuncio inequívoco fue a lo que Pablo VI llamó anuncio explícito. Más adelante explicaba que dicho anuncio debía contener como centro el kerygma, esto es, “una clara proclamación de que en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, se ofrece la salvación a todos los hombres, como don de la gracia y de la misericordia de Dios” (EN, 57).

Para poder llevar a cabo este anuncio explícito, Pablo VI destacaba entre todas las posibles vías el de la predicación viva, indicando que “no es superfluo subrayar la importancia y necesidad de la predicación: «Pero ¿cómo invocarán a Aquel en quien no han creído? Y, ¿cómo creerán sin haber oído de Él? Y ¿cómo oirán si nadie les predica?… Luego por tanto, la fe viene de la audición, y la audición, por la palabra de Cristo»” (EN, 69).

Esta ley enunciada un día por San Pablo conserva hoy todo su vigor, como se recoge en la exhortación (EN, 42), ya que este primer anuncio a los que están lejos debe incluir la predicación explícita, que no es excluyente de otros  medios, pero que ha de ocupar un papel primordial (EN, 51).

la Buena Nueva para todos los hombres

Posteriormente Juan Pablo II en su Encíclica Redemptoris Missio (RM), respecto del  primer anuncio de Cristo Salvador, señalaba que “el anuncio tiene la prioridad permanente en la misión: la Iglesia no puede substraerse al mandato explícito de Cristo; no puede privar a los hombres de la «Buena Nueva» de que son amados y salvados por Dios” (RM, 44).

En cuanto a la evangelización también se señala que “ésta debe contener siempre —como base, centro y a la vez culmen de su dinamismo— una clara proclamación de que en Jesucristo se ofrece la salvación a todos los hombres, como don de la gracia y de la misericordia de Dios” (RM,72). Este anuncio además puede hacerse solo, como los apóstoles, es decir, que no obligatoriamente se necesita de la comunidad, ya que “al hacerse en unión con toda la comunidad eclesial, el anuncio nunca es un hecho personal.

El misionero está presente y actúa en virtud de un mandato recibido y, aunque se encuentre solo, está unido por vínculos invisibles, pero profundos, a la actividad evangelizadora de toda la Iglesia” (RM, 45), y porque  “los oyentes,  más pronto o más tarde, vislumbran a través de él la comunidad que lo ha enviado y lo sostiene” (RM, 76).

Así pues es evidente que son muchos los escritos de la Iglesia que vienen a esclarecer y reafirmar el significado de las palabras de san Pablo: “Por tanto la fe viene de la predicación, y la predicación por la palabra de Cristo” (Rm 10,17), y “de hecho, como el mundo en su propia sabiduría no conoció a Dios en su divina sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación” (1Co 1,17-31).

Una cosa es bien cierta: la Iglesia sigue confiando en el poder de la predicación. Confiemos también nosotros.

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