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La nueva masculinidad 

Hombría y masculinidad no son sinónimos de machismo. Sin embargo, hoy día asistimos a una crisis en la identidad de los varones. Los cambios en los roles masculinos provocan grandes dificultades en el varón adolescente a la hora de saber cómo orientar su desarrollo personal y sus relaciones con las mujeres. La presencia del padre es de vital importancia en el desarrollo de la vida de los hijos, en especial de los varones, puesto que con su implicación ayuda a configurar la identidad masculina del hijo.
¿Cuál es el hoy día el modelo de masculinidad presente entre los adolescentes? Todo chico tiene un deseo profundo de ser considerado y amado por una figura paterna, de ser guiado en el mundo de los hombres, y de que se le afirme su naturaleza masculina. Se enumeran a continuación veinte principios que debieran presidir la educación afectivo-sexual de los hijos varones por sus padres, a fin de lograr la consolidación de una masculinidad madura que permita un desarrollo personal íntegro y completo.

1. Sinceridad. Cumplir con la palabra empeñada y dar ejemplo de coherencia. Debe quedar claro entre padres e hijos que nunca se puede engañar y que la verdad está por encima de todo.

2. Aprovechar el tiempo. Estrujar cada segundo invirtiéndolo en aquello que valga la pena. Hay que poner una especial atención al tiempo que se pierde en ordenadores, consolas, Internet, etc. No hay que olvidar que la vida es irreversible y que “matar el tiempo” es dejar de crecer, desperdiciar los dones que se tienen, y matar la vida personal.

3. No claudicar nunca en lo relativo a las propias convicciones. Cuando tenemos una creencia ajustada a nuestra propia razón y el comportamiento, debemos respetarla y hacer que sea respetada por los demás, con independencia del contexto en que nos hallemos.

4. Tener un proyecto de vida, por lo menos a medio plazo (entre 5 y 10 años), con metas fijadas con prudencia, de manera que no sean inalcanzables por sus capacidades. Cuanto más ambicioso sea un proyecto y más esfuerzo exija, más altas han de ser también la motivación y las expectativas.

5. Superar el miedo al sufrimiento. Este es el primer miedo que hay que eliminar. Enseñarles que en la vida, al igual que hay alegrías, hay también sufrimientos, y cuando estos últimos llegan, es preciso no temerlos sino acogerlos, asumirlos y, si fuera posible, superarlos.

6. Aprender a soportar la soledad, en previsión de situaciones en que pueda fallar el grupo de referencia. Esto es especialmente importante en una sociedad como la actual, cada vez más individualista, en la que puede resultar complicado establecer vínculos leales donde se acuna la amistad.

7. Ayudarles a crecer en fortaleza, virtud que hoy se conoce como “resiliencia” —un nuevo concepto psicológico— que no consiste tanto en atacar, como en resistir.

8. No tener miedo a los conflictos si no pueden evitarse, pero tampoco provocarlos. Cuando una toma una decisión de acuerdo con sus valores, hay que sostenerla aunque pueda implicar la aparición de un conflicto. En ese caso, lo que hay que hacer es aprender a gestionar ese conflicto hasta resolverlo.

9. No quejarse. La susceptibilidad, la blandura y la escasa tolerancia a la frustración son malos compañeros de viaje en el camino de la masculinidad. El varón por supuesto que puede llorar, pero no debe quejarse, o al menos no hacerlo frecuentemente o por naderías sin importancia.

10. Desarrollar la capacidad de proteger a los más débiles. Compadecerse de los más débiles es tanto como manifestar que los demás le importan; que sus problemas le interpelan porque también a él le atañen. La fortaleza de la masculinidad no reside en la agresividad sino en la capacidad de proteger a los más desvalidos.

11. Fomentar la rebeldía de saltar ante la injusticia venga de donde viniere y tanto si se comete contra uno mismo como contra los otros. Lo propio de la masculinidad ante las injusticias es evitar mirar para otro lado.

12. Escoger lo peor. Se trata de usurpar al yo el protagonismo que no debería tener. Escoger lo mejor, hacerse servir, “pasar” de los demás, y buscar la auto-exaltación no es masculinidad, es narcisismo.

13. Ser fuerte con los fuertes y débil con los débiles. El hecho de que haya gente que sea muy fuerte con el débil y muy débil con el fuerte suele generar muchas y graves injusticias. Resistir al fuerte y proteger al débil le hará transformar su debilidad en fortaleza, lo que es muy propio de la masculinidad.

14. No autocompadecerse. La autocompasión nos convierte en víctimas, e implica un amor anómalo a uno mismo y muy poco eficaz. La búsqueda de un consuelo en sí mismo, por sí mismo y para sí mismo no contribuye a la madurez afectiva

15. Saber utilizar los aparentes fracasos para aprender de ellos, crecer y madurar. Los fracasos son siempre relativos y, bien aprovechados, se transforman en una nueva oportunidad para hacer que la persona se estire en toda su estatura.

16. No autoengañarse. Engañarse a uno mismo es antinatural. Hay siempre un resto, un rescoldo de conciencia que le hace sentirse culpable del mal que se ha hecho. A quien se auto-engaña hay que ayudarle a reconocerlo, y animarle a buscar soluciones para salir airoso de la absurda situación en que se hallaba.

17. Renunciar a los caprichos y al “carpe diem”. La impulsividad para satisfacer un deseo (“aquí te cojo y aquí te mato”) es una peculiaridad más propia de la infancia que de la masculinidad.

18. Sentido de coherencia e identidad. La coherencia da una mayor consistencia a la propia identidad. Se es tanto más coherente cuanto mayor sea la identidad entre lo que se piensa y lo que se dice, lo que se dice y lo que se hace, y lo que se piensa y se hace.

19. Aprender a decir “no”, especialmente a lo que tiene que ver con la afectividad y la sexualidad. En ocasiones, puede ser muy conveniente decir no a la comodidad, al “emotivismo”, la curiosidad, la dispersión de los sentidos, al mal uso de Internet, a hablar de todo como si de todo se supiera, a hablar solo de uno mismo y de los propios éxitos, a dejarse corromper…

20. Alegrarse de ser la persona que se es, del proyecto que se ha elegido, del grupo de referencia y pertenencia identificativa de los que se forma parte. Por último, afirmar el propio yo a través de la mejora de la necesaria formación doctrinal-religiosa que ayuda a vertebrar una afectividad más madura, más fuerte, más estable y más consistente.

la educación afectivo-sexual en el aula
Enumero a continuación algunas de las pautas que pueden ayudarle al niño para su correcto desarrollo afectivo-sexual. Aunque estas indicaciones pueden aplicarse por el profesor en el aula, este nunca debería adoptar un papel sustitutivo de los padres.

1. La aprobación del niño por el profesor. Hay que afirmar al niño en lo que vale, pues él carece de la fortaleza necesaria para hacer pie en su propia vida: se trata de reforzarle, de aprobarle, y no de humillarle. El niño tiene derecho a ser reconocido en aquello en lo que realmente vale. Su auténtica valía ha de ser reconocida por las personas que más admira y valora. Si el reconocimiento es en público, su efecto se magnifica.

2. Complicidad viril entre profesor y alumno, con lealtad y transparencia, y sin “secreteos”. Conviene hacer ver al niño que “lo suyo es mío” y “lo mío es suyo”, con el fin de potenciar una afectividad masculina equilibrada y naturalizar así la amistad viril y la aceptación por parte de otras personas del mismo sexo. Si la afectividad es equilibrada y armónica con la propia identidad, no habrá nada que temer. Si, por el contrario, esa afectividad se erotiza, el resultado será un híbrido que nunca llegará a satisfacer plenamente a la persona, pues suele originar sentimientos de soledad, insinceridad y, lo que es más importante, el falseamiento y desdoblamiento de la propia identidad.

3.- Infundir al niño seguridad en sí mismo mediante pautas como las siguientes:
a) La exigencia: ha de aprender a ponerse límites y objetivos a sí mismo, y a sacarlos adelante con su propio esfuerzo.
b) Las justas alabanzas, tanto en privado como en público, y las muestras de confianza y afecto.
c) Delegar en ellos la autoridad, y confiarles encargos y responsabilidades, reforzándolos con expresiones como “no me puedes fallar en esto”, “sé que puedo confiar en ti”, etc.
d) Afirmarlos en su masculinidad: “estás hecho un tiarrón”, “eres un tío de los que nunca te falla”, etc.
e) Facilitar que sea aceptado e incluido en grupos de referencia de adultos del mismo sexo, para afianzar así la afectividad masculina en la amistad. Hay que tratarle con la misma confianza que a un igual, pidiéndole que dé su opinión sobre las cuestiones de las que hable.
f) Enseñarle a autocontrolarse, a ser dueño de sí mismo, a hacer uso de su propia libertad, a manejar las circunstancias en lugar de depender de ellas.

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