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La otra manzana 

Nuestro hombre de Dios nos hace partícipes de una de las profecías mesiánicas, quizá una de las más bellas que encontramos a lo largo de todas las Sagradas Escrituras. Nos dice que Dios le hizo ver el Templo de su Gloria, y que de su lado derecho brotaba como un río de agua que seguía su curso a lo largo de Palestina hasta llegar al mar Muerto saneándolo. Muchos santos Padres de la Iglesia han visto en esta imagen profética al Hijo de Dios crucificado cuyo lado derecho fue abierto violentamente por una lanza (Jn 19,34).

Lo que tiene que ver con el tema, es decir, con los frutos de la esposa, es que Ezequiel nos hace ver que las aguas que brotan se convierten a lo largo de su recorrido en un caudaloso torrente, y que a sus orillas crecen árboles medicinales: “A orillas del torrente, a una y otra margen, crecerán toda clase de árboles frutales cuyo follaje no se marchitará y cuyos frutos no se agotarán; producirán todos los meses frutos nuevos, porque esta agua viene del santuario. Sus frutos servirán de alimento, y sus hojas de medicina” (Ez 47,12).

Como podemos observar una vez más, el amor a Dios no se puede quedar quieto, sino que se desdobla hacia el hombre. Es el amarás a Dios y al hombre con todas tus fuerzas y con toda tu alma; el mandamiento con el que los santos, los amigos de Dios, se han dado a conocer al mundo. Todos ellos han sido bendición y medicina de Dios para toda la humanidad. A este punto ya podemos hablar del amor que nace como creación de Dios en la esposa. Es una relación de amor entre Dios que es Amor, y la esposa que fue creada para amar y ser amada…, así, en esta dimensión.

Antes de seguir adelante, quiero hacer hincapié en señalar que este capítulo es ante todo un canto agradecido al amor en todas sus dimensiones y plenitudes, prestando una atención especial a unos frutos que el autor inspirado del Cantar de los Cantares nombra con especial predilección entre todos los que la esposa guardó celosamente: las mandrágoras.

La mandrágora es una especie de fruta propia del oriente, famosa por sus propiedades medicinales, que provoca en aquel que la consume una especie de quietud y relajación. En Israel es llamada la manzana del amor. De hecho, en hebreo, las palabras amor y mandrágora proceden de la misma raíz.

Nos podemos imaginar al alma rescatada y redimida por el Hijo de Dios y de quien la esposa del Cantar de los Cantares es figura profética. Vemos, pues, a estas almas rescatadas dejando caer de sus manos despectivamente, la manzana de la desobediencia, la de Eva, la que proclama que Dios, su Palabra, no es de fiar.

Nos imaginamos ahora a Eva, redimida y rescatada, la que ha arrojado de sí el fruto ofrecido por la serpiente, y lo ha cambiado por el de la fidelidad, la mandrágora, la también llamada fruta del amor.

Su gesto de desprenderse así, violentamente, de la manzana ofrecida por el tentador como si de un escorpión se tratara, nos recuerda a aquel ciego de Jericó quien, al saber y oír que Jesús le llamaba, arrojó violentamente al suelo el manto de sus indigencias y dependencias, y fue dando saltos hacia la Voz invitadora que alegró sus oídos.

Mandrágora, manzana del amor que sólo las almas sabias y sensatas como las vírgenes de las que nos habla el Evangelio (Mt 25,1 y ss.), pueden presentar a Dios con un amor que ni está escrito ni jamás se podrá dibujar ni esculpir. Es escritura de Dios, lleva el nombre de Él recibido. Nombre que solamente conocen aquellos y aquellas a quien Dios se los ha dado: “El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias: al vencedor le daré maná escondido; y le daré también una piedrecita blanca, y, grabado en la piedrecita, un nombre nuevo que nadie conoce, sino el que lo recibe” (Ap 2,17).

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