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PASTOREAR CON MISERICORDIA 
06 de Febrero
Por Juan José Calles

“Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. El, entonces, les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco.» Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero le vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. Era ya una hora muy avanzada cuando se le acercaron sus discípulos y le dijeron: «El lugar está deshabitado y ya es hora avanzada. Despídelos para que vayan a las aldeas y pueblos del contorno a comprarse de comer»” (San Marcos 6, 30-34).

COMENTARIO

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús como el Buen Pastor, conforme a una imagen mesiánica del antiguo testamento. Él conduce, protege alimenta al rebaño de los descarriados (ovejas sin pastor), asumiendo una experiencia israelita expresada sobre todo por el Salmo 22 donde el mismo Dios se muestra como pastor que guía y protege a sus fieles, ofreciéndoles mesa o comida de gozo triunfante, que la tradición ha interpretado en línea de banquete mesiánico. Como pastor de Dios, Jesús ofrece palabra y comida a los más necesitados, que están sin protección en Israel o en el mundo.

Al mismo tiempo, contemplamos a Jesús que se compadece (esplankhnisthê = se le conmovieron las entrañas) de los necesitados, como Dios misericordioso del  antiguo testamento. Por encima de la ley, como principio de nueva comunión humana (de Iglesia), se ha elevado esta profunda misericordia de Jesús, tanto aquí (y en 8, 2) como en los milagros del leproso y el niño enfermo (1, 41; 9, 22). Sólo esa piedad que nace de su entraña (splankhna), superando el egoísmo del pequeño grupo, hace posible el surgimiento de la familia mesiánica. Quería Jesús descansar con los suyos, pero deja que le influyan las necesidades del mundo. Renuncia así al reposo y abre para todos, en pleno campo, las entrañas de su nueva casa mesiánica, en gesto de palabra y pan compartido.

Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaba como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma: ver, tener compasión, enseñar. Los podemos llamar los verbos del Pastor. Ver y tener compasión, están siempre asociados con la actitud de Jesús: su mirada, en efecto, no es la mirada de un sociólogo o de un reportero gráfico, porque él mira siempre con “los ojos del corazón”. Ver y tener compasión configuran a Jesús como buen Pastor. Incluso su compasión es la conmoción del Mesías en quien se hizo carne la ternura de Dios. Y de esta compasión nace el deseo de Jesús de alimentar a la multitud con el Pan de su Palabra.

Hoy, es tan urgente la tarea de la evangelización como en tiempos de Jesús porque como acontecía entonces “las gentes estaban como ovejas que no tienen pastor” (6, 34) y esta situación debe conmover las entrañas de todo bautizado, de todo cristiano, como estremecía las entrañas de Jesús. Sí, la situación de nuestra Iglesia hoy es muy preocupante: la mayor parte de los sacerdotes son de edad avanzada, en nuestras diócesis, de aquí a diez años, la mayor parte de los presbíteros estarán jubilados y en el horizonte no se atisba la posibilidad real de un relevo generacional; nuestras asambleas parroquiales están formadas por personas mayores, los jóvenes y los niños están ausentes de la vida pastoral real en nuestras comunidades. Da la sensación de que la Iglesia se enfrenta a una profunda y seria transformación en los próximos decenios; seguimos padeciendo al “sequía” de vocaciones para el ministerio sacerdotal y la vida religiosa; una gran mayoría de bautizados sigue viviendo en medio de una “anemia espiritual” preocupante. No es extraño, pues, que el Señor nos recomiende hoy que “roguemos al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 38).

La Iglesia en España está siendo “vejada” permanentemente desde los medios de comunicación (TV y prensa) y nadie parece querer defenderla, ni los mismos cristianos. Los pastores (obispos, párrocos y teólogos), en no pocas ocasiones guardan un silencio inquietante ante tantos problemas y desafíos que generan preocupación y angustia entre los fieles: desafección hacia el Magisterio, divorcio existencial en la vida de los cristianos, falta de formación básica en la mayoría de los bautizados, integración de los inmigrantes, horizonte laboral y profesional oscuro para los jóvenes, subjetivismo moral como forma de comportamiento en la mayoría de nuestras familias, etc., Estos desafíos y otros, están reclamando de nuestros pastores una palabra de orientación clara, valiente, sin ambigüedades, que permita a los fieles nutrirse de un “pasto verdadero” que les garantice madurar y crecer en la verdad que nos hace libres y que no es otra que la palabra del Buen Pastor, Jesucristo “que ha dado su vida por las ovejas” (Jn 10, 11).

Para ayudarnos en esta misión pastoral ha puesto el Señor al frente de su rebaño un pastor providencial para este momento y para este tiempo, el Papa Francisco, él nos ha recordado que la Iglesia ha de ser una madre con el corazón abierto que él describe como Iglesia en salida misionera hacia las periferias geográficas y humanas donde están las ovejas perdidas, heridas, abandonadas, extraviadas y vejadas. Hacia ellas debemos caminar, a ellas hemos de apacentar, siguiendo el modo de proceder de Jesús el “Pastor de Dios y el rostro de su Misericordia”. Como nos recordó Francisco en Misericordiae Vultus “los signos que Jesús realizar, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En él todo habla de misericordia. Nada en él es falto de compasión. Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia, con la cual leía el corazón de sus interlocutores y respondía a sus necesidades reales” (n. 8). Actuemos con entrañas de misericordia y así haremos presente a Jesús “el rostro de la misericordia” del Padre.

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