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La Palabra venida del cielo 
11 de Abril
Por Enrique Solana

«En aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús. Él les replicó: “Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?”. Los judíos le contestaron: “No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios”. Jesús les replicó: “¿No está escrito en vuestra ley: ‘Yo os digo: Sois dioses’? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y no puede fallar la Escritura), a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros que blasfema porque dice que es hijo de Dios? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre”. Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: “Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad”. Y muchos creyeron en él allí». (Jn 10,31-42)


Los judíos conocen al dedillo las Escrituras, por eso Jesucristo les habla con ellas para ganarles: “Yo os digo: Dioses sois” (Sal 82,6). El salmo 8 es si cabe más preciso aún en ese sentido: “Hiciste al hombre apenas inferior a Dios, coronándolo de gloria y de esplendor” (Sal 8,6). La expresión “Hijo de Dios” refiriéndose a su persona se repite en el evangelio por el mismo Cristo, pero no debería extrañar a los judíos pues ya en el comienzo Dios crea al hombre a su propia imagen, la imagen de Dios. Y no lo hace como al resto de la creación, con una simple y tajante orden: “Hágase…”, y se hace la luz, y se hacen las aguas, y se hace la tierra, y el resto de la creación. No, creando al hombre Dios se deleita: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra… Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó” (Gen 1,26-27) y los puso al frente de la creación.

Los judíos conocen todas estas cosas y son conscientes de las obras buenas hechas por Jesús. ¿Por qué ven pues blasfemia en que Cristo se presente como Hijo de Dios? Pues sencillamente por saberse la teoría pero no su repercusión en la vida. Conocen el pasaje del pecado original pero no asumen la situación de desamparo que se desprende de aquel. El problema está en  conocer las Escrituras  desde fuera, sin entrar en su corazón que es el de Dios, pues Él mismo es la Palabra que hizo todo cuanto existe (cfr. Jn 1, 1-3). Y está en no darle crédito, en no admitir que la naturaleza quedó herida por el engaño de Satanás que indujo a desobedecer a la voluntad de Dios: “Seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”.

Qué torpeza la de Adán y Eva, conocían ya el bien y el mal al tener dentro la imagen de Dios y por tanto no habría hecho falta entrar en ese engaño. Pienso que la tentación no perseguía ese conocimiento que ya poseían sino que lo despreciaran, y así fue. Y sucedió, no que llegaron a ser como dioses, sino lo contrario, que dejaron de serlo y perdieron toda relación con Dios.

Nosotros, herederos de aquel engaño, podemos encontrarnos hoy en la misma situación y no reconocer que en Cristo, Dios y el hombre vuelven a ser uno; que en Cristo nos es devuelta nuestra  imagen primera, la de Dios: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el Cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre (Mt 12, 46-50)”. Nosotros podemos repetir la experiencia de Adán y la de aquellos judíos. Podemos oír la palabra pero no reconocerla venida de Dios. María sí reconoció esta Palabra como venida del Cielo, por esa razón se cumplió en ella a la perfección cuando pronunció el “Hágase en mí según tu Palabra”. Obedeciendo la voluntad del Padre, fue hecha hija y hermana y madre de Dios.

Enrique Solana

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