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La paradoja en el matrimonio 

Muchas parejas de hoy en día están instaladas en relaciones conflictivas y dolorosas; sin embargo, no conocen el origen del fracaso ni saben reconstruir el camino por el que han llegado a verse como enemigos, separados por una gran rivalidad.

la rivalidad que destruye

Podría hablarse de dos tipos de rivalidades: una exterior y otra interior. La primera se origina ante los celos por un tercero que pertenece a otro ambiente extraño al hogar y que representa la novedad, el halago —la necesidad de reconocimiento—, que coincide con la pérdida de la ilusión y la cada vez más clara conciencia de que la vida se escapa velozmente, con el aburrimiento de la pareja o la rutina —que mana del “ya está todo visto”—. A su vez esto mismo se junta con  la incapacidad de expresar las emociones que cada uno experimenta dentro de sí; emociones que resultan más fáciles de compartir con un tercero usando al esposo/a como chivo expiatorio. Todos estos factores hacen que cada uno se encastille en un egoísmo cada vez más solitario, justificándose a sí mismo e imputando al otro los propios sentimientos negativos.

La rivalidad interior surge porque la pareja no han encontrado en el otro la paz, la seguridad o la plenitud que iban buscando, ni la complementariedad que de manera semiinconsciente presentían. El fracaso en las expectativas que se han visto frustradas, el infantilismo de los hombres que tienen el síndrome de la madre protectora, la exigencia de las mujeres que no ven en el otro al padre que buscaban, son unas cuantas de las múltiples causas que se podrían aducir.

Los problemas que surgen —estrés, problemas laborales, niños díscolos o enfermos, insomnes, que exigen todo de nosotros y que no sabemos dar— no serían problemas insuperables si no nos abocaran a la rivalidad: “hoy te toca a ti”, “nunca me apoyas”, “me quitas mi puesto, todo cae sobre mí”, “sólo te miras a ti mismo”, “no comprendes el momento por el que estoy pasando”… Descritos en singular y descargando sobre el otro la tensión, se agranda el problema. El nos, el nosotros (“lo que nos está pasando con tu trabajo”…) sería una fórmula válida para poner obstáculos al problema que intenta destruirnos.

Las relaciones se complican porque no entendemos que somos rivales, que nos copiamos miméticamente, que buscamos en el otro que nos dé el ser, y si no nos lo da por amor le forzamos a que nos lo dé por el reconocimiento.

Como sólo nos hemos sentido amados mediante el chantaje — “si haces esto…, te daré”—, buscamos cambiar al otro, que el otro se nos entregue. Nuestras relaciones se basan en la reciprocidad, en el mercadeo del afecto, de la simpatía, del buen trato, por lo que, mientras funcione ese toma y daca, todo va más o menos bien. Pero cuando el otro pretende que le demos algo y no lo hacemos (porque ese día estamos mal o no hemos encajado una frustración o nos sentimos débiles), empieza la batalla. Queremos cambiar al otro, que el otro se acomode a nuestras necesidades. Sin embargo, nosotros queremos ser amados como somos (que es lo que todos pretendemos en secreto o incluso sin saberlo). La pendiente de caída es exponencial a las señales de egoísmo que recibimos del otro.

siguiente paso: “no hay nada que hacer”

La cuestión es que hay un momento en el que no se ve en el horizonte más que la separación. Cuando se entra en la dinámica del reproche, del ataque o de la indiferencia, de hacer vidas paralelas, demuestra que ya se ha decidido no buscar la solución ni reconstruir nada. La rivalidad se ha adueñado de la pareja y no están dispuestos a sacrificar esa competición en aras del posible amor reconstruible. Sin darse cuenta se han introducido en una patología cíclica, repetitiva, de la que sólo extraen, tras cada episodio, la confirmación de que “no hay nada que hacer”.

Si el matrimonio ya empieza a ser una experiencia de reserva indígena es porque las políticas gubernamentales ciegas, los medios de comunicación y las costumbres miméticas al uso, están haciendo estragos en la confianza, en la paciencia, en la esperanza y en la capacidad de sufrir juntos.

Es verdad que la inestabilidad de esa relación es la misma que la que se da en todas las relaciones humanas inestables y cambiantes a las que estamos sometidos actualmente, pero ninguna tiene las tremendas consecuencias para el futuro que tiene ésta.

incapacitados para convivir

Estos hombres y mujeres protagonistas de una relación fracasada no han recibido una instrucción adecuada. Los cursillos prematrimoniales —pronto los reinventarán las sociedades laicistas como ya hicieron los revolucionarios franceses con la introducción de los bautizos civiles, el culto a la técnica, los rituales políticos, los matrimonios civiles, el santoral laico de culto a los científicos del positivismo— son un reconocimiento claro de que, para esa tarea, hace falta formación.

La naturaleza nos permite aprender fácilmente a relacionarnos sexualmente, pero la convivencia es otra cosa. Evidentemente, como el materialismo vigente sólo nos considera como animales complejos, se cree que se puede prescindir de todo tipo de formación moral o psicológica, ya que la relación hombre-mujer es considerada sólo como un acoplamiento sexual natural que puede ser resuelta también mediante una simple separación física sin complicaciones. Se enseñan técnicas sexuales a los adolescentes; sin embargo, no se les forma en el compromiso, en las relaciones morales, en las dificultades de la convivencia, en la responsabilidad del uso de la sexualidad.

vivir y crecer juntos

Es bueno preservar una justa distancia: ni estar demasiado cerca de modo que el otro sienta agobio, ni estar tan lejos que el otro perciba indiferencia o abandono. La relación amorosa necesita de la delicadeza de las palabras y de los gestos y el respeto a la libertad del otro. Un amor posesivo no es amor; es dependencia y necesidad.

Darle al otro un nombre privado, una especie de bautismo cariñoso, íntimo. Es un síntoma de la importancia de esta privacidad, de llamar al otro como nadie se atreve a llamarlo. Suele ser espontáneo, pero es bueno recordarlo. Es una forma de apropiación el uno del otro, de dar vida a la relación privada. Recuerda que esa relación es única y esencial (cuando se empieza a disolver la relación se vuelve uno a llamar por su nombre anterior).

La clave del amor está en el reconocimiento del misterio del otro, comprendiendo que jamás podré poseerle, que se me escapará siempre. Que hay que preservar su espacio de libertad, de realización personal, sin querer restringirlos. Confiar en que si él o ella es fuera de casa, yo soy con él dentro de casa. Cada cual en su medida social.

Hay que estar atentos a los primero síntomas de irrupción de la rivalidad: la reciprocidad, los reproches, los menosprecios, la indiferencia —“es tu culpa”, “si tú no hubieras”, “me has quitado la autoridad”, “nunca has hecho eso por mí”, “no debes hacer eso”…—, hablar en su lugar, no dejarle hablar, darse uno mismo las respuestas a las preguntas, empezar a hablar de tú y yo, en lugar de nosotros.

Se ha de nombrar el problema como un tercero en discordia, no como algo que pertenece al otro. Debe evitarse controlar al otro o hacer observaciones obsesivas que le denuncien continuamente sus defectos y le hagan sentirse juzgado. El silencio o la indiferencia son claros signos de agresión.

Hay que aprender a ceder para que el otro no se sienta siempre agredido y humillado. Escapar a la rivalidad es reconocer al otro superior; esto no degrada mi yo; todo lo contrario, si somos un “nosotros”, su superioridad me construye.

Hay que darle tiempo al amor; con el tiempo es como con el vino. No hay que precipitarse por los desajustes, ni forzar las cosas como uno cree que tienen que ser.

No valen las recetas: “amaos los unos a los otros” es una fórmula ideal en el plano moral, es tener el problema resuelto, pero requiere una ayuda especial de la gracia. En el plano psicológico no es posible, si no se desamortiza la rivalidad para poder empezar a reconstruir. Y, por supuesto, necesita un plus de gracia. Si hay sacramento, hay gracia de estado. Lo cual quiere decir que el sacramento implica el reconocimiento de que hay un don anterior a la apetencia de vivir juntos, que hay un paradigma de la relación de mutua donación: ambos han recibido esa donación de un tercero.

El amor tiene que reinventarse todos los días para salir de las repeticiones neuróticas que nos incitan sin cesar a volver una y otra vez sobre las mismas historias. Los sentimientos no son fiables, hay que desvelar sus mitos.

En última instancia el amor requiere sacrificios. Sacrificar el yo al otro, sacrificar el tiempo al otro, sacrificar el ser al ser del otro. Paradójicamente estas supuestas pérdidas son ganancias a la postre. Si el otro se siente querido, le será fácil devolver lo que recibe y no buscar fuera lo que tiene dentro. Los otros apetitos del deseo se verán puestos en tela de juicio y postergados porque lo verdaderamente importante se está dando. Juntos se puede soportar todo: la enfermedad, la vejez, los problemas económicos.

El primer paso para ayudar al matrimonio en crisis es el diálogo, recuperar el lenguaje. Despojarlo de todo aquello que le hace el juego a la rivalidad. Para ello hace falta designar o aceptar un mediador que sepa desplazar la tensión entre los dos y la exteriorice como fruto de un problema común al que hay que vencer juntos.

herencia de Dios son los hijos

La relación entre hombre y mujer trasciende en el nacimiento de algo externo a los dos, alguien que sea encarnación de esa donación. El matrimonio es una correa de transmisión de la vida recibida como un don. Si hay un cálculo, una reserva, la relación está viciada de antemano. Entonces el hijo sabrá que ha sido comprado en el supermercado de las necesidades afectivas, o de la seguridad, o de la compañía y no como un don. Se sabrá dueño de sus compradores. No serán libres con él para corregirle, o para amarle libremente.

El hijo es la “encarnación” de la relación: sin hijos no hay posibilidad de superar el solipsismo. Antes de casarse hay que hablarlo todo y sin miedo; si no, la relación está muerta antes de empezar.

Si el hijo supone un problema para la relación por su enfermedad, o por los insomnios, o por su carácter, no hay que olvidar que el sí del sacramento es anterior al sí debido al cuidado de lo prole. Si esos problemas persisten en el tiempo, hay que procurar el concurso de un tercero en determinado momentos para la que la pareja tenga momentos de intimidad, de poder salir juntos y solos, y de descansar. El hijo no puede ser nunca motivo de divorcio, sino todo lo contrario. El divorcio lo que hace es sacrificar el hijo a la rivalidad: es un sacrificio simbólico, cosificado por esa relación rival, donde el hijo se siente objeto, no persona, y no encontrará lugar seguro o estable para su necesidad afectiva, por lo que su existencia se verá amenazada. Debemos proteger al hijo de nuestros egoísmos.

El juicio de Salomón nos instruye: sacrificar el niño a la rivalidad o sacrificar la rivalidad para que el niño viva. Él es la encamación de una alianza que debemos renovar todos los días: juntos contra todos los problemas.

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