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La Pasión de Jesús, pasión por el ser humano 

Los historiadores suelen coincidir en que Jesús murió colgado en una cruz el 7 de abril del año 30, fuera de las murallas de Jerusalén, la Ciudad Santa de los judíos. Como se sabe, la crucifixión era una muerte atroz y dolorosa que el Imperio romano reservaba a esclavos y rebeldes políticos, y que ningún ciudadano romano podía sufrir, por graves que fueran los delitos que hubiera cometido. Los expertos afirman también que, antes de ese infamante final, Jesús anduvo en torno a un año y medio o dos predicando por Galilea el Reino de Dios. Para ello contaba hermosas e incisivas parábolas que hablaban de las faenas de los campesinos, los trabajos de los pescadores del lago de Genesaret, las labores de las mujeres en las casas, curaba enfermos, expulsaba demonios y acogía a los considerados pecadores —sin pedirles que previamente se convirtieran— en banquetes que dejaron huella entre sus discípulos.

Todas estas actividades hicieron que la postura de Jesús ante la Ley y el Templo fuera considerada peligrosa por parte de las autoridades judías, que temieron que pudiera soliviantar al pueblo y así provocar una fatal intervención del poder romano. Así, en torno a la fiesta de Pascua, Jesús fue detenido —por la traición de uno de los suyos— en las afueras de Jerusalén, en un lugar al que solía acudir con sus discípulos.

Jesús fue llevado a la casa del sumo sacerdote, José Caifás, donde se encontraban algunos miembros del Sanedrín, la institución que, con permiso de los romanos, regía la vida de Israel. En aquella reunión nocturna se decidió la suerte de Jesús. Pero el Sanedrín no tenía autoridad para ejecutar una pena de muerte, de modo que Jesús tuvo que ser transferido al poder romano para que fuera juzgado y condenado. Así, las autoridades judías presentaron al prefecto romano de Judea, Poncio Pilato, un caso de sedición. Es lo que hizo constar en la cruz como motivo de la condena: «Jesús Nazareno, rey de los judíos».

Este es el resumen de lo que puede considerarse verosímil y probable desde el punto de vista histórico en cuanto a la vida y, sobre todo, la muerte de Jesús. Los datos para esta reconstrucción los proporcionan los propios relatos evangélicos, leídos críticamente y estudiados a la luz de lo que conocemos tanto del mundo judío como del mundo pagano de la época.

 modelo de fe perseverante

Desde el punto de vista de la fe, en cambio, el escenario se amplía considerablemente. Ya no estamos ante la muerte de un «rebelde» más de los muchos que se levantaron contra Roma en aquella época y que conocemos por la historia: Judas el Galileo, Teudas, el Egipcio… Ahora, desde el punto de vista de la fe cristiana, nos encontramos con la muerte del Hijo de Dios, que da su vida «en rescate por todos». Sin embargo, puede ser conveniente hacer algunas aclaraciones al respecto.

Ha sido muy frecuente cifrar casi exclusivamente el rescate —o la redención— procurado por la muerte de Jesús en la sangre derramada en la cruz o en el dolor padecido. Sin ir más lejos, hace unos pocos años el actor y director de cine Mel Gibson estrenó una película, La Pasión de Cristo, que concitó el entusiasmo de muchos y las críticas de otros tantos. Más allá de los valores o contravalores cinematográficos de la cinta, el espectador contemplaba en la pantalla a un Jesús torturado hasta el límite y con abundancia de sangre derramada (ciertamente, la sangre que se ve, por ejemplo, en la escena de los azotes en el patio del pretorio dejaría a un ser humano al borde del «shock hipovolémico»). Por lo que sabemos desde el punto de vista histórico, la crucifixión era realmente una pena tan cruel como se ve en la película. Pero, más allá de la verosimilitud histórica, parece que el film se nutre de una mentalidad según la cual la redención de Cristo sería directamente proporcional a la sangre vertida, de modo que a más sangre y más dolor, más redención. En cierta manera, esta concepción estaría alimentada en la película de Gibson —como confesó el propio director— por las referencias a las visiones de Ana Catalina Emmerick (1774-1824), una monja y mística alemana beatificada por Juan Pablo II en octubre de 2004. Esas visiones quedaron plasmadas en un libro, La dolorosa pasión de nuestro Señor Jesucristo, preparado —y algunos dicen que reescrito— por el poeta Clemente Brentano en 1833.

Es evidente que, para la fe, el modo en que Jesús muere no es un asunto baladí. En efecto, la historia de Jesús y su significado para los creyentes no sería lo mismo si Jesús hubiera muerto de «muerte natural», en la cama por unas fiebres o aplastado por una torre que se hubiera venido abajo, por ejemplo. La muerte de Jesús es la rúbrica a toda una vida al servicio de Dios y de su Reino, por tanto al servicio también del ser humano y de su vida y felicidad. Los evangelios nos han conservado repetidas alusiones de Jesús al servicio: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir…»(Mc 10, 45); «el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo» (Mt 20,27).

un hombre para los demás

Pues bien, la muerte en cruz es el último eslabón de una cadena que empezó en Galilea, cuando abandonó el hogar familiar de Nazaret y se marchó a servir a los hombres haciendo realidad con sus hechos y palabras el Reino de Dios. Ese último eslabón o esa rúbrica final que es la muerte está en línea con toda su vida anterior y, en cierto modo, sirve para autentificarla, de modo que ambas se complementan y se refuerzan. Así, en Jesús, una vida sin esa muerte tendría tan poco sentido como una muerte sin esa vida. Y esto conviene ponerlo de relieve en nuestra tradición católica, donde el «Viernes Santo» gana por goleada en la religiosidad popular.

Lo que da valor a la muerte de Jesús no es, en primer lugar, que fuera especialmente cruenta o dolorosa —aunque de hecho lo fuera—, sino más bien que constituye el broche final de una vida de entrega a los demás (así precisamente, el «hombre para los demás», es como llamó a Jesús el teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer, ahorcado por los nazis el 9 de abril de 1945 en el campo de concentración de Flossenbürg). El valor de la muerte de Jesús, pues, no está tanto en la sangre derramada cuanto en el servicio ofrecido. Su «mérito» —del que disfrutamos todos— no fue morir sufriendo más que nadie en el mundo (de hecho, seguro que ha habido personas que, físicamente, han sufrido una muerte más cruel y dolorosa), sino no rehuir un destino único que se fue dibujando poco a poco en su horizonte vital y al que se dirigió sin echarse atrás, con paso decidido, aunque también con el temor lógico de cualquier ser humano: «Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú». Un destino al que le condujo su forma de vivir la vida o de «desvivirse» por los demás, que de suyo ya es una forma de morir día a día.

Por eso, en otra famosa y polémica película de hace muchos más años, La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese —basada en el libro homónimo de Nikos Kazantzakis (1951) — lo que se planteaba era una posible última tentación que Jesús podría haber sufrido en la cruz: la de arrepentirse en esos últimos momentos de la vida que había llevado y de las opciones que había tomado, la tentación de no seguir el camino del Reino y vivir una vida más cómoda o más «normal». En efecto, si en vez de entregarse a anunciar el Reino de Dios —sin tener además donde reclinar la cabeza— se hubiera dedicado a hacer lo que hacía la mayoría de sus paisanos, casarse, fundar una familia, trabajar honradamente… —todas ellas cosas santas y buenas—, ahora no estaría sufriendo esa muerte infame en la cruz.

Pero, gracias a Dios, y nunca mejor dicho, porque la gracia de su Padre lo acompañaba, Jesús fue fiel a su proyecto de amor y no renunció a él, sabiendo vencer todas las tentaciones que se le pusieron por delante y que probablemente le acompañaron durante toda su vida terrena (concentrar las tentaciones antes de la vida pública de Jesús parece más bien una decisión literaria y teológica de los evangelistas). Jesús asumió llegar a la pasión y la muerte en cruz porque el amor que sentía por el ser humano y su felicidad fue la pasión que movió toda su vida. Eso es lo que el evangelista San Juan pone precisamente en labios de Jesús en esa famosa frase que ofrece todo el sentido de su ministerio: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan abundante» (Jn 10,10).

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