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La Peña en que me amparo 

“El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca” (Mt. 7, 24)

César Allende García
Con este artículo, catequesis más bien, concluimos el ciclo dedicado a las Bienaventuranzas. Quisiera ya desde el comienzo sumarme a la admiración que la gente sentía por la enseñanza autorizada de Jesús; cuando uno se para a reflexionar sobre estas palabras suyas comprende porqué María Santísima es el “trono de sabiduría” y “la Casa de marfil”.
Mateo 5,20 recoge un dicho de Jesús que es un tesoro de discernimiento y buen gobierno de la vida, además de enseñarnos, por vía negativa, la puerta de atrás en el acceso al Reino: “Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos”. Es verdad que “casa con dos puertas, mala es de guardar”, pero aún más cierta es esta aseveración de Cristo. Pues trátase de una justicia de índole totalmente distinta a la de los fariseos.
A la Casa del Padre puede accederse por caminos diversos, que a la postre vienen a dar en la puerta estrecha pero verdadera. Lo decisivo es llegar y entrar, habida cuenta de que este peregrinaje comienza ya en esta vida y que, mientras estemos en este mundo, hemos de hallar vivienda adecuada aquí.
Espero en estas líneas mostrar que aquella Casa definitiva tiene mucho que ver con la que nos fabriquemos ahora; en realidad, apenas se distinguen, pues cuanto más se nos deteriora esta, más se acrecienta y afianza aquella otra. Y es que la relación entre ambas resulta evidente.
Cuando Jesús proclama, en Mateo 7, 24: “Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca”, al comenzar por “así pues” refuerza la convicción que el mismo Jesús tenía de que la construcción de una sólida Casa depende, desde sus cimientos, de un buen proyecto.
El mismo Señor, hijo como era de un “tecnos”, hazdetodo, debía saber de la madera, del hierro, de los adobes y ladrillos, de las piedras, sobre todo de la angular, de la argamasa…, materiales todos de la construcción. Y sabía, también y sobre todo, que la “casa” pertenece al universo de nuestros símbolos o arquetipos más arraigados y significativos.
Él es mi escudo y mi fortín
La casa nos habita y nosotros la habitamos a ella. El impulso al cobijo, al parapeto, a “las defensas”, cuando algo amenaza nuestras seguridades es primario e irrefrenable. En definitiva, se mantiene en nosotros la querencia por el útero materno en el que tan segura y confortablemente estábamos instalados al principio del comienzo.
Guarecerse (hasta los animales se hacen guaridas) es muy propio de lo vivo; sobretodo de los seres vivos que además son “animales racionales” y que han utilizado la razón para sofisticar sus sistemas de defensa y neutralización de los enemigos hasta extremos casi infinitos.
Esta definición del ser humano como “animal racional” quiere decir que el espíritu ha alquilado el cuerpo con derecho a compra, de un modo singular: inquilino y habitáculo, si bien no se confunden, en modo alguno pueden separarse si pretendemos comprender en profundidad ambos. Es mucho más que una “operación okupa”.
Ya en el libro del Génesis tenemos una deliciosa y profunda antropogénesis en la insuflación del aliento de Dios en el barro de Adán. Este hombre de barro alberga el Espíritu de Dios, y resulta un “ser viviente”, o sea, un ser que no es como los demás; que se levanta erguido del suelo dispuesto a tomar posesión de cuanto veía. Como cuando a uno le dan las llaves de un piso a estrenar (principalmente si se trata del primero de todos), abre, entra y dice: “Yo aquí me quedo porque esto es mío”. Este “mío” ahora significa mucho más que material posesión del inmueble: el inmueble y yo somos ya casi la misma cosa. ¡Qué cierto es que somos seres caseros!
Tengo amigos biólogos que cuando hablamos de esto dicen que somos cangrejos ermitaños, caracoles o tortugas… evolucionados bastante; material biológico altamente evolucionado, pero débil y necesitado del caparazón. Sé que algo de razón tienen pero esto me suena a mí a reduccionismo inadmisible.
Sea como fuere, no podemos vivir fuera de la lona, a la intemperie de la calle: buscamos abrigo movidos por el certero instinto que está en el acto mismo creacional de los principios. Todo corazón busca otro en que protegerse. Iba a decir que hasta Dios mismo, tan grande como es que sentado en su trono apoya sus pies en la luna como pedestal, se ha hecho en nosotros una casa y en ella habitan las tres Personas.
Y además de caseros somos inquietos, nómadas y peregrinos: no podemos estar sin casa y no podemos parar en casa. Además de sapiens, faber, ludens y no sé cuantas cosas más, el hombre es viator. ¿Será que de tan casero como es busca obstinadamente una casa definitiva? ¡Será! La casa es a fin de cuentas un adentro tanto más deseable cuanto es desapacible y hostil el afuera. Total, que la vida, no como sustantivo, si no como verbo, que fluye y fluye, es un camino hacia…, otra vez, El Edén. Hemos dado la vuelta felizmente; como el Señor Jesús, salimos de Dios y ojalá volvamos a Él.
Cristo, la Roca inconmovible
Una de las posibles traducciones de Proverbios 14, 1 es “La Sabiduría edifica su casa; la Necedad con sus manos la destruye”. A lo que más adelante dice: “En corazón inteligente descansa la sabiduría, en el corazón de los necios no es conocida” (Pr 14, 33). Porque la morada o albergue de la Sabiduría es el corazón sensato, como tambien en el versículo 26 se deja sentado que temer al Señor es refugio seguro: “El temor de Dios es seguridad inexpugnable; sus hijos tendrán en él refugio” (Pr 14,26).
Volvamos a Mateo 7, en donde el Señor alargó su sermón con cuidado y con meticulosidad, como si ordenara los materiales en orden a fabricar una casa, una buena casa. Quizá como piensan algunos, Mateo incluya en este discurso pasajes y dichos que ocurrieron en otros momentos y lugares, pero lo cierto es que aquí “quedan” muy bien.
Desde la justicia del Reino hasta el cumplimiento de la voluntad de Dios Padre (en que reside precisamente aquella justicia) quedan enmarcados los materiales necesarios para la fabricación de la casa del hombre prudente. Por nombrar algunos: discernimiento entre los verdaderos y falsos profetas, acierto para ir por el camino que lleva a la vida, orar, no juzgar, abandonarse a la Providencia, liberarse del tirano señor Dinero… y sobre todo la cimentación.
Pablo escribía a los Corintios que nadie puede poner otro fundamento sino Cristo (cfr. 1Cor 3, 11), que es la roca que ya acompañó a los Israelitas por el desierto: “y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo” (1Cor10, 4), que además es piedra angular. Sobre esta piedra irá la casa; el necio ni lo entiende, ni se da cuenta, pero el prudente, que se para a contar sus posibilidades reales para la edificación, ahonda y busca esa roca.
La gran diferencia con la fundamentación –metafísica o de cualquier otra especie- de las costumbres o de la vida es que la vida cristiana se identifica con el encuentro con una persona, no con conceptos articulados en una teoría. Y además, la roca, esa persona, es Cristo, Jesús de Nazaret. Resistir los embates del viento furioso, los torrentes y las lluvias no tiene otra garantía que el encuentro personal con el Señor; o lo que es lo mismo: escuchar y practicar su palabra.
Pablo acuñó una feliz expresión que condensa la originalidad de esta propuesta ética y su misma virtualidad: “En Cristo Jesús”. Todo el mundo cristiano se reduce y, a la vez, se expansiona en y por el Señor; en Jesús el cristiano permanece para siempre: “Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1Jn. 2, 17), porque justificado en él, tiene base eterna, que dice Proverbios 10, 25: “Como pasa el torbellino, así el malo no permanece; Mas el justo permanece para siempre”.
Cimentados en la Roca es idéntico a fiados del amor providente de Dios, o sea, confiados en la fianza que Cristo Jesús ha depositado para nuestra liberación. Él es el nuevo profeta prometido en el Deuteronomio a los padres, que como Moisés nos dará la libertad verdadera de la casa de servidumbre (Ex. 13, 14) para darnos la propiedad de una tierra fecunda como ninguna y de “unas casas llenas de toda clases de bienes que no hemos llenado nosotros” (Dt. 6, 11).
Todo gratis, como corresponde a la “casa de Dios”, al frente de la cual, no como servidor (eso fue Moisés) si no como hijo, está nuestro Sacerdote eterno (Hbr. 10, 21). Y si es verdad que la casa de aquí abajo, en tanto que peregrinos, se va poco a poco desmoronando, no lo es menos, sino muchísimo más, que se nos transforma en vivienda permanente en el Cielo (cfr. 2Cor. 5, 1ss).
la morada eterna del justo
Esta última enseñanza de la Escritura es admirable: algo tiene la tienda en que ahora vivimos, que pide, reclama su propia transmutación, porque toda casa tiene su constructor y Dios es el constructor del Universo, suya es la Tierra y cuanto la llena, así como el orbe y sus habitantes.
La misma precariedad de esta vida apunta a la solidez y definitividad de la del cielo. Nuestra vida está intrinsecamente ordenada a vivirla en Dios por Cristo… ; está abierta a la escatología, que es plenitud y final feliz … , con tal de que “matengamos la entera y gozosa satisfacción de la esperanza” (Hbr. 3, 6): la fe, la esperanza y el Amor argamasan y sujetan los materiales con que se levanta la fábrica de nuestra casa.
Y claro está que mantener una esperanza viva y una fe activada por el Amor es justamente la propuesta del Señor al acabar el Sermón del Monte: escuchar y poner por obra sus palabras, que es ciertamente lo que hizo su bendita madre, que es también nuestra “Casa de oro” y nuestro “Refugio de pecadores”. Ella si escuchó y cumplió el Sermón: fue aquí la mansión más excelsa que Dios pudo buscarse, y ahora en el Cielo tiene una morada privilegiada … por las vistas que desde allí disfruta: el mundo, donde sus hijos peleamos la construcción de nuestra vida, en medio de fuertes vientos y aguas torrenciales.
María Santísima vigila nuestra casa: ella es el “sequed”, el almendro vigía o alerta, de Jeremías (1, 11), avanzadilla del Amor protector de Dios. Nuestra casa, aun con dos o más puertas, está con ella bien, pero que muy bien, guardada.

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