Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, septiembre 17, 2019
  • Siguenos!

LA POLÍTICA IMPERIALISTA DE LA ONU 

Como nos recordaba, no hace mucho, Eulogio López en el boletín digital “Hispanidad”, “la ONU, el brazo tonto-útil del Nuevo Orden Mundial –o lo que es lo mismo: la masonería internacional–, prepara un tratado vinculante verdaderamente venenoso; sería como la culminación del proceso de cristofobia dentro del NOM. Se trata de ilegalizar a la Iglesia y de amordazarla. Se trata de criminalizar la civilización cristiana: convertir el catolicismo en delito y a los cristianos en delincuentes. ¿Exageración? En absoluto. Además, se trata de un proceso lógico dentro de la arquitectura de los nuevos derechos humanos, los llamados derechos sociales o de segunda generación –aunque con ello, haya que conculcar los de primera generación–. Por ejemplo, si te opones al aborto, estás promoviendo el “embarazo forzado”. Ergo, estás “odiando” a la mujer y probablemente, provocando muertes, o lo que es peor: profundas depresiones en algún lugar. No por prohibir el aborto, sino por promover la prohibición en defensa de la vida. Más ejemplos. Si te opones a la “orientación sexual”, estás cometiendo un crimen contra la humanidad. Todo según la nueva arquitectura de derechos humanos: delitos de odio. Se trata de ilegalizar y, antes que nada, amordazar a la Iglesia, bajo el antropológico principio de que si no se oye su voz, nadie se convertirá. Pero, ojo, el camino NOM no acaba aquí. Tras prohibir la doctrina, el NOM irá por la prohibición del sacramento. Del sacramento por antonomasia: la Eucaristía. La Iglesia vive de la Eucaristía, Si quieres destruirla, prohíbe el santo sacramento. Destruirla no es posible pero, desde luego, el golpe más duro que puede recibir el Cuerpo Místico, sería volver a las catacumbas…, y en todo el planeta”.

La ONU quiere proponer la cultura de la muerte y la destrucción de las familias. Entre el paquete de medidas que prepara este tratado vinculante, podemos señalar: el acceso gratuito al aborto, para todas las mujeres y a cualquier edad; promover el aborto como un derecho humano fundamental –el derecho a la vida de todo ser humano, parece que pasa al cubo de la basura–: el acceso gratuito a condones y otros métodos anticonceptivos; la orientación sexual e identidad de género; la educación sexual “integral” para niños, y cosas por el estilo.

¿Qué tenemos que decir ante esto? La política seguid por la ONU, bajo la presión de los que, desde la sombra, quieren promover este Nuevo Orden Mundial, subvirtiendo todos los valores humanos, es una auténtica aberración. Todo ser humano es un don de Dios al mundo, cada uno es único y el lugar y el papel que ha de desempeñar en la historia no puede ser ocupado por ninguno más. Nadie está de sobra, ningún ser humano es prescindible; ni el niño por nacer ni el anciano o el enfermo crónico e incurable. “El aborto, según anunciaba san Pío de Pietrelcina, no es solo un crimen, sino también un suicidio. El suicidio de la raza humana será entendido por los que van a ver la tierra poblada por ancianos y despoblada de niños, tierra quemada como un desierto”. Pero esta afirmación, que es cada vez más evidente a medida que pasa el tiempo, no parece que impresione a los partidarios de la ideología imperante. Hace poco, una diputada italiana, se quejaba por el número de escuelas que deberían cerrar y los maestros que tendrían que ir al paro, por la carencia de niños que llenen las aulas. Ante ello, proponía la emigración masiva para suplir el déficit de niños por escolarizar. Buena idea, pero algo no encaja en la lógica, pues esta misma señora es partidaria acérrima del aborto y en Italia, cada año, se asesinan a cerca de un millón de italianitos que perfectamente hubieran cubierto las plazas que la buena señora lamentaba que quedaran vacías. ¿Dónde ha quedado la capacidad de raciocinio? ¿Es que la ideología perturba las mentes y nos hace ser estúpidos o se esconde una funesta perversión detrás?

Algo semejante debemos decir sobre otra de las propuestas estrella del progresismo suicida que nos arrastra al matadero; me refiero a la eutanasia. Una cosa lleva a la otra. Desde el momento en que hemos prescindido de Dios, hemos dejado al hombre indefenso y a merced de la lógica sin corazón del nuevo dios que se nos impone: el capricho del ser humano al servicio del dinero y la economía. Dado que los estados no son suficientemente ricos como para costear y sostener los gastos de una población cada vez más envejecida; así como se eliminan los niños no deseados o que no reúnen los requisitos adecuados para llevar una “calidad de vida” según los estándares sociales, se propone eliminar también a los viejos y a los enfermos incurables. Al respecto, y tampoco hace mucho –según comenta Miguel Vidal en el periódico digital Actuall del 29 de marzo– una diputada de los verdes y ecologistas holandeses, proponía dejar de tratar y operar a los mayores de 70 años, con la excusa  de evitar el “tratamiento excesivo”. ¿Qué entiende ella por eso? No lo sé, pero lo que la gente corriente deduce de ello es que, en una sociedad atea y pragmática, lo que importa es el “producto” bien hecho, por lo que el “producto” humano que no reúne los requisitos del estándar, debe ir a la basura, sea defectuoso al principio de su existencia, o viejo e inservible hacia el final de la misma. En otro de los países “civilizados” de nuestro entorno, en la democrática Bélgica, en donde es lícito el matar a los viejos y enfermos incurables de cualquier edad, el 40% de la población se muestra de acuerdo en dejar de atender a los mayores de 85 años, para preservar el equilibrio de la sanidad belga; es decir: que priva el dios dinero sobre la persona. Es lo que tiene la democracia, que una mayoría pueda decidir matar a los que son inservibles, como sucedía en “El mundo feliz” de Huxley. Pero no es necesario acudir a la imaginación, que la realidad la supera con creces, y eso es más terrible. Hitler hizo lo mismo sin tantos remilgos y, no lo olvidemos, también fue elegido democráticamente.

Nuestra sociedad ha perdido el uso de la razón y desvaría. En alguna parte he leído, a propósito de las manifestaciones feministas del 8 de marzo, que “las ideas feministas tiene nefastas consecuencias. Deterioran la capacidad de raciocinio y condenan al ser humano de sexo masculino por ser humano y ser hombre y destruyen la convivencia al fomentar el enfrentamiento y la violencia”. El comentario venía a cuento de cierta pancarta en la que se pretendían defender los derechos de las “animalas” (sic), para no ser violadas y llevadas al matadero. Nada decían de los animales macho, que al parecer son tan culpables y opresores de los animales hembras, como los hombres de las mujeres. La naturaleza entera es la culpable por haber diferenciado las especies en machos y hembras, en opresores y oprimidas. De modo que, ¡vivan las hembras, mueran los machos! Y morimos todos. Pobre gente: las feministas, las que blasfeman de lo sagrado, los animalistas y cuantos los secundan, llevan la muerte en el corazón y por eso siembran muerte. El que es feliz y realizado, no anda maldiciendo ni odiando. Sólo la reconciliación puede traer la paz. Si elegimos el camino de la confrontación –como está haciendo la izquierda, contrariamente al espíritu de la transición– sólo puede llevar al desastre.

El gran don que Dios ha dado al hombre es la libertad. Él nos deja libres para amarle o para odiarle, mientras Él nos sigue amando. Nos ha creado porque nos ama y desea y busca nuestra felicidad. Un Dios que creara para tener adoradores, no es Dios, porque “necesita” ser adorado. Dios no nos ha creado para que le sirvamos, sino para darnos. Pero hemos de entender qué es realmente la libertad. No es libre el que hace lo que le da la gana, porque la libertad tiene que ver con la verdad. Sí, esta es la realidad, por mucho que suene contraria al relativismo estéril que se nos quiere imponer. Hay una verdad, y esta verdad es Dios. Él es el fundamento y sostén de todo cuanto existe. El universo ha sido creado por Él, con una finalidad bien precisa. Alguno podrá objetar que esta afirmación es mero producto de la fe, sin comprobación científica, pero hemos de decir que la creencia contraria, es decir, que cuanto existe viene de la nada por pura casualidad, o que el mundo se ha dado el ser a sí mismo, es mucho más fantasioso y absolutamente ilógico. Se requiere mucha más fe para ser ateo que para ser creyente, y la razón y la lógica están de parte del que cree que Dios es el creador del universo, que del que cree que todo viene quién sabe de dónde.

Si pues, hemos sido creados por Dios, tenemos un razón de ser y un fin determinado, y el conocimiento de ello nos es necesario para el uso de nuestra libertad. Tenemos una misión en la historia y necesitamos conocerla para poder obrar en consecuencia. Quienes niegan a Dios y pretenden el absurdo de ser, sin dependencia del que nos ha otorgado el ser, ni saben qué o quiénes son, ni por qué viven, gozan sufren o mueren. Únicamente el que conoce la razón de su existencia, puede ser libre, porque libertad es la capacidad de alcanzar mi destino y, para ello, necesito saber cuál es éste y seguir los medios que me ayuden a alcanzarlo. La ley natural y los mandamientos de Dios, no son imposiciones arbitrarias que coarten mi libertad, sino guía, que me indica el camino, y sostén, que me mantiene en el mismo. Lo contrario es dar palos de ciego y vagar sin sentido.

Ante todo esto, ¿qué debe hacer la Iglesia? Desde su fundación y, siguiendo a su Maestro, que distingue perfectamente entre los derechos del estado y los de Dios, la Iglesia católica ha sido siempre la defensora de la independencia de la conciencia individual frente a las pretensiones absolutistas del estado. Siempre ha defendido la independencia de la Iglesia frente al poder estatal, o lo que es lo mismo, la independencia del juicio y de la conciencia, contrariamente a lo que sucedía en las Iglesias orientales o lo que ocurrió con las iglesias nacidas de la reforma protestante, que eran iglesias nacionales, sujetas al rey, jefe del estado y cabeza de la iglesia, al mismo tiempo, convirtiendo a esta última en subsidiaria del estado y a sus ministros en funcionarios al servicio estatal. Se dio, de este modo, un paso atrás, retornando al modelo vigente en los imperios de la antigüedad o al que se da en estos momentos en los estados islámicos. Fue el cristianismo el que desbarató este sistema, proclamando la libertad de conciencia frente a la intromisión estatal, siguiendo la norma de Cristo de dar al César lo del César; pero a Dios lo de Dios.

Por eso, la Iglesia católica se ha convertido en el enemigo a batir de parte de todos los absolutismos habidos y por haber y de cualquier orientación y color: desde las turbas negras del nacionalsocialismo, las rojas del comunismo, las verdes del ecologismo o las arcoíris de la ideología de género. La verdadera batalla es de naturaleza teológica y antropológica. Desde nuestro concepto de Dios o desde nuestra negación de Dios, tendremos el concepto de hombre, al que podemos considerar, como alguien dotado de suprema dignidad, llamado a ser partícipe de la naturaleza misma de Dios, o quedar reducido al producto más excelente de la evolución ciega de una naturaleza sin orden ni razón; el más excelente de sus productos, pero producto, al fin y al cabo, del que se podrá prescindir según los parámetros de su utilidad. Son las ideas las que mueven al mundo, y éste oscila entre la fe o el caos. Si no formulamos claramente nuestra fe, no podremos ganar esta batalla; la ambigüedad, tanto en la política de ciertos partidos, como en la tibieza o la manifestación timorata de la fe cristiana, llevan directamente al caos y a la derrota. Los ideólogos del NOM son claros y atrevidos en sus propuestas, pero parten de una antropología equivocada. Es necesario ser claros con todas las consecuencias; no es cuestión de condescendencia o misericordia, sino de proclamar la verdad que libera. ¿Qué están haciendo algunas conferencias episcopales presentando fórmulas ambiguas, sin decantarse públicamente por la radicalidad de la fe? En el evangelio se nos presenta el caso de la higuera estéril: si no da fruto, se la corta. ¿Está dando hoy la Iglesia el fruto debido?, ¿está siendo el centinela puesto sobre la atalaya para advertir a la ciudad del peligro?, ¿qué está diciendo la Iglesia sobre la deriva de la sociedad hacia el totalitarismo ideológico del marxismo cultural?, ¿tenemos miedo de perder posiciones o privilegios? Casi todos los errores en la historia de la Iglesia han provenido de parte de gente muy inteligente, que muchas veces, con un bienintencionado afán pastoral, con el fin de facilitar la acogida del evangelio por la gente, han buscado el modo de hacerlo más digerible, poniendo entre paréntesis las cuestiones más controvertidas; pero no es la edulcoración del evangelio, casa que Cristo jamás hizo, el camino para llenar las iglesias, sino la radicalidad de la vida cristiana. Hemos de cuidarnos muy mucho, de apropiarnos, como los viñadores homicidas de la parábola, de la viña del Señor.

Estamos llamados a hablar claramente, sin complejos. Tenemos en nuestras manos la Palabra que da vida y salvación al mundo. Lo que necesita nuestra sociedad es la vuelta incondicional a Cristo, pues no nos ha sido dado ningún otro Nombre por el que podamos ser salvos. Frente a las propuestas nefastas que presenta el mundo, como la destrucción de la familia mediante la anticoncepción, el amor libre y el aborto; frente al desprecio de la vida humana y de la dignidad de las personas, con la eutanasia; ante la absurda ideología de género o el feminismo radical; la Iglesia y los cristianos, hemos de hablar claro: no hay segundos pseudo derechos que vulneren los verdaderos derechos humanos. Está en juego el destino de la humanidad y no podemos convertirnos en perros mudos incapaces de ladrar. Cierto que esta postura va a encontrar resistencia, oposición y persecución. Es el destino del justo en na sociedad injusta. Los profetas y los sabios de Israel, y Cristo mismo, son testigos de esto. Incluso Platón en La República llegó a descubrir la realidad del justo perseguido, porque en una sociedad que va únicamente en busca de seguridad y de placer, se introduce inevitablemente la injusticia y la persecución del justo. Pero más vale un justo perseguido por defender la justicia, que uno timorato y condescendiente, que acaba por ser cómplice de la injusticia.

Con todo, hemos de tener en cuenta –como nos recuerda G. Gennarini en su libro Gnosis y teología política– que “nunca vamos a encontrar una situación política ideal. Siempre habrá corrupción. Siempre habrá contradicción, porque la naturaleza del hombre está herida por el pecado original y solo se puede encontrar la paz cambiando el corazón del hombre”. El reino de Cristo, no es de este mundo. Todos cuantos predican el establecimiento del paraíso en la tierra, mienten, y la historia es testigo de ello. La misión de la Iglesia, nuestra labor como cristianos, es la de proclamar la verdad que trae la salvación al mundo, aunque esta proclamación no sea acogida por la mayor parte de la humanidad, como tampoco fue acogido el testimonio de Cristo, salvo por un pequeño número de discípulos. Por ello, “siempre en la Historia, la Iglesia está sufriendo, pero la Iglesia trae al mundo la respuesta a la cruz y a la muerte”. Es nuestro deber ofrecer al mundo el remedio para sus males con parresía y sin temor, aun cuando ello comporte desprecio, rechazo y persecución de un mundo en vías de descomposición.

Ramón Domínguez

Añadir comentario