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La presencia de Dios 
29 de Septiembre
Por Hermenegildo Sevilla

«En aquel tiempo, vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: “Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño”. Natanael le contesta: “¿De qué me conoces?”. Jesús le responde: “Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi”. Natanael respondió: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel”. Jesús le contestó: “¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores”. Y le añadió: “Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”».  (Jn 1,47-51)


Todo ser humano experimenta en el fondo de su ser la necesidad de Dios, de encontrarse con Él. Dice San Agustín que nuestra alma solo puede descansar en Dios. Es muy bueno para el hombre tener la intención y el ánimo de buscarle, pero no lo encontrará si su corazón no está acogedor y limpio. La doblez de corazón, la idolatría, el intentar navegar entre dos aguas, son incompatibles con una búsqueda sincera de Dios. Solo estando Él en el centro de nuestra vida podemos encontrarle y solo así disfrutaremos de las gracias, dones y bienes que el Señor nos regala.

Natanael, en el evangelio de hoy, busca a Dios desde la autenticidad. Es el mismo Jesús el que le observa y se la anticipa, diciendo: “Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño”. Ojala  que el Señor nos diga lo mismo cuando vamos en su búsqueda, que no vea en nosotros una intención de jugar a dos bandas. Un corazón nuevo y un espíritu nuevo es todo lo que necesitamos para encontrarnos con el Señor. Pero si Jesús se nos presenta, cuando vamos por la calle, a través de un mendigo y pasamos de largo porque para nosotros es más importante seguir atendiendo al móvil, estamos rechazando ese encuentro. Nuestra débil y herida naturaleza tiende a aferrarse a lo visible y agradable a los sentidos y en este campo es en el que el demonio trabaja para arrastrarnos a su dominio.

Jesús escruta en este evangelio de San Juan a Natanael y demuestra conocerle y quererle como solo un padre que le ha dado la vida puede hacer. Por eso Natanael le reconoce como Dios, como su Señor. Es la pureza de corazón de este personaje lo que hace que Jesús salga a su encuentro, y es con los ojos del corazón como podemos verle. Lo tangible y lo material no nos da la vida eterna. Es el Espíritu de Dios el que nos lleva al cielo. Nada terrenal, aún pudiendo ser bueno, nos es imprescindible, solo lo es Dios.

Un mundo tan materialista como el actual desprecia, persigue o se ríe de Dios. Pero el Señor nos dice en la Escritura que “de Dios nadie se burla “. Lo dice por puro amor y para evitar que caigamos en la perdición.

Jesús nos dice que nuestra alma puede ver a los ángeles que interceden por cada uno de nosotros, solo necesitamos hacernos más pequeños y bajar del pedestal de nuestro “yo” y de nuestro racionalismo excluyente y ciego. Si alguien habla  hoy a la gente sobre los ángeles, lo más probable es que reciba comentarios irónicos o sarcásticos, pero si a esas personas que responden de esa manera les preguntas acerca de por qué  o para qué viven, lo más seguro es que no sepan qué decir. En el reino de la banalidad, el hombre no está preparado para adentrarse en ninguna cuestión trascendente, de forma que su visión de la vida se reduce a pasarlo bien y huir del sufrimiento. Por eso la caridad no se entiende o se entiende mal, como tampoco se puede llagar a tener fe y esperanza cuando domina lo superficial y lo carnal.

Jesucristo nos interpela acerca de por qué creemos y qué necesitamos para creer en Él. Ante  estos interrogantes recuerdo cómo era mi vida cuando estaba alejado de la Iglesia y cómo es ahora: los mismos problemas, sufrimientos y debilidades pero iluminados por la Palabra de Dios, que otorga una visión de la existencia diametralmente diferente a quien se deja guiar por ella. La cruz se puede llevar con esperanza y con paz, y la alegría interior acompaña a las contrariedades y contratiempos. Recuerdo ese acontecimiento de muerte ante el que me encontraba totalmente impotente; nada ni nadie me podían ayudar. Pero el Señor estuvo grande y misericordioso, y puso un sello en mi corazón. Pienso en experiencias y vivencias en las que he podido ver al Señor, concediéndome el perdón, dándome aliento, venciendo a mis enemigos y liberándome de pecados y esclavitudes, dando pleno sentido y orden a mi vida, enriqueciéndola con una promesa de eternidad en el mismo cielo. Todo esto es infinitamente más valioso que todo lo que pueda ver y tocar en este mundo, por muy atractivo que parezca.

Este evangelio nos anima a buscar y encontrar a Dios en el día a día de nuestra historia. En ella el Señor no deja de hablarnos y podemos escucharle si tenemos el oído y el corazón abiertos. Jesús nos anima a combatir contra el ruido del mundo que no nos deja escucharle. Reconozcamos al Señor en todo momento porque nunca nos abandona.

Hermenegildo Sevilla

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