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LA PRUEBA DE FE 
20 de Octubre
Por Tomás Cremades

Jesús decía a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer: “Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”. Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”. Y el Señor añadió: “Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante Él día y noche?, o ¿les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hija del Hombre, ¿encontrará esa fe en la tierra? (San Lucas 18, 1-8).

COMENTARIO

Aquí se vislumbra la impaciencia del hombre cuando se pone en la presencia de Dios para rezar. Y si el Señor no nos concede inmediatamente lo que pedimos…podemos caer en la sensación de que no nos escucha, no nos hace caso…Nada más lejos de la realidad.

Se ve, por esta parábola, que el problema del hombre no es actual, que no somos originales, pues ya desde hace dos mil años tenía el hombre la misma sensación de no ser escuchado.

Lo primero que tenemos que pensar es que muchas veces pedimos sin pensar, si lo que pedimos está en la justicia de Dios, esto es, si se “ajusta” a sus planes hacia nosotros, que es lo que significa bíblicamente la Justicia de Dios.

Dice el libro de Jeremías: “…Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado; Yo, profeta de las naciones, te constituí…” (Jer 1,5)

Quiere decir el Señor por boca del profeta, que Dios desde antes de nacer ya tiene un plan para nosotros, y sabe lo que nos conviene y lo que no. Y pedimos muchas cosas; pero esas cosas que pedimos tienen que ser buenas en orden a nuestra salvación; en ese caso seguro que son queridas por Dios. El tiempo en que nos sean concedidas, no es nuestro tiempo, sino el suyo.

Pero hay un problema: Dios respeta la libertad del hombre. Si pedimos por la fe de nuestros hijos, esto en sí mismo es bueno, y Dios lo quiere. Pero ¿nuestros hijos lo desean? He aquí el problema.

Si lo pedimos con fe, seguro que Dios buscará la forma de cambiar su corazón como dice el libro de Ezequiel, de piedra, por uno de carne. Es posible que a lo mejor, no en el tiempo que nosotros queremos, sino en el suyo.

Y Jesús propone esta situación que en el Evangelio se denomina del “Juez injusto”. Este juez no “teme a Dios ni le importan los hombres”. Aplica la justicia con preceptos humanos. No “se ajusta” a Dios.

Y aparece en escena una viuda. En aquellos tiempos, ya sabemos la situación de las viudas: no había forma de ganarse el sustento, no había Seguridad Social…se encontraban en una precariedad total, en una situación de mendicidad, que, a cualquiera con un mínimo de sensibilidad, – ya no decimos de caridad-, se le partiría el alma.

El juez sólo le importa eso: que no le importunen. Y esta mujer, como no tiene otra forma de salir de su situación, le importuna cada vez que lo encuentra. Al final, para que le deje en paz, le hace esa “justicia” humana que a ella le sirve para mejorar su situación.

Y el Señor toma nota de la decisión del juez, y de la insistencia de la viuda. Ésta no se desanima, aunque cada vez que ha ido no ha conseguido su propósito.

Así el Señor nos prueba nuestra fe. Si lo que pedimos es bueno, y el Señor estima que nos conviene, tengamos la seguridad de conseguirlo. Cuando Él disponga, pero se realizará. Esta es nuestra fe.

Fe es “creer lo que no vemos”. Es correcto; pero hay un concepto más grande y general: fe es “fiarse” de Jesucristo.

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