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La reforma litúrgica del Concilio Vaticano II – LA EUCARISTIA 

Al inicio del Año de la fe, la Congregación para la Doctrina de la Fe invitó a toda la Iglesia a «intensificar la celebración de la fe en la liturgia, de modo particular la Eucaristía», y a estudiar en profundidad los documentos del Concilio Vaticano II. Monseñor Gerhard Müller, Prefecto de la Congregación vaticana, ha pronunciado el pasado lunes, fiesta de Santo Tomás de Aquino, en la Universidad San Dámaso, la conferencia Un culto conforme al Logos. La liturgia en el pensamiento teológico de Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, en la que ha explicado la verdadera reforma litúrgica que impulsó el Concilio: una Eucaristía vivida más en profundidad, en comunión hacia Cristo. Ofrecemos un extracto:

La reforma de la liturgia no se ha entendido en todas partes como una ruptura con la Tradición, en la que unos expertos han erigido, de un día para otro y de forma inesperada, una construcción, fruto de sus propias elucubraciones. La contraposición de la teología y liturgia preconciliares y posconciliares demuestra ser cada vez más un instrumento ideológico con el que se quiere romper la unidad de la Iglesia en la continuidad de su tradición y mediación histórica de la Revelación.

¿Sacrificio o banquete?

En los años 60, se percibió como algo negativo -a pesar de toda la alegría que suscitó el poder entender la liturgia en la lengua materna- la preponderancia de lo verbal frente al canto y el silencio. Con las constantes explicaciones e indicaciones por parte del sacerdote, éste adoptaba el papel de comentarista, y suponía así más un impedimento que una ayuda para que los fieles se concentrasen en la realización simbólica del misterio, escucharan y gustaran la palabra de Dios y se entregaran a Él con devoción.

Asimismo, la modificación de la orientación de la celebración eucarística ponía de manifiesto también una cierta incertidumbre sobre la esencia de la Misa. No se trataba tanto de la cuestión de la orientación al este, como de la pregunta si la Misa, en su configuración simbólica, era sacrificio o banquete.

El hecho de que el sacerdote ya no pronunciara los textos de la Misa en latín y fuera posible una comunicación con el pueblo en su lengua materna, no alejó el peligro de que éste ahora actuase como en un espectáculo religioso: los fieles se convertirían en espectadores emancipados y críticos, encargados de calificar al sacerdote como predicador y celebrante.

En realidad, el carácter sacrificial de la Eucaristía no depende de la orientación de la celebración, ni se opone a su concepción como banquete. El sacrificio de Cristo en la cruz se hace presente de forma simbólica y real, y con él todo el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor. Por consiguiente, tiene poco sentido la alternativa de si el sacerdote celebra hacia Dios o hacia la comunidad; antes bien, la Misa constituye una comunión de acción del sacerdote con todos los fieles. En Cristo, la liturgia siempre es teocéntrica y orientada al prójimo. Lo que debe importar es que escuchemos juntos a Cristo, que miremos hacia Él, quien convierte nuestra asamblea en sacramento de la presencia de su muerte en la cruz y de su resurrección, y que edifica a la Iglesia partiendo de la Eucaristía.

No somos espectadores

En contra de la reducción de la liturgia a un juego estético, estamos llamados a un culto conforme al Logos. Joseph Ratzinger, nuestro Papa Benedicto XVI, se ha esforzado toda su vida por alcanzar una comprensión adecuada de la liturgia. Lo que está a debate no es el orden exterior del rito en algunos de sus detalles, sino la comprensión cristológica y, por consiguiente, conforme al Logos, y la participación activa en la liturgia. De la renovación de nuestra capacidad litúrgica depende nuestra capacidad de dar razón a los hombres y mujeres de hoy del Logos de la esperanza que habita en nosotros.

Para aprehender el espíritu de la reforma litúrgica, lo mejor es, sin duda, recordar la Constitución litúrgica del Concilio Vaticano II, donde se dice de la Eucaristía: «Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche que le traicionaban, instituyó el Sacrificio eucarístico de su Cuerpo y Sangre. Por tanto, la Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la Palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la Hostia inmaculada, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos» (SC 47-48).

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