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LA REVELACIÓN DE UNA MUJER ASESINA 
07 de Febrero
Por Tomás Cremades

Herodes había mandado prender a Juan el Bautista y lo había metido en la cárcel encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano. Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía porque Herodes respetaba a Juan. La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: “Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”. Ella salió a preguntarle a su madre: “¿Qué la pido?” La madre le contestó: “La cabeza de Juan el Bautista”. Entró ella enseguida a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: “Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista”. El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre. Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro (San Marcos 6.17-20a. 21-29).

COMENTARIO

La historia se repetirá más tarde. Juan Bautista, primo segundo de Jesús, – hijo de Isabel, prima de María-, simplemente por denunciar el pecado público de Herodes, se granjea el odio de Herodías, cuñada del rey, que mantiene relaciones ilícitas con él. Es tan grande el escándalo, es tan flagrante para ambos su pecado público, que sólo se puede limpiar acabando con la vida del Bautista.

Y digo que se repetirá más tarde, porque Jesús padecerá un proceso similar con respecto a Pilato. El pueblo, porque Jesús se ha proclamado Hijo de Dios, cual es en verdad, y los numerosos milagros públicos lo atestiguan, odia al Maestro. No conciben que el hijo de un carpintero, al que han visto crecer entre ellos, pueda ser el Hijo de Dios. Es tan grande su ceguera, a personas versadas en las Escrituras, que no ven en Él al Mesías prometido. Los Salmos de David, los anuncios de los profetas como Isaías, revelan en los” Cánticos del Siervo de Yahvé”, (Is 42, 1-4; 49, 1-6; 50,4-11; y 52,13-15), la vida de Jesús que entrega su vida por Amor y fidelidad a su Padre para la supervivencia del pueblo de Israel, que viene simbolizada por la reconstrucción del Templo de Jerusalén, no les convencen.

A diferencia de Herodías, la mujer de Pilato respeta a Jesús: “…No te metas con ese Justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa…” (Mt 4, 19). La Escritura no dice nada de los sueños que pudo tener, pero a buen seguro le revelarían el horror de una muerte clamorosamente injusta.

En el Evangelio de Jesucristo, según san Mateo, en el capítulo 27 desde el versículo 11 al 27 se observa claramente que el gobernador Pilato no quiere matar a Jesús. Es el odio del pueblo, y el temor a una rebelión ante el Cesar que pueda arrebatarle su puesto, lo que al final, condesciende cobardemente al peor suplicio que pueda tener un ser humano, en su cuerpo y en su dignidad, martirizado hasta la muerte, reservada sólo a los malhechores.

Ambos, Herodes y Pilatos, por cobardía, por miedo, disponen de la vida de dos Inocentes. Ellas, Herodías y Claudia Prócula (*) esposa de Pilato, unen su destino a la muerte de dos inocentes. La una por odio a Juan; la otra por temor al pueblo judío, y al Cesar, que pudiera perjudicar su matrimonio.

Imaginamos a Herodías esperando “cobrar su presa”, aguardando su comida” …la ocasión llegó…”, nos dice este Evangelio en sus primeros versículos. Encontró el momento oportuno de la venganza. Era tal su desatino, que, ya que el rey estaba dispuesto a darle todo a la hija: “…Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”, podía haber aprovechado la ocasión de poseer hasta ¡la mitad del reino!

No: Valía más la muerte de Juan que la mitad del reino de Herodes. Hasta esos límites puede llegar la maldad de un ser humano. Sin saberlo, daba testimonio real del valor humano de Juan: “… no ha nacido de mujer uno más grande que Juan…” (Mt 11,11) dice Jesús.

Jesucristo podía haber salvado a Juan. Milagros mayores había realizado. Pero Juan vino al mundo para ser testigo de la Luz. (Jn 1, 6-8) Por eso Juan cumplió la Misión encomendada por Dios; ser Testigo de Cristo, de su Verdad. Él mismo dirá: “… yo soy la voz que clama en el desierto, rectificad el camino del Señor…” (Jn 1, 23).

Es decir: El Señor Jesús, es el Único que es digno de llevar ese Nombre, es el Camino que hemos de rectificar; pero no el camino que llevaba el pueblo judío, sino el auténtico Camino que se relata en el Salmo 23: “El Señor es mi Pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace reposar, me conduce a fuentes tranquilas… me guía por el sendero justo por el honor de su Nombre…”

Y Dios empeña su Nombre como garantía de Verdad, cuando dice: “por el honor de su Nombre”

Es tan inmenso el poder de la Escritura, como Palabra de Dios cual es en verdad, que hasta en la mayor de las iniquidades, – la muerte de Juan Bautista-, se revela el Valor inmenso de Juan atestiguado por Jesús. Herodías da más valor a Juan, sin siquiera sospecharlo, pues pide su cabeza, que al reino de Herodes. Hermosa revelación, aun de una asesina, dando fe de las Palabras de Jesús: “… no ha nacido de mujer uno más grande que Juan…”

(*) En ningún Evangelio aparece el nombre de la mujer de Pilato. Se cree por la Tradición, no contrastada en la Iglesia Católica, que su nombre era Claudia Prócula.

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