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La revolución de la ternura “Haz tú lo mismo” 

“Veo a la Iglesia como un hospital de campaña”, ha dicho el Papa Francisco en su famosa entrevista en Civilttà Cattolica (19 de septiembre de 2013): “Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla (…) lo más importante es el anuncio primero: ¡Jesucristo te ha salvado! (…) ser misericordiosos, hacerse cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano que lava, limpia y consuela a su prójimo (…). Tenemos que anunciar el Evangelio en todas partes, predicando la buena noticia del Reino y curando, también con nuestra predicación, todo tipo de herida y cualquier enfermedad”.

No se trata ya solo de una Iglesia con las puertas abiertas que acoge y recibe, sino una Iglesia que sale de sí misma, hasta las periferias, como dice el Papa Francisco, para curar. La Iglesia es un hospital de campaña en medio de un gran campo de batalla, repleto de heridos, en el que solo se puede entrar con ternura y misericordia. Solo con la revolución de la ternura, de la que habla el Papa Francisco, se puede adentrar en este campo de heridos a punto de desfallecer, en esta tierra de muertos que desconocen la vida eterna, que es el mundo de hoy.

Nos encontramos ante un cambio de época. No vivimos ya en la Cristiandad; vivimos dentro de una sociedad que ha renegado del cristianismo. Estamos rodeados de víctimas del pecado propio y del de los demás. Jóvenes esclavos del alcohol, la droga y la pornografía; hijos víctimas del divorcio de sus padres; esposos malheridos por el odio; niños y mujeres víctimas del aborto; vidas esclavas del trabajo y del dinero. Soledades que pasean sus mascotas por la ciudad bajo un cielo de cemento. Urge el anuncio de la Buena Noticia. Primero el Evangelio, luego la moral.

vendaré a las ovejas heridas, curaré a las enfermas

 

El dragón del mal ha dejado lleno de heridos el campo de batalla. Malheridos por el pecado y sus frutos de muerte. Los cristianos también estábamos heridos de muerte y fuimos curados por Cristo, que nos devolvió a la vida (cfr. Lc 10,37). Cristo, como el buen samaritano, nos recogió malheridos, curó nuestras heridas, nos llevó al hospital de la Iglesia, y nos dijo “haz tú lo mismo”.

La Iglesia es el hospital de campaña en el que somos curados gratis, sin que nadie nos pregunte primero si somos buenos o malos; si somos buenos o malos esposos, buenos o malos padres, buenos o malos hijos… Somos curados aunque seamos unos golfos o unos ladrones, unos malvados o unos asesinos. En la Iglesia somos curados por Cristo.

Soy testigo de ello con mi vida. Yo estaba moribundo por mis pecados y por el de los demás, malherido, al borde de la muerte… Sin esperanza, esclavo de una muerte lenta, condenado a un suicidio silencioso cada día. Fui recogido de la cuneta del camino, llevado a hombros a la Iglesia, curado con paciencia y con ternura años y años, días y días, sin que nadie manifestara asco de mis heridas, amado por Dios en mi realidad. Curado por Cristo en el hospital de la Iglesia. Nadie me preguntó primero si era buen hijo o buen esposo. Me sentí amado por Cristo como era y como soy. Solo después, Él mismo me dijo “haz tú lo mismo”, y me enseñó poco a poco, día a día, caída a caída, a ser hombre, a ser hijo, a ser esposo, a ser padre.

Son muchos los santos que a lo largo de los siglos han podido gritar: ¡Estaba muerto, y nací de nuevo al escuchar el Evangelio, al encontrarme con Cristo! Y Cristo les dice: “haz tú lo mismo”.

“El mayor acto de caridad es el anuncio del Evangelio”, decía Benedicto XVI. Un anuncio con la propia vida, mostrando al mundo la belleza de la familia cristiana, mostrando al mundo el milagro moral del amor entre los hermanos. Decía San Francisco: “Anunciar el Evangelio a todas horas, y, cuando sea preciso, también con la palabra”, es decir, principalmente y ante todo con la autenticidad de vida.

Todo el mundo tiene derecho a escuchar, al menos una vez en su vida, el anuncio del kerigma. Anunciar a los pobres el Evangelio es tocar la carne de Cristo. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor”. “(Lc 4, 18-19).

Javier Alba

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