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La Sagrada Familia coloca una cruz de 18 toneladas en el pórtico de La Pasión 

Una impresionante cruz de 18 toneladas ha sido colocada en el pórtico superior de la fachada de la Pasión de la Sagrada Familia, la gran obra arquitectónica de Antonio Gaudí ubicada en Barcelona (España).

Mientras que en Madrid la izquierda radical trata de retirar la cruz más grande del mundo, situada en el Valle de los Caídos, en Barcelona la gran obra maestra de Gaudí sigue adelante con el proyecto que el arquitecto catalán diseñó para ella. El conjunto verá su culminación en 2026, cuando se completen todos los detalles que aún quedan por hacer.

La Cruz Gloriosa, en color blanco

Esta semana, en un gran avance, se ha colocado sobre el cimacio (a treinta metros de altura) una Cruz Gloriosa, de 7’5 metros de alto, 4,25 de ancho y 18 toneladas de peso. La escultura, en color blanco como una gran parte de la basílica, está representada sin la imagen de Cristo, ya que se trata de una cruz triunfal. En las descripciones del proyecto original, que datan de 1892, aparecía esta idea que ya ha sido realizada.

Se espera que para el próximo lunes, 9 de julio, se instalen los tres ángeles a los pies de la cruz: Uno en actitud de veneración que alza las manos como si levantase la cruz, otro que muestra su amor y respeto acariciándola, y un tercero que está arrodillado y levantando con una mano el cáliz de la sangre de Cristo. Cabe recordar que anteriormente en la fachada de la Pasión se habían acabado el huerto y la cantera, y también se había colocado un grupo escultórico del sepulcro vacío y los dos acroterios de los extremos: el León de Judá y el cordero de Abraham. El único elemento que faltaba para coronar simbólicamente todo el conjunto era la cruz de la victoria sobre la muerte.

En el blog de la Sagrada Familia destacan que todavía se conservan unos fragmentos de yeso de las maquetas originales de la cruz y unas piezas de molde. Gracias a los cuales se han podido extraer las formas y proporciones con la máxima fidelidad. El material utilizado ha sido una piedra escogida de granito procedente de la región francesa del Tarn y que ya se había utilizado anteriormente en ese frontón de la fachada.

La visión de Gaudí sobre Dios

A colación de este tema, hay que mencionar una cuestión en la que no muchos han reparado: la increíble visión de Gaudí sobre Dios. Ciertamente muchos han resaltado su obra, discutiendo si proviene de la tradición o si es vanguardista, pero pocos han descubierto en él a un hombre de Dios, cuya comunión con el Padre se refleja en su arte y técnica.

En el libro “Santos de andar por casa” de Miguel Ángel Velasco, se reseña lo siguiente: “Hay una foto en la que se ve al gran arquitecto Antonio Gaudí de traje oscuro, la espalda ya algo curvada por el peso de los años, la barba blanca, y, en la mano, un gran cirio encendido; desfila en la procesión del Corpus Christi, en Barcelona, y está como ensimismado, como mirando hacia dentro de sí mismo. Es una foto que explica, por sí sola, lo que fue la vida de este arquitecto genial”.

Antonio Gaudi i Conet nació un 25 de junio de 1852. Fue en su propio pueblo natal donde realizó sus primeros estudios junto a los Padres Escolapios para continuarlos desde 1863 hasta 1873 en la Facultad de Ciencias de Barcelona. Ese último año empezó se matriculó en la Escuela Provincial de Arquitectura de la Ciudad Condal y fue en 1878 cuando se graduó como arquitecto.

La biografía del arquitecto catalán

Gaudí fue el creador de una nueva arquitectura basada en las líneas curvas. Experimentó estructuras y nuevas formas de una manera continuada. Por este motivo, prefería desarrollar sus ideas a escala y en forma corpórea. La tridimensionalidad de sus maquetas en yeso, barro, tela metálica, o cartón mojado y moldeado, le acompañaron siempre. Sus ideas “corpóreas”, en muchas ocasiones, no fueron sometidas a la limitación que obligan las dos dimensiones del papel de dibujo.

El inicio de La Sagrada Familia estuvo primeramente a cargo del arquitecto Francisco de Paula del Villar, quien por razones técnicas derivó a Joan Martorell y éste, por discrepancias, le terminó encargando a Gaudí su puesta en marcha. El templo, en realidad, es una inmensa escultura de piedra dedicada a la fe, la esperanza y la caridad.

Alguien ha hablado de Gaudí y de su Sagrada Familia como el templo en honor de Dios: una basílica gótica, de cinco naves, crucero, claustro, y dieciséis gigantescas torres dedicadas a los doce apóstoles y a los cuatro evangelistas, con dos cimborrios consagrados a Jesucristo y a la Virgen María. Sus tres fachadas están dedicadas al Nacimiento, a la Pasión y a la Gloria de Cristo, el Señor. En la cripta del templo esperan los restos mortales de Antonio Gaudí Cornet el día de la resurrección eterna. Cuando, en 1936, la cripta fue saqueada y profanada, su tumba permaneció intacta.

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Juan Pablo II y la Sagrada Familia

“Este lugar religioso recuerda y compendia otra construcción hecha con piedras vivas: la de la familia cristiana, donde la fe y el amor nacen y se cultivan sin cesar.” Éstas fueron las primeras palabras que el Papa San Juan pablo II dijo nada más ver, por vez primera, en 1982, el templo. Sabía bien ya entonces Su Santidad que detrás de aquella obra maestra de la arquitectura religiosa de nuestro tiempo estaban la figura y el espíritu admirable de un artista profundamente cristiano.

Gaudí sostenía que la curva era la línea de Dios, y la recta, la de los hombres. Quizás por eso la curva es esencial en su obra. El catalán supo copiar de la naturaleza, procedente de Dios. Sus alumnos han comprobado la razón que tenía cuando afirmaba que, en sus creaciones, al retirar andamios, la luz resbala sobre la piedra y no proyecta sombras duras.

Para poder terminar el templo de la Sagrada Familia renunció a su sueldo de 200 pesetas y a sus honorarios como arquitecto; y llegó incluso a pedir limosna, personalmente. Un día, Juan Bergós lo encontró en su estudio mirando un plano y una libreta abierta al lado. “Mire usted – le dijo – , en esta página esta contenida toda la doctrina cristiana”.

En sintonía con Dios

Fue un hombre que mantuvo una hermosa sintonía con Dios, reflejada en su intensa vida espiritual. Oía la Santa Misa y comulgaba diariamente, y todos los días visitaba a Jesucristo sacramentado. Jamás faltaba en las grandes manifestaciones religiosas de la ciudad, o del templo. Las demás horas del día las pasaba en el trabajo y en la oración. Su esperanza en Dios le daba una completa paz y serenidad de espíritu en los momentos de adversidad.

Era devotísimo de la Sagrada Familia, y especialmente de San José. Si alguien le preguntaba cómo sería posible concluir el todavía hoy inacabado templo, el gran sueño de su vida, en seguida contestaba: “No se apure: San José es un santo que tiene muchos recursos”. Veneraba al Romano Pontífice y una vez que pudo ir a Roma, prefirió donar lo que el viaje le hubiera costado para que le fuese donado al Santo Padre.

El día de su muerte lo pasó como todos, en su templo. Vivía en el taller de la obra, a la que dedicó cuarenta y tres años de su vida, dirigiendo personalmente hasta el mas mínimo detalle. Salió a las cinco de la tarde hacia el Oratorio de San Felipe Neri. Al cruzar la Gran Vía barcelonesa le atropelló el tranvía. Iba calzado con zapatillas de felpa, y con los tobillos envueltos en vendas de lana. Su lectura habitual era la Biblia y El año litúrgico, del benedictino Dom Deranguer. Había estudiado un curso de gregoriano, porque se decía convencido de que el ritmo y la espiritualidad del canto gregoriano le servían de orientación plástica para sus obras. “No vengo aquí a estudiar gregoriano, decía, sino arquitectura”.

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