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La santidad, el adorno de tu casa 

Hoy leo en el salterio: “La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del cordero. Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén” (Ap. 7, 10-11).

Estas palabras, que tanto han condicionado la vida de generaciones y generaciones de seres humanos, e incluso que han llegado a ser motivo de derramamiento de sangre en miles de hombres y mujeres a lo largo de la Historia, continúan vigentes en nuestros días.

La Iglesia siempre ha honrado a sus mártires, es decir, a aquellos que han ofrecido su vida generosamente por no renunciar a la fe ni a la naturaleza nueva de la gracia.  El modelo es Jesús: “Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida…nadie me la quita, yo la doy voluntariamente” (Jn 10,17-18). Desde los primeros siglos del cristianismo, los restos  de estos testigos fieles de la Verdad han sido objeto de culto y destino de peregrinaciones, como signo vivo de esperanza en la vida eterna y de comunión definitiva con Jesucristo resucitado.

semillas de libertad

Santo Tomás Moro y San Juan Fisher son dos mártires ingleses cuyos restos se encuentran en la Capilla Real de San Pedro ad Víncula, situada a pocos metros de la Torre de Londres.

El primero nació en Londres en 1478. Casado y padre de cuatro hijos,  era Tomás Moro un humanista y jurista íntegro, ingenioso, alegre y de una erudición extraordinaria. Amigo de Luis Vives y Erasmo de Rótterdam; Enrique VIII le nombró canciller del Reino, siendo el primer laico que ocuparía este cargo. Sin embargo, fiel a sus convicciones cristianas, cuando el monarca inglés le instó a apoyar su propósito de divorciarse de su legítima esposa, Catalina de Aragón, casarse con su concubina Ana Bolena, y asumir el control sobre la Iglesia en Inglaterra, desplazando al Papa, se negó y presentó su dimisión, aceptando sufrir junto a su familia la pobreza y marginación social.

Para el rey eso no era suficiente,  y meses después  le encarceló en la Torre de Londres, donde fue sometido a una fuerte presión psicológica, pero por la que Tomás Moro nunca se dejó vencer. Pese a todo, continuó rechazando prestar el juramento que se le pedía y  pronunció una apasionada apología sobre la indisolubilidad del matrimonio y  la libertad de la Iglesia ante el Estado, entre otras cuestiones. Finalmente fue decapitado en Londres 1535.

Cuatro siglos después de su martirio, en 1935, el Papa Pío XI lo elevó a los altares junto con el obispo Juan Fischer y otros cincuenta y tres mártires más. En el año 2000, Juan Pablo II lo proclamó Patrono de los gobernantes y de los políticos.

“en ti Señor espero”

San Juan Fisher,  obispo de Rochester, nació en Beverley, Inglaterra, en el año 1469. Desde siempre destacó por su brillantez en los estudios. Fue ordenado sacerdote a los 22 años y poco después asumiría el cargo de vicerrector de la prestigiosa Universidad de Cambridge. Cuando Margarita, esposa de Enrique VII y madre de Enrique VIII, quedó viuda por tercera vez, se centró en la vida espiritual, e impresionada por la santidad y la sabiduría de Juan Fischer, lo eligió como su director espiritual.

En 1504 fue nombrado obispo de Rochester, cuando solo tenía 35 años, dedicándose con un entusiasmo no muy frecuente en la época a su ministerio episcopal. Aunque era obispo y además canciller de la universidad, llevaba una vida tan austera como la de un monje. Cuando Martín Lutero empezó a repudiar ciertos puntos de la doctrina católica, el obispo Fisher escribió cuatro voluminosos libros que los rebatían, alcanzando por ello gran prestigio.

Al igual que ocurrió con santo Tomás Moro, cuando el rey Enrique VIII decidió divorciarse, el obispo Juan Fisher fue el primero en oponerse, con el riesgo que ello suponía de perder sus cargos y ser condenado a muerte. “Yo para salvarme estoy obligado a obedecer lo que mi conciencia me dice, y ella me afirma que este divorcio no lo puedo aprobar”… “Querer reemplazar al Papa de Roma por el rey de Inglaterra, como jefe de nuestra religión es como gritarle un ‘muera’ a la Iglesia Católica”, dijo a voz en grito sin temor a las represalias.

Le inventaron toda clase de calumnias, y como no lograron que dejara de proclamar sus creencias católicas, lo encerraron en la Torre de Londres. Estando en prisión recibió del sumo Pontífice el nombramiento de Cardenal, pero unos días después los guardias le llevaron al lugar en el que iba a ser decapitado. En sus manos llevaba el Nuevo Testamento, y, tras abrirlo al azar, leyó en voz alta esta frase  ante la multitud que le acompañaba admirada: “La Vida Eterna consiste en conocerte a Ti, Padre Dios, y a tu Enviado Jesucristo. Padre, yo te he glorificado en la tierra y he cumplido la tarea que tú me has confiado”(Jn 17, 3s).

Es fácil imaginarse cuánto le llenaría de ánimo y consuelo esta lectura en tales momentos. Tras esto, comenzó a recitar el Himno Te Deum, en acción de gracias,  y en la última frase: “En Ti Señor espero, no sea yo confundido eternamente”, inclinó su cabeza y lo decapitaron.

Tomás Moro y juan Fischer dieron sus vidas por proclamar con su boca y su sangre las palabras con las que comenzaban estas letras. Ambos repitieron lo mismo que miles de santos, lo mismo que los mártires del Imperio Romano, que los mártires de Córdoba durante la dominación musulmana, los mártires del Japón… y muchos más: “Jesucristo es el Señor”(Fl.2,11).

 amor conciliador a María

Siguiendo con Reino Unido, en el condado de Norfolk, al este de Inglaterra, existe un santuario que durante la Edad Media fue uno de los más visitados (especialmente cuando viajar a Roma o Santiago era casi imposible para la mayoría). Se trata del santuario de Nuestra Señora de Walsinghan, fundado en 1061 a petición de Lady Richeldis, quien contaba que en una visión se le apareció la Virgen y le pidió construir una réplica de su casa en Nazaret: “Deja que todos aquellos que estén afligidos o necesitados me busquen en esa pequeña casa que tu mantendrás para mí en Walsingham. Pues los que allí me busquen obtendrán socorro.”

En sus años de esplendor fueron muchos los reyes que lo visitaron, entre ellos destacan las reinas de Inglaterra, ambas españolas, Catalina de Aragón y Leonor de Castilla. Este hecho refleja lo profundamente arraigada que estaba en Gran Bretaña la devoción a Maria.

Tras cinco siglos de intensa peregrinación fue destruido en el siglo XVI en la Reforma Protestante, cuando Enrique VIII ordenó la demolición de todos los oratorios y lugares de culto católicos en el país. La estatua de María fue quemada algunos años después.

Sin embargo, en 1934 los obispos católicos ingleses decidieron restaurar una de sus capillas históricas, con el fin de rescatarlo del olvido y reanudar las peregrinaciones. Dos décadas después se coronó la nueva escultura de Nuestra Señora de Walsingham. Una encuesta del año 2003 demostró que el santuario de Walsingham es el más visitado de Reino Unido y son muchos los fieles que allí acuden para solicitar el sacramento del perdón y la unción de los enfermos.

En la actualidad existen dos santuarios juntos; uno católico romano y otro anglo-católico. Quizás con el tiempo vuelva a haber uno nada más.

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