Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, diciembre 1, 2021
  • Siguenos!

LA SEMILLA ES LA PALABRA DE DIOS 
19 de Septiembre
Por Mª Nieves Díez Taboada

En aquel tiempo, se le juntaba a Jesús mucha gente y, al pasar por los pueblos, otros se iban añadiendo.
Entonces les dijo esta parábola: «Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso y, al crecer, se secó por falta de humedad. Otro poco cayó entre zarzas, y las zarzas, creciendo al mismo tiempo, lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y, al crecer, dio fruto al ciento por uno.»
Dicho esto, exclamó: «El que tenga oídos para oír, que oiga.»
Entonces le preguntaron los discípulos: «¿Qué significa esa parábola?»
Él les respondió: «A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de Dios; a los demás, sólo en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan. El sentido de la parábola es éste: La semilla es la palabra de Dios. Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven. Los del terreno pedregoso son los que, al escucharla, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan. Lo que cayó entre zarzas son los que escuchan, pero, con los afanes y riquezas y placeres de la vida, se van ahogando y no maduran. Los de la tierra buena son los que con un corazón noble y generoso escuchan la palabra, la guardan y dan fruto perseverando»
(San Lucas 8,4-15).

 COMENTARIO

 Es esta  la primera parábola y la más extensa, de las que Jesús  dedica a exponer la semejanza del reino de Dios. Un tema tan prioritario e importante en toda la estructura del mensaje de la Buena Nueva. Figura en los evangelios de (Mateo 13, 4-9), (Lucas 8, 4-15) y (Marcos 4,3-9), con la peculiaridad de ser la única en la que el Señor accede a  explicarla a sus apóstoles: «A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de Dios; a los demás, sólo en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan” Esta apostilla  que Jesús, ha hecho también en otros momentos de sus predicaciones, nos desconcierta un poco y nos hace pensar. Se nos ha dicho que las parábolas era la forma de hacer más fácil y asimilable la comprensión, pero aquí parece señalar que  son para confundir  a los que no tienen el corazón abierto a sus palabras. ¿Es que Jesús no quiere que algunos lleguen a le fe en él? ¿No es la salvación para todos? ¿No son los alejados los que más necesitan ver y entender el misterio del reino de  Dios, que él ha venido a anunciar?

 Parece que  Jesús condena aquí la postura previa de cerrazón y endurecimiento del corazón, la negación de antemano ante cualquier predicación  de Jesús, sin  dejarse convencer humildemente, esto  les niega el derecho a “ver y entender”. Cuando hacía curaciones inexplicables en sábado, debería haberse roto su prejuicio sobre el evidente carácter mesiánico de su figura, pero se cerraban en su aversión porque veían en los signos y  palabras de Jesús la crítica a su proceder y se llenaba de envidia y odio su corazón. Y este es un  terreno imposible para que crezca la semilla.

 En la narración de la siembra se puede pensar que el sembrador es un poco descuidado desde nuestro punto  de  vista;  hoy la tierra se rotura y se prepara y no se siembra a voleo en los caminos. Pero la semilla de este sembrador si  está presente en  cualquier esquina de nuestra vida,  puede  prender  por la gracia en terrenos pedregosos y entre las zarzas, como vemos que ha  ocurrido  en la vida de santos y de conversos. Cada uno tenemos  momentos  o situaciones  que hacen al terreno árido o pedregoso, las circunstancias  de la  vida  nos enredan, cambian nuestras decisiones e influyen en nuestra creencia..

Respecto  a la misión que todo cristiano tiene de sembrar la  palabra de la Buena Nueva, san Pablo  aconseja proclamar esta verdad  “desde los balcones y terrazas… a tiempo y a destiempo” (2Timoteo 4,2).  Este consejo nacido de la vehemencia y el ardor misionero de Pablo no parece siempre el más conveniente. La oportunidad del momento puede tener más éxito, aunque no se debe hacer la siembra con espíritu de marketing, a veces sólo con el ejemplo de vida y la leve propuesta, puede bastar para crear una inquietud, que el Espíritu aprovechará para hacer crecer la fe.

 Conviene también meditar sobre qué es “dar fruto”. Desde el punto  de vista de un empresario sería un crecimiento espectacular de las ventas, es decir para un misionero lograr muchas conversiones y bautismos. Valorar la calidad del fruto dado está fuera de nuestro alcance solo Dios puede medirla;  un enfermo terminal,  un incapacitado o un anciano no parecen estar en condiciones de trabajos apostólicos para la expansión del reino de Dios, pero el Señor  tiene otros baremos.  En otra de sus famosas parábolas Jesús nos pone como ejemplo el crecimiento de la pequeña semilla de la mostaza que “llega a ser un árbol donde anidan los pájaros”.