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La señal de la cruz: el tatuaje de los cristianos 

Probablemente no existe una «imagen de marca» —como se dice en el mundo de las empresas y el marketing—tan efectiva, es decir, una marca o emblema tan eficaz a la hora de poder identificar al grupo que lo esgrime, como la cruz. Sin embargo, como símbolo cristiano, la cruz tardó bastante tiempo en abrirse camino de forma generalizada en la vida cristiana. A los primeros cristianos les debió de resultar enormemente difícil asumir la muerte de Jesús en una cruz como algo de lo que se pudiera estar orgulloso, precisamente por lo que significaba.

Incluso una de las primeras representaciones que conocemos, del siglo III (algunos la datan en torno al año 200), parece una sátira anticristiana. Se trata de un graffiti raspado en el enlucido de una habitación de las dependencias de la servidumbre imperial en el monte Palatino, en Roma, en el que un criado pagano estaría ridiculizando la fe de otro compañero cristiano refiriéndose a la vergüenza de la cruz del fundador de su religión.

La cruz era un cruel tormento, cuyo empleo generalizado como castigo parece que se debe a los persas (aunque ya hay indicios de su práctica en el puerto de Atenas en el siglo VII a. C.), y que los romanos utilizaban para ejecutar a rebeldes políticos y esclavos fugados; de ese modo se convertía en un convincente aviso para navegantes: así hacía Roma con los que se levantaban contra el poder y el orden imperiales. «Castigados con los miembros estirados… Atados y clavados al palo en el más terrible del los tormentos, sirven de vil comida para las aves, de macabro pasto para los perros». Así describe el espectáculo de la crucifixión el Pseudo-Maneto, un autor del siglo III d. C.

Prácticamente hasta finales del siglo IV y principios del V no se empieza a utilizar el crucifijo como elemento simbólico y artístico en el cristianismo; aunque es verdad que ya antes encontramos ejemplares de cruces solas (sin crucificado): por ejemplo, algunas —no muchas— aparecen en el arte paleocristiano de las catacumbas; así en la inscripción griega de la sepultura de dos mujeres, Rufina e Irene, en la catacumba de San Calixto (siglo III d. C.).

Precisamente la cruz es lo que hace pensar que estamos ante una sepultura cristiana. De todas formas, el arte paleocristiano parece preferir otros símbolos para referirse a Cristo y a la vida del cristiano, como Orfeo, el buen pastor, el pavo real, el delfín, el ancla, etc.

signo de victoria y de gloria 

La raíz de la cruz como «imagen de marca» de los cristianos, más allá de la forma del suplicio en que murió Jesús, hay que buscarla en el Antiguo Testamento, al menos por lo que se refiere a su dimensión de signo o marca. En efecto, en la profecía de Ezequiel encontramos el siguiente texto: «Después le oí gritar con voz potente [a un como “un hijo de hombre”, pero con características divinas]: “¡Que se acerquen los que van a castigar a la ciudad, cada uno con su arma destructora!”. Y por la calle de la puerta alta que mira al norte llegaron seis hombres, cada cual con su arma destructora. En medio de ellos había un hombre vestido de lino, con la cartera de escribano a la cintura. […] Entonces llamó al hombre vestido de lino que llevaba a la cintura la cartera de escribano y le dijo: “Pasa por la ciudad, recorre Jerusalén y pon una marca en la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las abominaciones que se cometen dentro de ella”. Y pude oír lo que dijo a los otros: “Recorred la ciudad detrás de él, matando sin compasión y sin piedad. Matad a los viejos, jóvenes, doncellas, niños y mujeres, hasta exterminarlos. Pero no os acerquéis a los que tengan la marca en la frente. Empezad por mi santuario”» (Ez 9,1-6).

El contexto de este escalofriante pasaje es una visión del profeta en la que se denuncia la idolatría de la mayoría de los habitantes de Jerusalén —en el capítulo 8 se ha hablado del culto a diversas imágenes animales, a Tamuz o al Sol— y se anuncia su castigo, salvándose únicamente aquellos que llevan una marca que los distingue como personas piadosas que se duelen de esas prácticas. Naturalmente, el pasaje recuerda inmediatamente otro, más clásico y muy conocido por toda la tradición, tanto judía como cristiana: también en Egipto se marcaron las casas de los hebreos con la sangre del cordero pascual y así pudieron salvarse de la visita del ángel exterminador, que pasó aniquilando a los primogénitos de hombres y animales (cf. Ex 12).

Justino mártir, un apologista cristiano del siglo II, incluso percibe una referencia a la cruz —y por tanto a Cristo— en la forma de preparar el cordero para la cena de Pascua: «Cuando el cordero es asado, se acomoda de tal modo que representa la cruz: una varilla lo atraviesa de las patas traseras a la cabeza, y a la otra, colocada en las espaldillas, se le amarran las patas delanteras» (Diálogo con Trifón 40,3). En opinión de J. Taylor, «esta confiscación cristiana —desde la óptica judía— del cordero pascual puede ayudarnos a explicar su desaparición del seder [el ritual] de la Pascua judía. Esta se celebra del mismo modo, sin cordero, en todas partes, incluso en Jerusalén» (¿De dónde viene el cristianismo?, Estella, Verbo Divino, 2003, p. 149).

el sello de la vida eterna

Pero quizá lo más significativo para nuestro asunto lo encontramos si nos fijamos en la literalidad del texto del profeta Ezequiel: «… pon una marca en la frente…». La palabra que se ha traducido por «marca» es taw en hebreo. Pero resulta que taw es también el nombre de la última letra del alfabeto hebreo. Según la grafía del hebreo actual, que es el llamado hebreo «cuadrado», no se encuentra ninguna lógica en utilizar la letra taw (ת) como marca. Sin embargo, en la época de Ezequiel (siglo VI a. C.), el hebreo aún se escribía con un alfabeto distinto, denominado paleohebreo o «hebreo antiguo» —muy semejante al alfabeto fenicio—, en el cual la letra taw tenía una forma muy parecida a una X. Y esto, evidentemente, ya sí se parece a una señal o una marca.

El texto de Ezequiel sin duda está en el trasfondo de lo que podemos leer en el libro del Apocalipsis, en concreto en lo relativo a la quinta trompeta: «Abrió [el quinto ángel] el abismo, y de sus profundidades subió una humareda como la humareda de un horno gigantesco. Se entenebrecieron el sol y el aire con el humo del abismo, y desde la humareda se abatió sobre la tierra una plaga de saltamontes a los que se dio un poder igual al que tienen los escorpiones terrestres. Recibieron orden de no dañar la hierba de la tierra, ni vegetación ni árbol alguno; solo a los hombres no marcados en la frente con el sello de Dios» (Ap 9,2-4).

Con su lenguaje típicamente apocalíptico, el texto va en la misma línea que los de Ezequiel y el Éxodo: solo los señalados con el sello o la marca se librarán de la catástrofe. En este caso, el término griego para «sello» es sfragis, una palabra que en la tradición cristiana irá ligada al bautismo. De hecho, Ireneo de Lyon dirá que «el bautismo es el sello de la vida eterna», y san Gregorio Nacianceno lo presentará como «don, gracia, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay». En este grupo de términos se pueden apreciar sin dificultad algunos de los ritos u objetos que tienen lugar y se ven en el bautismo: la inmersión en el agua (baño), la vestidura blanca (vestidura de incorruptibilidad), las velas encendidas (iluminación), y, por supuesto, la unción con el aceite y la señal de la cruz (sello). En este mismo sentido, muy probablemente encontremos también una alusión al bautismo en la siguiente cita de la carta a los Efesios: «Y no causéis tristeza al Espíritu Santo de Dios, que es como un sello impreso en vosotros para distinguiros el día de la liberación» (Ef 4,30).

una vida según la Cruz

Por tanto, según todos estos textos, podríamos decir que la señal de la cruz es como el tatuaje que distingue a los cristianos. No hay que olvidar que, en general, al menos históricamente, el tatuaje es una marca de pertenencia: a un grupo humano, a una divinidad… Sin ir más lejos, en el propio texto bíblico encontramos que Dios marca a Caín con una señal (’ot) para que todos sepan que, pese a su gran pecado, sigue perteneciendo a la familia divina, y Dios saldrá en su defensa si alguien se atreve a hacerle algún daño (cf. Gn 4,13-15).

Con la señal de la cruz, los cristianos quedamos marcados en la totalidad de nuestra persona (frente, pecho o estómago y hombros) con la imagen de Cristo muerto y resucitado, detrás de la cual se vislumbra la imagen de la Trinidad Santa: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Una curiosidad: los ortodoxos se santiguan con las puntas de los dedos corazón, índice y pulgar juntas, precisamente en recuerdo de la Trinidad.

Pedro Barrado Fernández

Biblista

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