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La sociedad civil y la familia 

Una manifestación de madurez en la sociedad es tener la capacidad de organizarse a sí misma, desde dentro, para perseguir intereses compartidos que favorezcan el bien común, y esto de forma independiente respecto de la autoridad establecida. Madurez porque supone desprenderse de la tutoría e impulso del estado, madurez porque supone identificar algunos objetivos importantes que no se están alcanzando a través de las instituciones oficiales, madurez porque, dado el caso, requiere la capacidad de hacer contrapeso a la prepotencia o al abuso del poder establecido. Esta es la función y el sentido de la sociedad civil.

Gracias, en gran medida, a la facilidad que tenemos actualmente para comunicarnos, ha surgido casi espontáneamente la sinergia necesaria para encauzar esta energía ciudadana. En algunos casos, incluso, esa fuerza civil ha hecho caer dictaduras, como en la reciente “Primavera árabe”. Otras veces, si bien la sociedad se ha organizado, en realidad los resultados conseguidos han sido más bien pobres, frente a las expectativas originales, por ejemplo, en todo el movimiento mexicano contra la violencia. A pesar de las marchas multitudinarias y la indignación generalizada no ha menguado el menosprecio por la vida humana.

Ahora una parte importante de la sociedad civil se está organizando para defender el matrimonio y la familia natural. En efecto, la Suprema Corte ha decidido “reinventar” el “matrimonio”. Ahora resulta que el matrimonio no tiene nada que ver con la procreación y le ha quitado a los niños el derecho a tener papá y mamá. Si a esto le sumamos el “divorcio exprés” que convierte en desechable al matrimonio, el panorama no puede ser más desolador para la familia. Más que reinventarla, parecen querer destruirla. Lo triste es que una de las fuerzas características de nuestra nación ha sido por mucho tiempo precisamente la institución familiar. Cabría descubrir alguna correlación entre la escalada de violencia y corrupción y la descomposición familiar.

Por eso, algunas ONG se han unido para promover la reforma del artículo 4 constitucional. Si lo consiguen, sería la primera reforma constitucional ciudadana en la historia mexicana. Realmente vale la pena el esfuerzo, y en realidad se trata de una versión actualizada del combate entre David y Goliat, pues por un lado el presidente, con todo el respaldo de la administración Obama y los organismos internacionales, encabezados por la ONU, buscan reformar el mismo artículo justo para conseguir lo contrario, para consagrar constitucionalmente la disolución de la familia, firmar su acta de defunción. Todo lo tienen en contra, excepto el ser “la gran mayoría silenciosa” que sin dejar de ser mayoría quiere dejar de ser silenciosa, dócil e indiferente.

Vale la pena secundar esta iniciativa del Consejo Mexicano de la Familia (ConFamilia) pues, si no defendemos la identidad de la familia, ¿qué clase de sociedad le vamos a dejar a las generaciones posteriores? Es cuestión de pensarlo un poco, ¿qué tipo de país quiere cada uno para sus hijos y sus nietos?, ¿pensamos acaso que se trata solo de unas leyes inocuas, que en nada afectan a quien no se cobije bajo ellas? En realidad, crean toda una cultura, una forma de vida y terminan por imponer un modelo de persona y de familia altamente nocivo. Si no luchamos pacíficamente por nuestra familia, ¿qué causa meritaría tal empeño?, ¿el dinero?, ¿quizá nada, ninguna causa?

Para la cultura clásica ciudadano era aquel que participaba de la vida pública. No necesariamente quien desempeñaba una labor política directa, sino quien intervenía en la toma de decisiones y hacía escuchar su voz; es decir lo contrario a la indiferencia, a la indolencia y a la pasividad, verdaderos pecados de omisión dentro de la sociedad. Ahora es el momento de demostrar que somos ciudadanos de verdad, que no nos limitamos a ocupar un lugar o a tener una credencial de elector. No podemos contemplar pasivos como un pequeño, pero decidido grupo, impone sus dogmas sin el más mínimo consenso popular y cambia nuestra forma de vida. Sería triste que reaccionáramos únicamente cuando nuestros bolsillos se vean afectados, pero que permanezcamos indiferentes frente a la demolición de nuestros valores, siendo la auténtica institución familiar uno de los más preciados.

Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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