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La tentación del divorcio 

Hace 30 años, el 8 de Julio de 1981, se instauraba en España el divorcio. Salvo durante algunos años en la II República, no había existido en España. Tras eludir el tema en el debate de la Constitución, la UCD planteaba una ley “moderada” que en el devenir político acabaría desembocando en un divorcio fácil. Sus partidarios ni siquiera plantearon razones de fondo para su aprobación, sino que lo presentaban como una necesidad “democrática”, como un “anhelo popular” (habría cientos de miles, si no millones esperando para acogerse a él, aducían), como otro paso para homologarse a Europa, en definitiva: como algo indiscutible y necesario para una sociedad libre. La mayoría de la Iglesia española, debido a los intereses políticos de la transición y a la mala experiencia del referéndum italiano del 74, prefirió aceptarlo en la práctica como un mal menor, dificultando los intentos aislados de católicos de oponerse.
Como sucede en estas campañas, la realidad desmintió rotundamente los datos esgrimidos, apenas unos miles acudieron a él (9.483 en 1981 y 16.122 al año siguiente), pero su objetivo estaba conseguido, el divorcio ya era un hecho, ¿qué importaba haber mentido para conseguirlo?
En estos 30 años (1981-2010), ha habido cuatro millones de nuevos matrimonios (4.056.241) pero se han roto más de la mitad: 1.172.710 separaciones y 1.333.476 divorcios (229 rupturas diarias de media). Y esta proporción es más grave en los últimos años: en 2010 hubo 110.321 rupturas frente a 170.815 nuevos matrimonios: 2 rupturas por cada 3 nuevos matrimonios. Y esto no solo afectó a los cónyuges; 2 millones de niños (1.969.616 hijos menores) se vieron afectados por esta ruptura de su hogar, sin contar a hijos mayores o a otros familiares. Es decir, ha sido la mayor catástrofe social que ha sufrido la España democrática.
El divorcio, teóricamente (según los alegatos de sus defensores) el último recurso de un matrimonio ya roto, empezó a crecer de forma continua tras los primeros años, con algún altibajo puntual, acelerando su crecimiento a partir de 2001 hasta llegar a 2005. El 7 de Julio de 2005, el gobierno Zapatero aprobó una nueva ley, conocida popularmente como “divorcio-express”, que facilita tanto la ruptura del vínculo que hasta un contrato de telefonía es más difícil de romper. Hasta el Consejo de Estado manifestó que la nueva legislación suponía un modelo único en Europa, siendo más cercano al repudio. A pesar de todo, la nueva ley se aprobó y sus consecuencias nefastas fueron inmediatas. Ya en 2005 subieron casi un 50% los divorcios, alcanzando en 2006 el récord histórico de 126.952, un 150% más que en 2004. En los dos años siguientes ha habido una reducción, debida principalmente a la reducción de divorcios de parejas separadas anteriormente, a la crisis económica y al menor número de nuevos matrimonios. En 2009 han vuelto a subir, con lo que el nivel de ruptura es muy superior al resto de Europa.
“mientras todo vaya bien”
Estos datos parecen avalar ese sentimiento tan extendido en nuestra sociedad: el matrimonio para toda la vida es un bello sueño, pero hay que resignarse a la “realidad” de que el amor se acaba y entonces lo “razonable” es romper el matrimonio. Este tipo de ideas está tan extendido hoy que la mayoría lo asume como una verdad evidente. Y por tanto, actúa en consecuencia: prepara su matrimonio con esa idea de temporalidad, mientras todo vaya bien; lo viven bajo esa premisa y, por consiguiente, lo rompen cuando los problemas son “demasiado” grandes o la relación no funciona como esperaban.
Los psicólogos afirman que este suceso se explica así: “El divorcio engendra divorcialidad”. Esto quiere decir que el divorcio, que se presenta teóricamente como última solución para un matrimonio con un caso extremo de problemas graves, una vez que aparece como posibilidad, va modificando el mismo matrimonio, realimentando su efecto. El matrimonio va pasando de unión estable a unión semi-estable, que puede romperse cada vez por motivos menos graves o decisivos. La sociedad va admitiendo insensiblemente esa “realidad”, por los que los nuevos contrayentes van asumiendo que el matrimonio ya no es indisoluble “en lo bueno y en los malo”, sino que cuando aparece algo “malo” (y aquí cada vez el concepto de lo malo inaceptable va disminuyendo), y en un ciclo perverso, el divorcio va imponiendo la idea de un matrimonio donde todos quisieran que fuera para siempre… siempre y cuando responda a sus expectativas.
Este efecto se multiplica en nuestra sociedad donde muchas veces las películas, las revistas de corazón, etc. también inciden creando un modelo de matrimonio irreal, potenciando las ideas idílicas y románticas. De esta forma, es todavía más fácil que los contrayentes arrastren falsas expectativas que al fracasar les predispongan a recurrir a la falsa solución de la ruptura.
El divorcio se ha convertido en un cáncer corrosivo para el matrimonio en Europa, y especialmente en España. De teórica solución extrema para casos realmente graves ha ido extendiéndose al erosionar el concepto mismo de matrimonio, de forma que no solo hay más rupturas, sino que se casa menos gente.
la ruptura, una falsa salida
Es necesario un cambio decisivo que modifique la legislación, eliminando el nefasto divorcio-express que ha supuesto un incremento decidido de la ruptura y una devaluación profunda del matrimonio y su estabilidad, especialmente cuando hay hijos. También es necesario la creación y promoción de los Centros de Orientación Familiar que apoyen a los matrimonios en crisis, ayudándoles a superar esos momentos difíciles. Igualmente, sería necesario un cambio cultural que aprecie y apoye la familia y el matrimonio. En este sentido, desde el Consejo de Europa se pidió que las administraciones hicieran campañas de promoción. Por último, debería crearse una política familiar que la apoye en todos los ámbitos, incluida la ayuda monetaria.
Lo anterior debe hacerse, pero es mucho más importante el ser conscientes a nivel personal de que el divorcio, la ruptura, es actualmente la gran tentación de los matrimonios cuando aparecen problemas. Y que debemos reaccionar siendo conscientes de que es una falsa salida, de que el pretendido bien es realmente un mal, un mal que nos destroza la vida y la de nuestros hijos.
Lo más terrible de la tentación del divorcio, facilitada por la legislación actual, es que si caemos en ella, se abre una espiral terrible donde el enfrentamiento por la ruptura termina de triturar las posibilidades de reconciliación. Esto se agrava además en España, donde la rapidez del trámite permite que se consume antes de poder recapacitar. (Jesús, ¿no sería consuma?)
Cuando en un matrimonio, por las causas que sean, aparecen problemas entre los cónyuges que les hacen sufrir, cada vez es más frecuente que aparezca la idea de una separación, bien por la presión creciente del entorno social (pensemos que el mensaje que se recibe es de que no hay que perdonar, que tus derechos son innegociables, que no se pueden tolerar ciertos actos de desatención, de egoísmo, de incomprensión, etc.), o bien directamente porque alguien de tu entorno (un familiar, un amigo, un compañero, etc.) te lo diga directamente, incluso te incite con energía a ello, puede incluso que con buena intención.
Humanamente es muy probable que este tipo de situaciones aparezcan al menos alguna vez en todos los matrimonios; no somos perfectos y por tanto el matrimonio no se puede basar en una relación perfecta entre seres inmaculados que nunca fallen, que nunca dañen al otro. No. Precisamente porque somos humanos y por tanto imperfectos, el amor humano debe incluir como ingrediente fundamental la comprensión y el perdón. Esta idea debería ser básica en la educación de nuestros jóvenes para que se preparen para la realidad del matrimonio, para la mayor apuesta de su vida, que va a decidir su felicidad (según el refrán popular “que en todo yerres y en casar aciertes”).
y por encima de todo, el amor y el perdón
La sociedad actual cada vez más individualista, más basada en falsos valores, muchas veces impuestos por grupos de presión (laicismo, relativismo, ideología de género, etc.), ha creado un clima tremendamente negativo para el matrimonio. El divorcio es la pieza fundamental en esta situación. Ha generado en muchas personas la idea de que el matrimonio es sólo un papel burocrático y sin importancia, y por tanto cada vez se casan menos. De los casados, cada vez se rompen más matrimonios y más fácilmente, puesto que el divorcio ha impuesto la idea de que sólo mientras “dura el amor” merece la pena seguir. Por último, muchos de los que no se divorcian, ven su matrimonio afectado, ya que la tentación/amenaza del divorcio les impide una entrega total (cada vez hay más separación de bienes y otras actitudes que denotan una “preparación” por si acaso). Incluso a los que realmente están decididos a un auténtico matrimonio para toda la vida, la tentación les puede afectar en algún momento de problemas, aumentando su sufrimiento.
Y esto no es un dato teórico. Cualquiera de los que estamos casados, en algún momento de problemas graves (o no tan graves), nos ha aparecido, aunque sea de lejos, la idea de la separación. Aunque solo sea como desahogo, que nos invita a lo fácil, a alejarme de esa persona a la que “tanto he dado y tan poco me devuelve” para “castigarla”, porque no me merece. En definitiva, una auténtica tentación de volvernos a nosotros mismos, de abominar de nuestro cónyuge porque nos ha hecho daño, porque no nos comprende, etc. Aparece aquí como la gran tentación en el matrimonio, la de buscarnos solo a nosotros mismos en lugar de buscar el bien del otro, de centrarnos en nuestros derechos en lugar de en el amor, de sentirnos injuriados en lugar de perdonar.
Además de los cambios sociales y políticos mencionados anteriormente, es necesario que todos y cada uno seamos conscientes de este peligro. No dejar que el divorcio degenere nuestra idea de matrimonio, reforzar el nuestro luchando contra el entorno negativo, y sobre todo siendo conscientes de que el divorcio es una tentación que está basada en falsedades que no debemos creer.

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