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La teoría del “Gran Pum” 

Octavio Paz, poeta y ensayista mexicano, Premio Nobel de Literatura de 1990, recomendaba a los hispano-parlantes referirse al fenómeno astronómico del “Big Bang”, como el “Gran Pum. Todos en mayor o menor medida lo relacionamos con el origen del universo y con el astrónomo Stephen Hawking, pero casi nadie lo asocia con la Iglesia Católica.

Esto ocurre sobre todo por ignorancia; pero también porque, por una razón u otra, se procura transmitir que Iglesia y ciencia, fe y razón, son incompatibles. Como también  se pretende ignorar o evitar transmitir el hecho cierto de que la práctica totalidad de los científicos de relevancia en la historia de la humanidad son creyentes, y más concretamente la mayoría de ellos son católicos. En este año 2009, declarado por Naciones Unidas Año de la Astronomía, veamos cómo lo anteriormente expuesto se cumple incluso en el desarrollo reciente de esta disciplina científica.

un cura precursor de la cosmología moderna

La teoría del Gran Pum fue enunciada por el sacerdote católico y físico Georges Lemaître (1894-1966), de origen belga, como respuesta a las evidencias de un universo en expansión, argumentando que, si el universo se expande, en algún momento tuvo que haber estado contraído. Tanto es así que habría habido un momento en el que existió lo que él denominó átomo primitivo. En 1927 publicó sus trabajos sobre el universo en expansión y se los expuso a Einstein, quien no le hizo caso, aunque años más tarde el científico judío reconocería su error.

Entre otras cosas, Einstein prefería un universo estable, no cambiante, e introdujo en sus expresiones matemáticas la denominada constante cosmológica, que terminaría por admitir como el mayor error de su vida. Sería Arthur Eddington, astrofísico británico considerado como el astrónomo más famoso del siglo XX —y con quien Lemaître desarrolló su carrera científica en el Observatorio Astronómico de Cambridge— el que apoyara y divulgara su teoría del universo en expansión en una conferencia dada en la Real Sociedad Astronómica en 1930, lanzando a la fama a su pupilo.

Un año después, Lemaître publicaría en la prestigiosa revista británica Nature —premio Príncipe de Asturias 2007 a la Comunicación y Humanidades— su artículo “El comienzo del mundo desde el punto de vista de la teoría cuántica”, para explicar su teoría del Gran Pum y del átomo primitivo, la cual posteriormente desarrollaría en un libro titulado “La hipótesis del átomo primitivo”.

Llama la atención cómo desde la posición filosófica del naturalismo materialista —en la que se afirma que la materia es la única realidad, y que todas las leyes del universo son reductibles a leyes mecánicas—, teorías como la del Gran Pum o la de la evolución se esgrimen por los laicistas como pruebas irrefutables de la inexistencia de Dios. Es, pues, necesario preguntarse: ¿cómo conjugó Lemaître ambas facetas de su personalidad, sacerdote y científico? ¿Cómo es que no fue laicista? La respuesta es sencilla: no fue un sacerdote que se dedicó a la ciencia ni un científico que se hizo sacerdote: fue desde el principio las dos cosas.

verdad científica y verdad sobrenatural

Lemaître, como tantos científicos de todos los tiempos, nunca tuvo problemas de incompatibilidades entre fe y ciencia. Llegó a declarar al New York Times:

Yo me interesaba por la verdad desde el punto de vista de la salvación y desde el punto de vista de la certeza científica. Me parecía que los dos caminos conducen a la verdad y decidí seguir ambos. Nada en mi vida profesional, ni en lo que he encontrado en la ciencia y en la religión, me ha inducido jamás a cambiar de opinión.

Siglos antes el científico católico Galileo Galilei se había expresado en términos similares.

Años más tarde dejaría páginas inolvidables sobre la relación entre ciencia y fe, en las que expresaba una explicación parcial de por qué el desarrollo científico se ha dado en el mundo occidental mucho más que en el oriental. Esto es la matriz cultural cristiana, el creer en un universo explicable creado por un ser inteligente:

El científico cristiano… quizá tiene una cierta ventaja sobre su colega no creyente. En efecto, ambos se esfuerzan por descifrar la múltiple complejidad de la naturaleza en la que se encuentran sobrepuestas y confundidas las diversas etapas de la larga evolución del mundo, pero el creyente tiene la ventaja de saber que el enigma tiene solución, que la escritura subyacente es al fin y al cabo la obra de un Ser inteligente y que, por tanto, el problema que plantea la naturaleza puede ser resuelto, pues su dificultad está sin duda proporcionada a la capacidad presente y futura de la humanidad.

Estas palabras, fueron pronunciadas por Lemaître el 10 de septiembre de 1936 en un Congreso celebrado en Malinas (Bélgica).

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