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La Tía Tula o una castidad desencarnada 

La tía Tula es una novela breve de Miguel de Unamuno que narra la historia de una madre-virgen: una mujer, Gertrudis (Tula para la familia) que, rechazando cualquier proposición matrimonial, ejerce de madre de sus sobrinos: de ahí el nombre de la novela, La tía Tula. Pues ella, soltera, es, ante todo, tía de sus sobrinos y, más aún, madre de hecho. Pero Gertrudis no es simplemente la tía que se hace cargo de sus sobrinos cuando pierden a su madre, no.

Ella mueve a su hermana a casarse y a tener hijos, para asumir el rol de madre desde el principio, mucho antes de que su hermana caiga enferma y muera. Tampoco Tula es la mujer soltera que no se ha casado por diversas circunstancias y hace de madre con chicos de su familia o aún de otras, no. La tía Tula ejerce de madre, con pasión y dedicación, al tiempo que rechaza a los hombres y las relaciones matrimoniales. Ella quiere ser virgen y madre.

El personaje de Tula puede identificarse, en nuestra época, con mujeres que llegan a ser madres por inseminación artificial porque desean tener hijos sin maridos. Esta posibilidad técnica era inviable en tiempos de Unamuno, pero el novelista explora la posición vital que la motiva.

La novela unamuniana presenta a Tula como una mujer cristiana, que reza a menudo a la Virgen, que ha sido criada por un tío sacerdote, y busca la confesión y el consejo de otro clérigo; y esta caracterización fácilmente induce a pensar que su maternidad desencarnada deriva de su condición cristiana y de su devoción a María, virgen y madre por antonomasia. Y escribo desencarnada no solo porque rechaza el matrimonio y las relaciones que lleva consigo, sino porque es una mujer adusta, fría, severa, cortante, afectuosa con sus sobrinos-hijos, pero distante con su hermana, cuñado y demás adultos —particularmente si son hombres— que aparecen en escena.

la virginidad, un modo de amar y de servir

 

Sin embargo, la personalidad de Tula no es una expresión cabal del cristianismo, sino más bien su caricatura. En primer lugar, cabe decir que la virginidad de María no se fundamenta en el menosprecio del matrimonio, sino en una vocación, llamada de Dios, ligada a la condición divina y humana de su hijo Jesús. Jesús es hombre porque, como todo ser humano, nació de una mujer; pero es al mismo tiempo es Dios porque fue engendrado por el Espíritu Santo, una persona divina, y no por José, esposo de María.

La maternidad y virginidad de María clarifica la doble naturaleza, humana y divina de Jesús, que, según San Juan en el prólogo de su evangelio, es la palabra, el logos eterno del Padre que se ha hecho carne: hombre. Por tanto, si Jesús, como cualquier otro hombre o mujer, hubiese sido hijo de un padre y una madre humanos (José y María, en este caso), habría sido un perfecto… hombre; pero no a un tiempo un hombre verdadero y un Dios verdadero.

No pretendo hacer comprender el misterio del Verbo encarnado —que es lo que he esbozado brevemente—, porque no estoy escribiendo un tratado teológico y, sobre todo, porque es un misterio, no un problema matemático; pero lo que sí intento explicar (no sé si con éxito), es que la virginidad de María no responde a un menosprecio del matrimonio, de los hombres o de las relaciones sexuales. Fue virgen por su vocación de Madre del Dios-Hombre Jesús.

el matrimonio, reflejo del amor de Dios

La mezcla de desprecio y temor de Tula hacia la sexualidad —dimensión que realmente posee y siente, como se comprueba en algún pasaje de la novela— refleja una concepción negativa de “la carne”. Mas ese desdén hacia la carne no es cristiano, sino más o menos platónico o gnóstico o maniqueo… Porque el Verbo, nada más y nada menos, la Palabra eterna del Padre, el Hijo increado del Padre, ¡se ha hecho carne! ¿Acaso Dios va a asumir algo sucio? Es que la carne, sencillamente, no es mala. Otra cuestión es vivir “según la carne”, ahogando el espíritu, pero eso no es un problema de la carne, sino de un desequilibrio alma-cuerpo facilitado por el pecado original, y la debilidad subsiguiente del hombre.

Hay otro dato evangélico que confirma que ni María ni Jesús poseen una concepción negativa del matrimonio y del amor conyugal. La primera presencia pública de Jesús y su primer milagro se producen, precisamente, en unas bodas: las bodas de Caná. ¿Es posible mayor bendición? Además, su madre induce al milagro, que beneficia a los esposos en algo tan material, y humano, como el vino. El portento de la transformación de agua en vino no es baladí: produce la fe de sus discípulos en Jesús. Insisto, ¿cabe mayor bendición del matrimonio?

La castidad desencarnada de la tía Tula, su maternidad asqueada del sexo y de los hombres puede tener sus explicaciones psicológicas, pero, desde luego, no responden a la concepción cristiana sobre el matrimonio, la maternidad o la sexualidad. Esas castidades despreciadoras del sexo no reflejan la auténtica fe cristiana. Suponen una mala lectura de la Escritura. La pureza es cristiana, el puritanismo no.

Es revelador lo que ya hemos apuntado: la tía Tula es rígida, inflexible, intransigente, hosca con los hombres, y también a menudo con su hermana. Y esto constituye el fallo y la falla de su castidad, de su presunta virginidad cristiana. Porque, como escribió Tomás de Aquino, la caridad, el amor, es la forma de todas las virtudes. Ninguna virtud lo es si no es expresión del amor. La pureza y la castidad tienen sentido si manifiestan amor y conducen a él: amor a Dios y a los hombres. Una pureza que convive con el despego y aun con el maltrato a los demás es, remedando a Chesterton, una virtud “que se ha vuelto loca”. Las virtudes son las ramas del árbol cristiano, y la raíz es el amor. Estas no son elucubraciones escolásticas: es el Evangelio en estado puro, nunca mejor dicho…

La Tía Tula no es un personaje cristiano; es, más bien, unamuniano.

Antonio Barnés
Doctor en Filología

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