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La trata de personas 

Una de las causas enarboladas por Francisco que más han sorprendido, es su cruzada en contra de la trata de personas. En su caso no se trata de una novedad. Ya siendo Arzobispo de Buenos Aires denunció crudamente esta forma de esclavitud que crece vertiginosamente en la actualidad. No es de extrañar ese crecimiento, dado que después del tráfico de drogas y el tráfico de armas, el tercer puesto de negocios ilícitos le toca al tráfico humano, habitualmente mujeres y niños para la prostitución, aunque también como esclavitud laboral y comercio de órganos. Es quizá el ejemplo más evidente de la “cultura del descarte” agudamente denunciada por el Papa; una lamentable muestra de cómo la sociedad de consumo supedita la dignidad humana a la obtención de beneficios económicos.

La trata de personas es un negocio soterrado, silenciado, del que no se habla lo suficiente, y por supuesto, no se hace lo necesario por erradicarlo. Existe una especie de complicidad social, dado que todos nos indignamos por tamaño escándalo, pero casi nada se hace por eliminar sus causas; es más, muchas veces se fomentan las conductas sociales que lo provocan.

Es curioso, por ejemplo, que buena parte del discurso feminista se preocupe fundamentalmente de legalizar el aborto para defender a la mujer (olvidando quizá que por lo menos las mitad de los abortados son niñas). Se echa en falta, sin embargo, que luchen, manifiesten indignación, organicen marchas, presionen al gobierno, organicen campañas de concientización para erradicar esta lacra que las afecta fundamentalmente a ellas. En efecto, se estima que alrededor del 80 % de las personas víctimas de la trata son mujeres y niñas, pero el blanco de las organizaciones feministas suele mirar hacia otro lado, o por lo menos parece preocuparles mucho más el aborto que la prostitución organizada, ¿curioso verdad?

Por otra parte, las políticas educativas del gobierno, e incluso de la ONU tienden a fomentar aquello que ocasiona la trata. No se necesita ser un gran especialista, ni un gran economista para darse cuenta de que se trata, en gran medida, de un problema de oferta y demanda. La “educación sexual” promovida por la ONU, y dócil y sumisamente acatada por el gobierno, fomenta la promiscuidad, el ejercicio sin discernimiento de la sexualidad desde muy tierna edad. La única información que aporta es de carácter técnico para evitar embarazos y ETS (enfermedades de transmisión sexual), y esta, a decir verdad, no deja de ser ambigua. Pero en cualquier caso promueve el ejercicio indiscriminado de la sexualidad, lo que necesariamente produce un aumento en la demanda de “objetos sexuales”, que a eso han sido reducidas las pobres mujeres sometidas a la trata. Es decir, ataco en las letras y en los tratados a la trata, pero la fomento con las políticas educativas que impongo a gobiernos y escuelas.

Con la sociedad sucede otro tanto. Nos indignamos de la trata, pero nos parece normal que se multipliquen  como hongos establecimientos comerciales donde la “mercancía” ofrecida son mujeres semidesnudas “bailando el tubo”, y que aquello vaya tomando carta de normalidad. La cantidad de “Night Clubs”, prostíbulos, “Table Dance” que comercian con carne humana da mucho que pensar. Seguramente muchas de las señoritas que allí se exhiben lo harán por gusto y por dinero, pero también es probable que bastantes hayan sido inducidas, traficadas, vendidas, presionadas para dedicarse a tan lamentable profesión.

Pocos países han tomado medidas eficaces para evitarla. Suecia, un país donde el feminismo ha conseguido una de sus más altas cotas, ha conseguido disminuir la prostitución, penalizando y exhibiendo a los consumidores, no a las pobres mujeres que venden sus cuerpos. También Suecia y Francia indemnizan a las víctimas, pues son personas que han sido marcadas y dañadas probablemente de por vida, de forma que necesitan una ayuda para reintegrarse a la sociedad y rehacerse en la medida en que ello es posible, y eso le cuesta al erario público. Otros países penalizan a los tratantes, pero abandonan a su suerte a quienes han sido víctimas, lo cual es injusto, pues muchas veces lo han sido por la situación de vulnerabilidad en que se encontraban y la incapacidad del estado para protegerlas.

Mario Arroyo

Dotor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

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