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La Trinidad de Rublev – La imagen como forma de oración. 

La espiritualidad de la tradición icónica oriental no tiene parangón con la imaginería del arte de Occidente. La pintura medieval que cubre los muros de los templos de la Iglesia latina cumple una función pedagógica. Conocidas como la “Biblia de los pobres”, las imágenes que decoran las iglesias occidentales tiene la misión de educar al fiel a través de escenas bíblicas que entrañan una enseñanza moral. En una tradición muy distinta se encuentran los iconos bizantinos. Para la cristiandad oriental tanto el pintar un icono, como contemplarlo es una forma de orar. Una manera transcendente de acompañar a Dios Padre en la creación de la belleza o de contemplar la belleza divina a través de la imagen creada. Aunando teología y arte, buscan trasmitir la palabra de Dios a través de las imágenes. Por esto, a diferencia de la pintura occidental se elimina la componente narrativa, para centrarse en el concepto teológico trascendente. “Un ortodoxo venera a Dios como artista, pues lleva al trono de su Señor y Maestro las obras de su imaginación creadora. Los colores y los dibujos de los iconos son meramente un estímulo útil para el Oriente cristiano; forman una parte integral e indispensable del culto, pues al hombre se le exhorta a humanizar el mundo material, y uno de los medios que tiene a su disposición es el poder transfigurador del arte” (1). Este poder tansfigurador del arte al que se refiere Zernov es el que desprende la Trinidad de Andréï Rublev. Pintado hacia el año 1425 para la Catedral de la Trinidad de San Sergio en Zagorsk, cerca de Moscú, el icono de Rublev  se enmarca en los cánones de la espiritualidad pictórica bizantina. La visión de la Santísima Trinidad que ofrece, traslada al espectador a una realidad supraterrena, situándolo en un espacio irreal que lo traslada a una perspectiva celeste. Para su representación trinitaria Rublev recurre al episodio de la Teofanía de Mambré relatada en el libro del Génesis, en la que Abraham comprende que Dios mismo ha acudido a su encuentro en la figura de tres misteriosos personajes (Gen. 18, 1-15).                                                                  La tradición antigua siempre ha dado un sentido trinitario a este pasaje, en el que Abraham recibe a estos tres hombres sentándolos a su mesa, tal como aparecen en la obra del pintor ruso.  Las tres figuras rodean la mesa creando una composición circular con la mano del personaje central como eje, pero son varios los esquemas compositivos de la obra. En el círculo, símbolo de la eternidad divina, aparece inscrito un triángulo equilátero que representa  la unidad e igualdad jerárquica de las tres personas de la Trinidad. También puede apreciarse un esquema crucífero trazando un eje desde el árbol de la parte superior hasta el cáliz que hay sobre la mesa, con la línea imaginaria que une las dos cabezas de los personajes laterales como travesaño. Por último, en la parte inferior de la mesa se forma un rectángulo  que alude, en cada uno de sus lados, a los cuatro puntos cardinales en referencia a la universalidad del mensaje de Cristo.                                                                                                                                                                                 Nada es azaroso en el icono de Rublev, como tampoco lo es, en general,  en la iconografía bizantina. Todo está sujeto a un programa, en función del mensaje que el pintor quiere hacer llegar al fiel. Las referencias arquitectónicas y paisajísticas que pudieran parecer anecdóticas también encierran una importante carga simbólica. El árbol, la encina de Mambré que sirve para enmarcar la escena en un espacio concreto se ha interpretado como imagen del Jardín del Edén, mientras que la construcción que hay sobre el ángel de la derecha representa la tienda de Abraham y se interpreta como una referencia a la arquitectura eterna de la Jerusalén Celestial. El principio y el fin de la historia que supone la Encarnación. “Aquí Rublev sigue la pauta de la Biblia, que inicia su narración con el jardín y la concluye con la ciudad y añade a ella la Cruz, que la coloca entre los dos puntos. Este elaborado simbolismo no recarga el cuadro; profundiza su mensaje y lo hace inteligible a sus fieles” (2). Tampoco es casual que los rostros de los tres ángeles sean iguales porque los tres representan de igual manera la unidad trinitaria. “Rublev recrea el ritmo mismo de la vida trinitaria, su diversidad única y el movimiento del amor que identifica las Personas sin confundirlas”(3) . Los tres miran hacia abajo con gesto de tristeza, pero es una tristeza solemne, que humaniza a los tres personajes sin despojarlos de su dignidad divina.                                                 El ángel de la izquierda se identifica con la figura de Dios Padre porque hacia Él se inclinan las otras dos personas.  A la derecha se sitúa el Espíritu Santo, que con su gesto de dulzura maternal hace alusión a su misión consoladora. Y en el centro de la composición aparece el Hijo que mira al Padre con gesto de amor y de aceptación de la misión a la que Este le llama, mientras Él inclina la cabeza hacia su Hijo. Las miradas y los gestos forman también parte de la composición; la mirada del Hijo, en el centro, nos traslada hacia el Padre, que a su vez mira al Hijo y se inclina de forma pareja al Espíritu Santo, haciendo que el ojo del espectador se traslade hacia el cáliz, que destaca sobre el blanco del paño que cubre la mesa en el centro de la imagen. Toda la teología pictórica que desprende el icono de Rublev conduce hacia Cristo Sacramentado. El episodio de la Teofanía de Mambré es una representación de la caridad de Abraham con sus tres visitantes, de la misma forma que el Sacramento Eucarístico es imagen de la caridad completa de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu con su Iglesia. “Según Rublev, la vida interior de la Santísima Trinidad tiene su foco en la Santa Comunión, por medio de la cual las tres personas comparten su vida y su amor con la creación” (4). También los colores, distribuidos en una perfecta armonía,  tienen una significativa carga simbólica, los púrpuras son imagen del amor divino, el azul de la verdad celeste, los dorados a la majestad…formando con todo el conjunto una imagen perfecta de la verdadera naturaleza de Dios que no es otra que la del amor que se manifiesta a través de su Hijo y de su Santo Espíritu.

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