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La vara de medir 
24 de Octubre
Horacio Vázquez

 

“Un sábado, enseñaba Jesús en una sinagoga. Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: “Mujer, quedas libre de tu enfermedad”. Le impuso las manos, y enseguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la gente: “Seis días tenéis para trabajar; venid esos días a que os curen, y no los sábados”. Pero el Señor, dirigiéndose a él, dijo: “Hipócritas, cualquiera de vosotros, ¿no desata del pesebre al buey o al burro y lo lleva a abrevar, aunque sea sábado? Y a esta, que es hija de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no había que soltarla en sábado? A estas palabras, sus enemigos quedaron abochornados, y toda la gente se alegraba de los milagros que hacía”. Lc. 13, 10-17

 

Duras palabras de Jesús, respondiendo a la queja indignada del jefe de la sinagoga por la curación en sábado de una mujer que andaba encorvada por causa de un espíritu maligno. Otro encuentro de Jesús con la aplicación obstinada de la letra de ley en contra de su misericordia.

 El jefe de la sinagoga de este Evangelio es “el mejor ciego”, el que no quiere ver. Este es el mundo al que se enfrenta Jesús. Sus enemigos tienen mentes airadas, y sus almas son pozos oscuros de resentimiento donde caen las perlas preciosas de los signos que Él realiza para sumergirse sin dejar rastro.

Ahora, acaba de contemplar un milagro maravilloso, un portento del que se ha beneficiado una pobre mujer a la que conocía de toda la vida, y que fiel a su fe, acudía todos los sábados a la sinagoga arrastrando su penosa enfermedad. Ha visto como Jesús le imponía las manos y la dejaba libre de la enfermedad, y como ella, asombrada y agradecida por la gracia recibida, daba gloria a Dios. Pero todo ello le pasa inadvertido, no conmueve una sola fibra de su ser, no repara en el milagro que maravilla a toda la asamblea, “que se alegraba de los milagros que hacía Jesús”.

Muy al contrario, se indigna, se revuelve contra la mujer que ha sido curada, y contra Jesús, que es el sanador, porque se ha quebrantado la ley del sábado. Parece una incongruencia absoluta pasar tan livianamente, con tanto sectarismo de clase, sobre la evidencia del milagro que a todos asombra, y obviarlo, ignorarlo completamente, y luego, encontrar el pecado donde solo hay virtud: Curar en sábado. También ocurrió en Betania, en la resurrección de Lázaro, el amigo de Jesús, que llevaba cuatro días en el sepulcro. De los que vieron el milagro unos creyeron, y otros acudieron a denunciarlo ante los fariseos.

Pero como siempre, la respuesta de Jesús es certera y los deja abrumados, y pone como testigos y actores de lo que dice a todos los presentes, y al propio jefe de la sinagoga ofendido por el milagro, pues nadie, tampoco él, deja sin beber al buey o al burro que descansa en el establo, y lo desata, y lo lleva a abrevar, “aunque sea sábado”.

Nos lo explica Pablo en Romanos 7,6: “Ahora, hemos sido liberados de la ley, de modo que podemos servir en la novedad del Espíritu, y no en la caducidad de la letra”, y luego en 2 Corintios 3, 6: “Nuestra capacidad nos viene de Dios…para ser ministros de una alianza Nueva: No de la letra, sino del Espíritu; pues la letra mata, mientras que el Espíritu da vida. Son también las palabras de Jesús en Juan 6, 63: “El Espíritu es el que da vida. La carne no sirve para nada”.

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