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La verdad no puede contradecir a la verdad 

Una carta sobre la evolución

Hablar de la evolución significa afrontar varias teorías, algunas mejores, otras peores, que intentan describir cómo han ido surgiendo las diferentes formas de vida que conocemos en nuestro planeta. Las teorías de la evolución deben ser afrontadas como lo que son: teorías sobre algo contingente, empírico, frágil, histórico. Ponerlas en discusión es no solo legítimo, sino incluso útil para el mismo progreso científico.

El padre abad entró en su cuarto y empezó a escribir una carta a su sobrino.

«Querido Carlos. Te mando un saludo esperando estés muy bien y con viento en popa en tus estudios.

Desde la semana pasada quería enviarte unas líneas sobre el tema de la evolución. Sé que te apasiona, y ya varias veces te has mostrado sorprendido por mis dudas. Quisiera ahora, de un modo sencillo, expresarte mi punto de vista. 

Creo que podemos coincidir en esto: hablar de la evolución significa afrontar varias teorías, algunas mejores, otras peores, que intentan describir cómo han ido surgiendo las diferentes formas de vida que conocemos en nuestro planeta. Además no siempre resulta fácil separar lo que son teorías sobre la evolución y teorías evolucionistas. Si tengo tiempo, luego vuelvo sobre este punto.

Detrás de las distintas teorías sobre la evolución, suele haber una idea sencilla: la vida puede explicarse a partir de uno o pocos seres vivos, más bien sencillos, que a lo largo del tiempo han producido nuevos organismos, unos más complejos que otros, hasta llegar a la multiplicidad de especies que ahora conocemos. 

Desde luego, lo que te estoy diciendo es mi modo de ver estas teorías, y quizá no estoy en lo cierto. Pero creo que la idea de fondo se da con frecuencia: según las teorías de la evolución, unos seres vivos, a través de procesos de mutaciones genéticas o de otros cambios en su configuración biológica, han dado origen a seres vivos de especies diferentes. Si te das cuenta, intento evitar una fórmula que viene con facilidad a la mente: que unos seres vivos son más simples y otros más complejos. También, si tengo tiempo, espero volver sobre este punto más adelante.

Ahora quiero centrar mi atención en lo que me dijiste: que si no acepto la evolución, hago un pésimo favor a la Iglesia, pues quienes ponen en duda la evolución, quedan muy mal ante la gente, especialmente ante las personas con estudios superiores.

Tengo que decirte que tienes razón, pues manifestar dudas sobre la evolución hoy es muy mal visto. Pero te falta añadir algo: también quedo mal ante algunas personas de la Iglesia, que consideran un error el que haya católicos que se muestren contrarios a las teorías de la evolución.

Me preguntarás por qué esa reacción en algunos católicos. Te diré que la respuesta es bastante sencilla. Estas personas piensan que ya la Iglesia tiene muchos enemigos y ataques por hechos del pasado y por sus conflictos con la ciencia. El caso Galileo ha sido usado y es usado hoy día como una espada siempre dispuesta para denigrar a los católicos y para mostrar sus enormes errores y su carencia de apertura mental.

Por eso, estos católicos consideran que no podemos cometer el mismo error con las teorías evolucionistas. Decir que no procedemos de unos organismos más o menos sencillos (ya tuve que poner la palabra) a través de un mecanismo de mutaciones sería mantener una postura anticientífica y volver a ideas oscurantistas, propias de gente fanática (como algunos miembros de grupos fundamentalistas en el ámbito protestante) o de personas que tienen miedo al triunfo del saber sobre la superstición y el engaño.

No creo, y aquí empiezo a exponerte el porqué de mi punto de vista, que el cristianismo se haga más creíble si se aceptan las teorías de la evolución, ni menos creíble si un católico las pone en duda. Porque el cristianismo no depende de las teorías científicas, y la validez de estas puede ser puesta en discusión por cualquier persona que tenga motivos serios para ello.

Además el cristianismo ya está lleno de afirmaciones que para algunos científicos son completamente absurdas. Hablar de la Encarnación del Hijo de Dios, de su Resurrección, del milagro eucarístico, ¿no causan estupor entre quienes trabajan habitualmente con aparatos de precisión y aman los pesos, las medidas y las reacciones químicas? ¿Es que esos grandes misterios cristianos se hacen más fáciles de aceptar si “ganamos credibilidad” al acoger en nuestras cabezas las teorías sobre la evolución que hoy dominan en las revistas científicas y que, quizá mañana, van a quedar completamente superadas? 

Dejemos de lado, por lo tanto, ese miedo a quedar mal. Las teorías de la evolución deben ser afrontadas como lo que son: teorías sobre algo contingente, empírico, frágil, histórico. Ponerlas en discusión es no solo legítimo, sino incluso útil para el mismo progreso científico. Si nadie hubiera puesto en duda el geocentrismo —doctrina que considera que la Tierra (geo) es el centro del universo—, porque la mayoría de los astrónomos del pasado (gente seria, con estudios) lo aceptaba, ¿qué lugar habríamos dejado para el surgimiento del heliocentrismo —el sol (helios) como centro del universo—? 

Me dirás que hay no pocos católicos que consideran con entusiasmo las teorías de la evolución, como si fuesen perfectamente compatibles con su fe. Sobre este punto, creo que un buen estudio sobre la diversidad y los posibles cambios entre especies no es para nada contrario a las verdades básicas del cristianismo. Pero a veces me pregunto si estos católicos entusiastas han estudiado de verdad todos los indicios y pruebas a favor de la evolución y si han llegado a comprender los límites inherentes a tales estudios, sea por parte del argumento objeto de consideración (hechos de un pasado más o menos remoto), sea por parte de los instrumentos usados, algunos de los cuales pueden producir errores de mayor o menor importancia en sus resultados.

Este es uno de mis principales puntos de fricción con quienes son tan entusiastas de estas teorías. Para mí hay muchos puntos oscuros y muchas construcciones hermosas (con dibujos animados y gráficos muy plausibles), pero sin suficiente base empírica. Te lo digo con pocas palabras: me parece que todavía faltan muchas pruebas para que una teoría sobre la evolución sea, de verdad, madura, aunque me digas que el número de indicios es aplastante.

En mi pobre cabeza crítica (una crítica que convive con mi fe católica, pero no por ello deja de ser crítica) sigo sin ver posible que alguien me explique, con la síntesis entre mutaciones casuales y la famosa selección natural (que no selecciona nada, porque solo hay selección cuando hay un sujeto externo al proceso capaz de “elegir”), cómo el sistema nervioso de la abeja ha llegado, “casualmente”, a coordinar lo que le presentan sus ojos con lo que tiene al final del abdomen y la hace tan temible: su aguijón.

Vengo ahora a dos puntos que dejé pendientes. El primero se refiere al evolucionismo (o evolucionismos), es decir, a una teoría que no solo se limita a decir que hay evolución, sino que somete a ella todo: la religión, la filosofía, la política, la historia. ¿Nombres? Pienso en dos: James Rachels, con su famoso libro Creados por los animales, y su propuesta de una ética construida sobre bases evolucionistas; y Peter Singer, para quien, después de Darwin, habría quedado refutado el “mito” hebraico-cristiano de la superioridad entre hombres y animales y la creencia de que tenemos un alma espiritual.

Junto a estos dos nombres de autores contemporáneos (Rachels murió en 2003) podríamos recordar a otros: a Herbert Spencer, con su darwinismo social; a algunas corrientes del marxismo-leninismo, con sus ideas sobre el progreso de la historia; y a algunos nazis, que pensaban en la raza aria como la expresión más madura del proceso evolutivo.

Me dirás que son casos extremos, pero hay momentos en los que me pregunto si este tipo de autores no son auténticamente coherentes con sus presupuestos: casualidad, necesidad, química, moléculas, y el pez grande que se come al pez chico, sirven (según ellos) para lograr una explicación completa y coherente de toda la realidad, también en lo que se refiere a la ética y a las religiones. 

Queda, si todavía me tienes un poco de paciencia, el otro punto que te debo: la distinción entre simple y complejo. Para nuestros ojos es evidente la diferencia entre una bacteria y un elefante. La bacteria es una célula que vive de modo más o menos autónomo y se reproduce con facilidad (al dividirse). El elefante está compuesto por millones de células, muchas de ellas especializadas (diferenciadas) en distintas partes de su cuerpo.

El observador no puede no concluir que la bacteria es más simple y que el elefante más complejo. Al mismo tiempo, y esto lo acepto sin mayores problemas, existe una gama muy amplia de seres vivos que “ocupan” muchos de los espacios intermedios que podemos establecer en una imaginaria línea que una y separe la bacteria del elefante.

Pero las nociones de simplicidad y complejidad son simples elaboraciones humanas, y nada nos puede impedir suponer que un proceso de cambios pueda darse desde un polo hacia el otro o viceversa. Pensar que el proceso evolutivo “avanza” y “progresa” al ir desde lo pequeño a lo grande, desde lo indiferenciado a lo diferenciado, desde lo simple a lo complejo, es un modo antropomórfico de leer la realidad, que evidencia cómo la ciencia está continuamente en contacto con nociones e ideas que van más allá de lo que el microscopio puede ver y la báscula puede pesar.

Dejo por ahora estas líneas. Supongo que la próxima vez que nos veamos tendremos ocasión para precisar algunas de estas ideas. No tengas miedo en decirme en qué no estás de acuerdo, como yo tampoco tengo miedo (aunque algunos me llamen —espero que tú no— anticuado y “fundamentalista”) a expresarte mis perplejidades sobre este tema.

Estoy seguro de que las dudas y las preguntas bien llevadas sirven para mejorar nuestros modos de ver e interpretar el mundo en el que vivimos. Confieso aquí, al terminar, que las ideas de Chesterton (un hombre brillante como pocos, ante quien me siento un pobre principiante) sobre la evolución conservan no poca actualidad. Si antes de vernos lees lo que él dijo sobre este tema en su obra Ortodoxia creo que tendremos mucha materia para una tarde con la agenda llena.

Saludos a tus padres. Cuídate mucho del viento, no sea que la selección natural acabe con tu vida antes de presentar exámenes. Si fuera así, ten por seguro que para Dios vale tanto el hombre sano como el enfermo, el que tiene muchos títulos como el que no sabe ni leer, el más “simple” como el más “complejo”, el que vivió cien años o el que no llegó a superar la etapa de la infancia. Porque cada uno de ellos tiene un alma espiritual (muy simple) que nunca muere. Pero sobre esto también habría mucho que decir…

Un abrazo y una oración.
Tu tío».

P. Fernando Pascual L.C.

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