Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, junio 19, 2019
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La verdad sin complejos 

«En aquel tiempo, Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel, encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano. Herodías aborrecia a Juan y quería quitarlo de en medio; no acababa de conseguirlo, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía. Cuando lo escuchaba, quedaba desconcertado, y lo escuchaba con gusto. La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: “Pídeme lo que quieras, que te lo doy”. Y le juró: “Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”.  Ella salió a preguntarle a su madre: “¿Qué le pido?”. La madre le contestó: “La cabeza de Juan, el Bautista”.  Entró ella en seguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: “Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan, el Bautista”. El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados, no quiso desairarla. En seguida le mandó a un verdugo que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre. Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo enterraron».  (Mc 6,17-29)

Manuel O’Dogherty

Es curiosa la manera que tenemos a veces las personas de expresar nuestra coherencia o, al menos, querer dar una imagen de la misma: ahora resulta que Herodes, que ha traicionado a su hermano casándose con su mujer, y que también ha traicionado a su pueblo, tiene reparos en quebrantar la palabra dada a ciegas a una muchacha, o en desairar a unos comensales, y manda decapitar a un hombre del que sabe que es “justo y santo”, y al que “escucha con gusto”.

¿Cuántas veces habría quebrantado el rey su palabra antes? ¿A cuánta gente habrá desairado? No es difícil imaginarlo en un libertino como Herodes. Si se hubiera tratado del bufón de la corte, de un amigo, o de cualquier otra persona, no habría tenido problemas en imponer su voluntad; sin embargo, ahora el rey tiene reparos, a sabiendas del crimen que comete. ¿Por qué?

Juan el Bautista es el precursor, el que viene a preparar los caminos de uno que está puesto “para caída y elevación de muchos y para que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (cf Lc 2, 34s). En la libertad del hombre, la gracia de la conversión que predica el Bautista puede ser aceptada o rechazada. Aceptarla significa reconocer nuestros pecados, que caminamos por caminos torcidos, que no podemos hacernos felices a nosotros mismos y necesitamos la ayuda Dios para poder experimentar el perdón y la paz; ¿cómo va a reconocer Herodes, cuya palabra es ley, que es un pobre hombre que necesita ayuda? ¿Cómo podrá aceptar Herodías, que maneja al rey a su antojo, que un andrajoso venga a darle lecciones de moral?

Y, viniendo a nuestra vida cotidiana, ¿cuántas veces rechazamos nosotros la conversión cuando alguien nos denuncia nuestros pecados? Más bien nos revolvemos contra el que nos pone de manifiesto quiénes somos en realidad y buscamos su mal. Somos capaces, como Herodías, de toda clase de maquinaciones para destruir a aquel que ha puesto al descubierto las intenciones de nuestro corazón, de forma que nuestra conciencia pueda seguir adormecida. El trasfondo de todo esto es que nos creemos reyes, como Herodes, o, peor aún, nos creemos que somos Dios  y que nadie puede decirnos que hacemos el mal porque Dios todo lo hace bien.

San Pablo lo expresa muy claramente: “… bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que deseo, sino el mal que aborrezco. Y si no hago lo que quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí.” (Rm 7, 17-20).

Acojámonos, pues, a este que no ha venido a condenarnos, sino a salvarnos; que ha enviado a su mensajero delante de Él para decirnos que hay una solución para nuestra vida, una solución que Él ha ganado gratuitamente en la Cruz para nosotros, cargando en ella con nuestros pecados y destruyéndolos con su muerte y resurrección.

Pero, no nos engañemos, Dios revela sus misterios a los sencillos y a los humildes, y mira de lejos a los arrogantes y prepotentes; no seamos necios y dejémonos amar por Él, porque no lleva cuenta de nuestros pecados y está esperando que, como el hijo pródigo, nos volvamos a Él para perdonarnos y hacer de nuestra vida una fiesta.

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