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La vida como diálogo a través del cine 

El cine es una forma de aproximación a la realidad del hombre y, como arte de luz, tiene potencia para iluminar nuestras vidas. Es como un espejo, capaz de reflejar lo más noble y lo más mezquino del ser humano, ya que en la pantalla se refleja tanto la verdad como la mentira, la autenticidad como la falaz hipocresía.

Julián Marías señalaba que había descubierto “que puede haber una antropología cinematográfica porque el cine es un análisis del hombre, una indagación de la vida humana”. Por eso, apostando por películas cuyos protagonistas son gentes que reflejan sentimientos, actitudes, problemas con los que habitualmente nos encontramos, nos detenemos a reflexionar sobre el carácter social de la persona: realidad que nos hace experimentar una gratificante apertura a los otros y con ellos aprendemos a reconocernos y a comportarnos conforme a lo que somos; es decir, a desarrollar la vida con satisfactoria normalidad.

La riqueza expresiva que observamos en la gran pantalla, con su técnica particular, proporciona vivencias que ayudan a la reflexión personal y al diálogo. “Buscamos un cine que no imita la realidad, sino que se inspira en ella y que puede transmitir al espectador algún aspecto de la belleza, de la bondad y de la verdad de la vida, pues, indudablemente, es esto lo que nos ensalza como personas”, leemos en La vida humana a través del cine (Eunsa, Pamplona 2004).

Todas las personas debemos realizar a lo largo de la vida tareas de mayor o menor envergadura que nos atraen e ilusionan. Pero las cosas y las tareas no satisfacen del todo porque les falta lo específicamente humano, “el otro” que comparte conmigo la misma vocación de hombre y con el que tengo una afinidad natural.

Experimentamos también que no solo nos son necesarias otras personas, sino que, en el trato con ellas, en el diálogo, queremos aquello que sea lo mejor para nosotros mismos y para los demás. La calidad de estas relaciones nos hacen sentirnos humanos y, por lo mismo, capaces de ser más felices, de perfeccionarnos, de sentirnos realizados. El grado de felicidad que alcanzamos tiene mucho que ver con el trato con los demás en la propia familia, con los amigos, los compañeros de trabajo, incluso con el modo de enfrentarnos con el entorno social en el que desarrollamos nuestra existencia.

Sobrevivir es vivir para contar 

Una de las manifestaciones más enriquecedoras de la grandeza humana consiste en la posibilidad real de poder crear nuevas relaciones en la vida. De algún modo puede decirse que si no tratas habitualmente y con cierta intimidad a otras personas, estás en el tobogán del fracaso: el hombre es un ser para el amor, un “ser de relaciones”. Es claro que el hombre necesita de los demás y no solo eso: necesita hablar, contar, decir cosas, compartir su interior, lo que piensa y desea, sus anhelos e inquietudes, sus ansias de felicidad.

Es ilustrativa una anécdota —que cuentan como real y que recojo en mi libro La vida como diálogo, a través del cine (Eunsa, Pamplona 2012)— sucedida en la España de los años cincuenta. En esta época, cercana al final de la Guerra Civil y de la Segunda Guerra Mundial, existía en Valladolid un aeródromo con algunas actividades que las autoridades del momento no deseaban que fueran muy conocidas. Un día, a causa de unos fallos técnicos, un bombardero tuvo que hacer un aterrizaje forzoso en una carretera secundaria cercana al aeródromo. Quiso la fortuna que un campesino caminase por la zona con su vaca a la que había llevado a pastar. Por efecto del impacto falleció el animal, aunque afortunadamente el campesino resultó ileso. Para que el hecho no fuera conocido por más personas, se le ofreció una generosa indemnización no solo por el coste de la vaca sino, sobre todo, para que guardara silencio sobre lo sucedido. El campesino rechazó todo: esta oferta y otras posteriores de mayor cuantía porque había algo, profundamente humano, que le impedía aceptarla: ¡quería contarlo!

No deseaba solo su supervivencia biológica, quería sobrevivir humanamente y el hombre solo sobrevive cuando “lo cuenta”, porque sobrevive al tiempo, a sus experiencias puntuales, a sus afectos. Sobrevivir es vivir para contar; los hombres nos reconocemos en nuestra historia “contando”.

La realización personal exige hablar con otras personas. Sobre todo con aquellas que forman parte de nuestro entorno vital: familia, amigos, compañeros que nos necesitan y a los que necesitamos. El desarrollo de las personas y de las sociedades está mutuamente condicionado por el mundo que les rodea, y la riqueza de la vida social es sobre todo la palabra. Pero no basta el hecho de hablar, de decir cosas; es necesario también aprender el “arte de hablar”. Es esencial escoger bien la palabra adecuada para que quien escucha nos pueda entender. Si al hablar no somos precisos, nuestro interlocutor puede interpretar algo distinto de lo que realmente era nuestra intención y, posiblemente, provoque una fuente de conflictos.

El espejo que revela nuestra propia cara

El fenómeno de la expresión humana es muy amplio. La palabra es el vehículo de comunicación más poderoso del hombre, capaz también de manifestar la grandeza humana. Junto a la palabra, nuestro cuerpo comunica a otros el estado de ánimo en el que nos encontramos, manifiesta nuestras pasiones. Así, somos capaces de usar la mímica, los gestos o un sistema de signos para relacionarnos con los demás, incluso a través del silencio.

Con breves pinceladas seleccionamos algunas películas en las que podemos constatar la realidad de la apertura humana “a través del cine”.

EL MILAGRO DE ANA SULLIVAN: la necesidad de la palabra
Historia real de Hellen Keller, sordomuda y ciega desde muy pequeña, que vivía, por sus graves deficiencias, en un medio casi salvaje. El descubrimiento de la palabra, que despertó el alma de la protagonista, le dio maravillosa oportunidad de insertarse “humanamente” en el mundo humano al que pertenecía.

NÁUFRAGO: la necesidad del “otro”
No solo necesitamos la palabra, necesitamos también la presencia del “otro”. Chuck Noland experimenta la más cruel soledad como náufrago en una solitaria isla perdida en el océano. La falta de otras personas se le hace insoportable, hasta el punto de convertir un balón de voleibol —al que dibuja una cara— en su interlocutor, en su “amigo”, con el que habla con una patética angustia vital.

THE ARTIST: cuando el silencio lo dice todo
Un canto a la valentía y confianza en la fuerza seductora de la imagen y del “lenguaje del cuerpo”. Resucita el silencio como medio para contar poderosas y complejas historias. La mirada, los gestos, los silencios, se dan cita en esta obra maestra.

CINDERELLA MAN: el diálogo en la familia
Matrimonio, familia y educación se entrelazan en la impresionante película basada en la historia de Jim Braddock, boxeador en la cumbre del éxito, que sufrió en lo más profundo de su vida la ruina económica producida por el crack del famoso “martes negro” de 1929, en los Estados Unidos.

CADENA PERPETUA: la apertura a los amigos
Drama carcelario y una de las más hermosas películas contada en la historia del cine sobre la amistad entre dos presos. El más mínimo análisis de esta relación nos lleva a descubrir que lo que queremos para los amigos es aquello que es lo mejor para ellos de modo radical.

LE HAVRE: más allá de la justicia
Maravillosa película sobre un relato muy humano de magníficos y tiernos personajes, que viven al día sabiendo desvivirse por amor por los que tienen alrededor. Es una fábula moral que ilustra con cotidianos y entrañables diálogos una evidencia: quienes menos tienen son con frecuencia los más solidarios.

DE DIOSES Y HOMBRES: los anhelos humanos
Basada en hechos reales y situada en los meses previos a su martirio, el escenario nos lleva a mediados de la década de los años noventa a las montañas de Magreb, donde se encuentra un monasterio cisterciense en el que viven sietes monjes en diálogo íntimo con Dios y en perfecta armonía con la población musulmana, la cual les quiere consideran como amigos porque intuyen la humanidad y grandeza de estas personas ejemplares.

Concluyo maravillada al volver a darme cuenta de que el cine es como un contador de cuentos con un arte especial. Utiliza la narración, las imágenes, la poesía, la música, la belleza. Lleno de metáforas y cargado de sugerencias, los cuentos que narra son las historias de los hombres, por eso el cine es una forma de aproximación al hombre y a su misterio, y la mirada antropológica es la más adecuada que se puede tener sobre el séptimo arte.

M.ª Consuelo Tomás y Garrido
Universidad Católica de Valencia

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