Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|sábado, septiembre 21, 2019
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La vida es cruel 

El otro día viví un suceso impactante. A un médico que se encontraba mal desde hacía algunas semanas, y no le daba importancia, sus compañeros de trabajo le animaron a que se hiciera una determinada prueba diagnóstica para estudiar esa molestia que no acababa de desaparecer.

La prueba detectó un tumor cerebral en una fase muy avanzada. Como profesional de la medicina, había diagnosticado muchos tumores cerebrales a lo largo de su carrera, pero ahora le tocaba a él.

Con tan sólo 34 años, era consciente de que en pocos meses estaría muerto.

Cuando trabajas continuamente junto a la enfermedad y la muerte, no parece que eso tenga que ver contigo, sino más bien es algo que  sólo les sucede a los demás; el riesgo únicamente lo tienen los pobres pacientes anónimos, nunca el médico. Hasta que un día descubres que tú puedes ser uno de ellos y morirte también.

¿por qué yo?

¿Es cruel la vida, como sentenció un compañero de este joven médico muy afectado por el negro destino de su amigo?

Sin duda es un sentimiento de rabia frente al inevitable curso de los acontecimientos. Nos gustaría en esos casos volver atrás en el tiempo y esquivar esos episodios de nuestra historia, como el que rebobina una película para que empiece de nuevo y luego corta el trozo que no le interesa.

Cuando contemplamos estas escenas en la vida de los otros, nos sobresaltamos y nos preguntamos: “Podría haber sido yo el enfermo. ¿Cómo reaccionaría?”

A diario en los hospitales de todo el mundo se les dice a muchos jóvenes: “Lo siento, tienes una leucemia que no responde al tratamiento; tienes un cáncer de pulmón inoperable; tienes una enfermedad degenerativa que te costará la vida en un año y no podemos hacer nada más por ti …”

¿Por qué yo?, ¿por qué a mí?, ¿por qué ahora, tan pronto? Son preguntas cuya respuesta es un misterio que únicamente Dios conoce. Entendemos la vida como un período que debe ser de 80 años o más y, en caso contrario, exigimos explicaciones que no encontramos. Pero lo que nos ocurre no es una injusticia, ni obra de un aguafiestas; tampoco un defecto de fábrica o una equivocación del “fabricante de vidas”: “Oiga, no es justo, esta vida debe de estar mal porque se acaba muy pronto”…

mirando desde la fe

Pero ¿para qué me sirve la fe?. La fe no es como la pertenencia a un equipo de fútbol o a un partido político. No se trata de decir que soy del Real Madrid, voto a este señor y, además, soy católico. No es eso. La fe es el camino emprendido mediante el cual obtengo, con la gracia de Dios, un sentido pleno para mi vida. Es un camino que conduce a una meta: la verdadera vida, la vida eterna, la vida en la Jerusalén Celeste, la vida en plenitud que realmente espera el cristiano; aunque para ello tenga que pasar irremediablemente por la muerte biológica y temporal.

Dejar este mundo cuesta mucho a pesar de que no siempre nos sentimos felices cuando estamos en él. Saber, como mi amigo médico, que la muerte está irremediablemente a la vuelta de la esquina y mantener la paz, tiene mucho mérito. Si además se es capaz de sonreír y no entrar en la desesperación, todavía más. Pero no se trata de ejercicios psicológicos ni mentalizaciones ocultas. Este don de serenidad ante el final de nuestros días es una gracia otorgada por Dios. El hombre no puede conferirse a sí mismo la paz. Únicamente la obtiene poniendo los ojos en Aquel que nos ama, en  Aquel que me acompaña incluso en la muerte y que con su « vara y su cayado me sosiega », de modo que « nada temo » (cf. Sal 22,4)(Spe Salvi)

un misterio profundo

El sufrimiento baja a nuestros ídolos de su pedestal y los coloca donde les corresponde. Es el momento en el que se comprueba cómo nuestros “dioses” hacen oídos sordos a nuestros lamentos. Ni la inteligencia, ni el dinero, ni la fama ni las personas que amamos pueden darnos la vida.

Pero también es el momento en que podemos volvernos hacia el que verdaderamente nos escucha y nos salva.

El sufrimiento y la muerte son un misterio, pero vistos desde el prisma de la fe, adquieren otra dimensión.

la vida para siempre

El cristiano, agarrado a la cruz, es capaz de vivir los acontecimientos de dolor con Cristo, quien, pese a no tener pecado, aceptó una muerte de cruz para salvar a todos los hombres y mujeres. Él resucitó y nos abrió las puertas de la vida para siempre.

No, la vida no es cruel. La vida es don, regalo persistente y sorpresa continua.

Se nos da sin condiciones ni cláusulas de contrato; es un regalo no convenido a priori, como los verdaderos regalos … Así es la vida: una verdadera sorpresa.

Y esta vida se acaba, gracias a Dios, porque si no, ¿cuándo iríamos al Cielo, que es, con mucho, lo mejor?

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