Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, enero 16, 2019
  • Siguenos!

La vida serena: Chopin, Unamuno y el Doncell 

El valor tiene vocación de comunicación —de ser comunicado— al igual que el sol necesita regalar su luz para no implosionar en macabro egoísmo. El valor se realiza en su comunicación, está ahí para ello. Una obra de arte que jamás ha de exponerse para el uso y deleite humano resulta estéril, de insoportable realidad. Un arte no expuesto es como una flor sin corola ni pétalos, una falsía. El valor, repitámoslo, tiene vocación de ser comunicado, y el no valor tiene la noble misión de ser corregido. Palabras groseras, inmoralidades, incorrecciones, desafueros y desatinos… todo ello ha de ser enmendado, por su propia naturaleza de “disvalor”. La bandera de la paz frente a la violencia como bandera.

Pero sucede que en el mundo actual se ha efectuado un trueque, un intercambio de terribles consecuencias. El valor ahora tiene vocación de ser corregido y el no valor vocación de ser difundido, como los rayos de sol. Y esto en todos los ámbitos: arte, cine, estética, educación… A la persona culta se la llama cursi; al santo anticuado, soñador; al limpio, ñoño y al bueno, tonto. El mal, en cambio, va pisando fuerte, con micrófonos potentes. Los medios de comunicación proponen como modelo lo mediocre, lo torcido, lo que no está bien, lo que tiene vocación meridiana de corrección. Pareciera que gusta más la desunión que su contrario. El valor, hay que corregirlo definitivamente. ¡Vamos a por él!, ¡no faltaba más!

El mundo de Don quijote nos hablaba de espadas y laudes, castillos, palacios y campiñas. Las andanzas y hazañas del hidalgo nos mostraban, por contrastes, un auténtico desfile de valores: las virtudes griegas y el buen hacer. La locura estaría en abandonar esos valores y encarnar sus contrarios como fuentes de valía. Por este errado camino llegaríamos a la afirmación de que vale el que aplasta, no el que sirve. Todo al revés.

Sigamos nosotros el consejo de San Pablo y hagamos una defensa del valor, de la valía, de lo que vale: Apreciad todo lo que es verdadero, noble, recto, limpio y amable, todo lo que merece alabanza y suponga virtud (cfr. Flp 4,8). Dejemos al valor vivir su vocación, la del perpetuo nacimiento, segundo a segundo.

la Cruz es la llave de la Calma

Chopin, Unamuno y el Doncell; óleo, foto y escultura respectivamente; piano, libro y postura, a manera de símbolos. Nos acercamos, en expresiones plásticas diferentes, a tres testigos del pasado para asomarnos a un gran valor: la ausencia de prisa, como rasgo característico de un humanismo de calidad. Esta serenidad es la que queremos defender como valor primordial de nuestras vidas. El orden y el amor son serenos, han de serlo para serlo, es decir, han de ser serenos para que existan. Felices los mansos, los hombres de paz, es decir, los serenos (cfr. Mt 5)

Se trata de combatir la prisa como enemiga de la fe, la esperanza y la caridad y propiciar esa Calma con mayúscula, comprometida, sacrificadora de pequeñas calmas. Si vis pacem para bellum: la Cruz es la llave de la Calma. ¡Acabemos nosotros, los cristianos, con el carpe diem mundano!, ¡faltaría más! ¡Sembremos con valor la calma como valor!

Alejemos de nosotros esa prisa que no conoce la eternidad, que ignora la pausa y huye de Dios. Esa prisa intramundana que nos deteriora en el vacío, vana y banal. Y dejemos en su justo valor la prisa en su sentido regio, es decir, como urgencia soberana para hacer siempre el bien (cfr. 2 Cor 5,14). Lo haremos cotejando estos tres casos históricos, ciñéndonos a la muestra artística que presentamos. Distingamos ya de antemano la cachaza de la calma, la apatía de la tranquilidad, el desinterés (en su significación negativa) del espíritu confiado… Hay que llegar al perfecto equilibrio de los clásicos: Festina lente (apresúrate lentamente): lleva buen ritmo, sé ágil en tu paz, se diligente; sin aceleramientos.

No pretendemos una ausencia de responsabilidades ni buscamos la vida burguesa, cómoda, exenta de todo compromiso y sacrificio, sino la vida serena como capacidad extraordinaria para ser eso que cada uno está llamado a ser en la vida. El buen vino, como la obra de arte, necesita su tiempo. “La acedia es la desesperación de la debilidad, de la que dijo Kierkegaard que consiste en que uno desesperadamente no quiere ser él mismo. El concepto teológico-metafísico de la pereza significa, por tanto, que el hombre no asienta en última instancia su auténtico ser” (De la vida serena. J. Leclercq y J. Pieper)

Se prefiere una tranquilidad barata, de bajo metal, a una tranquilidad de calidad, áurea, es decir, religiosa, contemplativa, de exigencia personal. Así es la sociedad de hoy. Lo vertiginoso ha conseguido corregir lo que no tiene vocación de ser corregido, la calma, y proponer como referente lo que en otros tiempos tuvo vocación de ser corregido, la prisa. Esa prisa moderna, versión de antiguas agonías y descontroles, es la que triunfa sobre los escombros de la antigüedad grecolatina y cristiana. Y se impone para derrocar la paz. La gente está convencida de que ya no se puede rezar bien —no hay porqué intentarlo siquiera—, de que no se puede meditar… Se piensa que la caridad es un lujo o para ratos libres, o para gente especializada. No hay tiempo ya para “perder el tiempo”, como forma saludable de contemplación donde recupero perspectiva y serenidad. Entonces el ocio se vive como vicio y pierde su carácter de valor para afrontar contratiempos y amar mejor. ¡Marta, Marta… qué inquieta estás! (cfr. Lc 10,38-42). Se prefiere la guerra como valor al servicio de intereses propios y se margina la paz en muchos ámbitos como un disvalor propio de débiles.

últimos suspiros

Un piano, un libro y una postura, la del Doncell. Tres símbolos elocuentes por sí mismos. Esta trilogía opera como muro de sostén donde van a parar las olas del ímpetu, de “aquesta“ atropellada vida. Chopin está dando sus últimos acordes, sus últimos suspiros. Está en actitud de paz, deslizando su ser sobre el piano. La almohada es depositaria de la últimas energías del pianista. Ya se va a acabar todo. Bemol triste que llama a la muerte por la ventana. Las velas se apagan. Chopin se va.

La música es de un gran valor educativo, pero más poder tiene la “vida musical”, la de una conciencia tranquila, en paz y en virtud. La música bien vivida ya no es pasatiempo sino vehículo de formación espiritual. La música serena a la fiera, amansa el orgullo. La música educa nuestra gestión del tiempo. Los valores que suenan elevan, los musicales. Con todo, el piano no es fin. Es triste cerrar un piano y con ello acabar la vida. Es demasiada dependencia, ¡es demasiado poco, don Federico!

Unamuno se encuentra desplomado en el veraniego butacón. Parece como si el alma se le estuviera desfondando en el aplomo del descanso. Amigos, niños y el perro Barry. Todo augura paz santanderina. Pero Don Miguel no está bien. Hombre bueno, atormentado por el verdugo de su yo. Más que respiro parece abatimiento; casi derrotado. Ortega dice de él que era como ornitorrinco que soltaba su yo en las reuniones… La paz del superego es paz que derrota, que silencia la verdad en desplomes formidables. Allí no hay serenidad sino hundimiento de un gran yo en un gran yo; de uno mismo en sí mismo, quería decir. ¡Cuidado, don Miguel! ¡Lo libresco es puente, no meta!

Pero… esta estampa da alientos: Unamuno, al menos, meditaba. La prisa actual está robando en muchos la meditación como arte de plenitud. Uno se desorienta si no medita, si no da sentido —el verdadero— a su vida. Esta foto seleccionada fue testigo de una dedicatoria, la que hizo a su amigo, el doctor Bernardo Velarde, el 13 de septiembre de 1930, en Torrelavega:

Pasto de los ojos: canto

Del sol sobre el verde: nido

Seguro de apego santo;

Fresco rincón escondido

Donde la cuesta se acuesta

A dormir: primer empeño

De mocedad: la gran fiesta

De desnudar al ensueño.

(Cancionero n 1483)

 

la eternidad no conoce la prisa

En el Doncell lo ascético y lo religioso se dan cita. Guerrero y creyente se encuentran en este joven de veinticinco años. Espada y roja cruz. ¡Ya estamos cerca de la paz! Ya no es música solo, ni solo libro; es la postura del alma la que interesa, “el plante” del corazón en la fe.

Nos hemos introducido en la catedral, la de Sigüenza. Hemos llegado a la paz inalterable, superior a la virtud quijotesca… Hay una cruz por medio, bermeja… cosida al ánima. Humanismo cristiano transpira el alabastro de este Doncell. Hay algo en esta escultura de superación de lo mortecino. Esperar, confiar, meditar…, actitudes de fe. Más allá de la muerte se atisba la paz de aquel que supo luchar por el bien y rezar. Aceptación de la muerte como puerta celestial. Universo medieval que no termina de irse en los frescos Renacimientos. El león simboliza la resurrección. El pajecillo, el dolor y la cercanía de la familia. Ramos verdes, que son laureles, expresión de resucitadoras alboradas. El Doncell espera la muerte leyendo. Lo heroico yace en la paz. Cada cosa ha de ir a su sitio ¡El mal a su grosería y el valor a su elegancia!

“Este hombre parece más de pluma que de espada. Y, sin embargo, combatió en Loja, en Mora, en Montefrío bravamente. La historia nos garantiza su coraje varonil. La escultura ha conservado su sonrisa dialéctica. ¿Será posible? ¿Ha habido alguien que haya unido el coraje a la dialéctica?” (Ortega y Gasset. Tierras de Castilla)

El piano deja quietud, un buen libro también, pero es la fe el sosiego sustancial del corazón. Jerarquía piramidal de los valores. La eternidad no conoce la prisa. ¡Cuánto sosiego se encuentra en una barca que zozobra! En la humedad del agua dormía la Humildad. El fuego de aquel Amor apagaba todo el mar en bonanza (cfr. Mt 8,23-27). La serenidad, la no prisa, han de difundirse en revistas y pantallas. Han de difundirse en la vida de las gentes. Hagamos justicia a la vocación del valor: la difusión. Los valores, como la obra de arte auténtica, necesitan encarnación y escenario público.

El mundo solo quiere prisa, satisfacción inmediata de lo real. Dios solo quiere calma, como forma de vida eterna. La calma acelera mi muerte a favor de los demás. La prisa retiene mi egoísmo. Esencial paradoja. Así lo entendió San Juan de la cruz en su casa ya sosegada. Hay muchos valores: paciencia, largueza, generosidad…. Pero sin prisas, por favor.

Francisco Lerdo de Tejada
Capellán Universidad CEU-Montepríncipe

Añadir comentario