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LA VIDA Y EL AMOR SON PERMANENCIA 
15 de Mayo
Por Manuel Requena

«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado.

Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis (San Juan 15,1-7).

COMENTARIO

En la Última Cena, según la cuenta Juan, Jesús instituyó el servicio y el amor de unos a otros. Fue su regalo, como expresión de la entrega de su vida. Y aunque Juan no lo cuenta, Él ya se había hecho Eucaristía y dado en primera comunión de su cuerpo y sangre entera a los que amaba. Fue su última “gran locura”. Ya no le quedaba más que dar, y se quedó pequeña aquella sala para explicar la enormidad de intimidad que regalaba. Necesitaba el universo entero para encuadrar lo que tenía que decir, y les mandó “vámonos de aquí” (Jn 14,31), y salieron hacia el Monte de Olivos. La última luna de Abril que verían los ojos de Dios hombre, estaba en plenitud y quiso lucirse el cielo aquella noche, alumbrando como nunca a los hombres, a las viñas y a los campos. Su sangre bebida por los suyos una hora antes en la copa consagrada, comenzaría a derramarse en el sudor de sangre de Jesús en el huerto, y unas horas después, en la cruz, ya sería un río en su fuente abierta. Y para que fuera fecundo tanto amor, necesitaba algo que a Juan se le quedó grabado desde el primer día que se miraron allá en el Jordán: «Maestro ¿dónde vives? (¿Pou meneis? (Jn 1,38). Ahora tres años después, les dijo de verdad, y en un imperativo: «Yo vivo en vosotros, vivid en mí vosotros» (meínate en emoi, kai ego en umin, dice su griego, usando el mismo verbo, y que el latín tradujo para todos los pueblos: “manete in me, et ego in vobis” Permaneced viviendo en mí. Yo vivo ya en vosotros. Es la clave para que dé fruto el mandato, el regalo del amor que les acaba de dar.

Antes de llegar al monte de Olivos, ya se veían y olían la viñas en flor en la primera luna llena de Abril. Luna de Pascua le decían, y esta era la Pascua de las pascuas de Israel. Seguro que la madre tierra les regaló también una cosecha única. A Jesús le faltó tiempo para declararse como aquella hermosura que veían: “Yo soy la vid enraizada en la Verdad de Dios, Yo soy como la cepa que bombea la gracia que corre ya por vuestras venas de sarmientos míos, porque habéis bebido de mi cáliz la savia que os alimenta y da fruto. Ya somos, vosotros y yo, la unidad en un solo cuerpo que se llama Iglesia, la viña de mi Padre. La misma savia, la misma vida, el mismo fruto, la misma sangre, el mismo pan,  el mismo vino, y la Palabra eterna que soy yo. Todo es un regalo que aún no comprendéis, y os pido que pongáis algo que solo podéis poner vosotros, cada uno de vosotros: la permanencia en mí. No es solo que estéis conmigo sino que viváis en mí la vida, como yo vivo en la vida de mi Padre. Si esa vida corre entre vosotros, como la savia por el sarmiento, el fruto será el mío y vuestro. Está asegurado por el Padre de la vida.

No se fijó Jesús en la muestra de los olivos floridos ya, que también darían luego, triturados sus frutos, el crisma de la Unción del Cristo. Tampoco se fijó en el futuro fruto de la vid que ya alumbraba también en los sarmientos, y algunas de aquellas mismas uvas, ya maduras y también trituradas, serían vino y su propia sangre. En cambio se fijó en lo que nadie hubiese reparado, salvo el experto viñador, en los sarmientos que unidos a la cepa y limpios, mostraban su incipiente fruto en hojas y racimos. Irán después al fuego, pero si están unidos a la cepa y llevan savia suya, darán primero madurez al fruto. Luego triturado, fermentado y hecho vino bueno, admitirá la bendición que transustancia su esencia en Sangre de Jesús.

Y es que Jesús se fija y realza lo que quiere para sea Evangelio, y esa noche especial se fijó en la unión del sarmiento con la cepa. Es una unión vital, pero selectiva. Si el sarmiento lleva la savia de la cepa y produce fruto, al viñador le gusta y lo arregla para que dé más fruto, si no lleva fruto lo corta.

Es la unión vital del amor que produce fruto. La del Verbo que es pensamiento  y Palabra con la acción y pasión de su cuerpo y su sangre, y la unión de iglesia que recibe el Verbo eficiente y se hace amor del mundo. Quiere sublimar Jesús dos estados de la permanencia, el suyo de entrega hasta la última gota de tu sangre, y el de su esposa la Iglesia, que debe permanecer en su fe hasta su propia gloria tras la muerte. Así apuntó Jesús algo invisible que hacía un solo cuerpo de la vid y los sarmientos, la savia que lleva el fruto, y es su propia sangre que lo aflora y lo alimenta hasta que el sol del sufrimiento lo madure.

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