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La voluntad de Dios es, que el hombre tenga vida abundante 
04 de Junio
Por Ramón Domínguez

El primer día de los Ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, mientras comían, Jesús tomó pan, y pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo».
Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias, se lo dio y todos bebieron. Y les dijo: «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios» (San Marcos 14, 12a. 22-25).

COMENTARIO

Celebra hoy la Iglesia la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Jesucristo es el único y verdadero sacerdote, porque es el que cumple a la perfección la misión sacerdotal. El sacerdote es aquel que, como mediador, intercede ante Dios por los hombres  ofreciendo el sacrificio agradable a Dios, tributándole el culto en espíritu y verdad. Los sacrificios de la antigua alianza no alcanzaban el fin propuesto y no eran del agrado de Dios. Muchas veces, por boca de los profetas, el Señor mostraba su descontento por el excesivo ritualismo y la falta de correspondencia con la vida de las personas. No son sacrificios los que el señor quiere, sino justicia para con los desposeídos. Por otro lado, todo al tierra y cuanto contiene, pertenece al Señor, ¿qué le importa que le entreguen en sacrificio bueyes u ovejas? El verdadero sacrificio que Dios acepta es la entrega de la propia vida en obediencia a su santa voluntad.

Puesto que la voluntad de Dios es que el hombre tenga vida y se salve, el abandono a su voluntad es el camino correcto que el hombre debe emprender. Esto es lo que ha hecho el Señor Jesús. Él ha venido a ofrecer al Padre el culto que le es debido, puesto que no ha venido a hacer su voluntad son la del  Padre, que lo ha enviado y le ha tributado el único sacrificio que el Padre acoge: la entrega de sí mismo por amor a los hombres.

Dios es amor y únicamente el amor es digno de Él. Este es el verdadero sacrificio que se le puede entregar: amar hasta el extremo. Es el sacrificio que ha ofrecido Cristo, por lo cual es Él el verdadero y único sacerdote.

Pero todos nosotros, en cuanto que somos uno con Él y formamos su mismo cuerpo, estamos llamados a unirnos a su misma entrega. Como cristianos, formamos un pueblo sacerdotal, llamado a ofrecer al Padre el culto en espíritu y verdad. Y este culto no es otro que el ofrecimiento de nuestra vida por amor a Dios y a los hombres. Esta es la base del sacerdocio común de los fieles, al que todos, sin excepción estamos llamados, y mientras aceptamos entrar sacramentalmente con Cristo en una muerte como la suya para gozar de una resurrección como la suya, en la eucaristía; nos mostramos dispuesto a llevar a cabo esta misma entrega en nuestro quehacer de cada día. Es nuestra tarea, la que se nos ha encomendado hasta que Él vuelva: “comer de su pan y beber de su cáliz”: amar como nos ha amado Cristo, ofreciendo nuestros cuerpos como una hostia agradable al Padre. Por ello, la celebración de la eucaristía es imprescindible para el cristiano, pues sin ella no hay vida cristiana.

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