Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|sábado, septiembre 21, 2019
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La voz del santo de Israel 

Para la inmensa mayoría de la gente la palabra mística evoca una realidad elevadísima, un estado casi virtual e inusitadamente especial, a cuyo  acceso solamente son llamadas unas pocas almas marcadas por una elección muy predilecta de Dios. Almas que entran en esta especie de nube solamente después de ímprobos esfuerzos, negaciones, renuncias y penitencias; a causa de estas sus obras Dios las ha premiado con una intimidad privilegiada.

En realidad esta concepción “bastante popular” está no poco lejos de la verdad.  Por supuesto que si hablamos de mística y  de los místicos hay que hacer referencia a lo esencial, que es la unión  del hombre con Dios, el encuentro de una existencia con el Existente. Precisamente porque la contemplación de su Misterio es don, tenemos que, en primer lugar, apuntar al Dador con muchísima más propiedad que a los esfuerzos de la persona.

Con esto pretendo desmitificar conceptos poco acertados que han reducido a los místicos a una serie de hombres y mujeres separados del mundo bien por medio de rejas o muros, o bien por haberse recluido en cuevas de  la montaña o del desierto. Es necesario devolver a su primigenio sentido lo que es lo fundamental y esencial en la unión del hombre con Dios tal y como Él nos lo concede, porque, repito, es un don. Una unión con Él cimentada y crecida en una bellísima experiencia: la de la confianza ilimitada en su Voz, sin la cual es imposible conocerle en profundidad, intimar con Él.

En este sentido aclaro que para Dios todo creyente es un místico por el hecho de  tejer una fidelidad en su alma; Con esto quiero decir que los creyentes en Dios son hombres y mujeres que confían tanto en su Voz, en su Palabra; que han aprendido a descansar en Él.  Son personas para quienes su intimidad con Él significa saborearle, sí, así como suena: saborear su Palabra, saciarse de su Rostro, haciendo suya la esperanza del salmista (Sl 17,15).

La primera condición para llegar a saborear el Misterio  consiste en plantar nuestra tienda junto a Él.  Para ello cada cual ha de buscar con constancia y sin desmayo hasta encontrar su lugar de arraigo en Dios. Es lo que se llama vivir a su lado, ante la  Presencia. Es un lugar que no tiene que ser inventado, ni siquiera proyectado, tan solo descubierto, pues  de hecho ya lo tenemos preparado y  dispuesto. Recordemos lo que le dijo Dios a Moisés cuando éste le expresó su deseo de ver su Rostro: “Mira, hay un lugar junto a mí…” (Éx 33,21). Sobre este lugar anunciado por Dios a Moisés, ya nos extenderemos a lo largo del libro. Ahora nos limitamos a decir que si hasta los pájaros del cielo tienen su casa preparada en los atrios de su Templo Santo (Sl 84,4), cuánto más nosotros que, como dice Jesús,  valemos mucho más que ellos (Mt 10,31).

Este nuestro lugar junto a Dios es, por una parte, el espacio, el hábitat natural de todo creyente, el recinto sagrado en cuyo interior nace y crece la mística en estado puro, tal como  es, en su simplicidad; lo que quiere decir, desprovista de todo accesorio o invención que obstaculiza el contacto con el Absoluto. Este espacio es también figura del definitivo lugar junto a Dios que nos ha preparado nuestro Señor Jesucristo como fruto de su muerte y resurrección: “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo para que donde esté yo estéis también vosotros”  (Jn 14,2-3).

Todo aquel que tiene el oído tendido hacia la Voz es un buscador de Dios; y mucho sabe de esto la esposa del Cantar de los Cantares. Ha saboreado a Dios, a su Amado. Este su querer le lleva a marcar la diferencia con respecto a otros amores y a otras voces, que en la espiritualidad bíblica vienen a ser lo mismo. De ahí su súplica, todo un grito, un gemido, que le sale del alma: ¡Déjame oír tu voz! (Ct 8,13b). Ha buscado con tanto afán al Amado de su alma -llegando  incluso a atravesar las murallas de la ciudad (Ct 5,6-7)- que podríamos traducir así estas sus súplicas: ¡Déjame oír tu Voz, necesito extender sobre ella todo el peso de mi alma!

Miles son los gritos que el hombre eleva a Dios desde su propio espacio-recinto sagrado, desde lo íntimo de su ser. Todos ellos son como aldabonazos suplicándole que prenda con su fuego los leños verdes de la chimenea del hogar de su alma. Es el clamor de quien ha descubierto su soledad, su desierto interior, ahí donde no llega ninguna voz, aposento totalmente inhóspito, como inhóspita es toda realidad que no ha sido reconstruida por el Eterno. Todo creyente lo es porque está habitado por la Voz del Santo, como le llaman los profetas de Israel (Ba 4,37). Ser habitado por su Voz, por su Palabra, significa ser poseído por su Fuego; participar de él es ser confidente de sus secretos. Recordemos que Voz y Fuego se identifican en la espiritualidad bíblica (Dt 4,12).

¡Déjame, hazme oír tu voz!, implora anhelante la esposa. ¡No me abandones en esta soledad de muerte! En realidad,  la voz de su Esposo la ha dejado tan herida de amor que, desde el límite de sus fuerzas, da a luz  sus anhelos más profundos: ¡Déjame verte! ¡Quiero saber de ti! ¡Dame de tu fuego…, habítame! Esta mi alma es tu casa, tu heredad, como bien te lo hizo saber mi padre Moisés (Éx 34,9). ¡Toma posesión de ella, habítala, habítame! ¡Ven a mí, Dios mío!

Dios es la Voz y es también el que escucha. Oye a su pueblo, pueblo de místicos que, sirviéndonos de una especie de recurso literario, podríamos decir que “forzaron su Encarnación”, su habitar con nosotros. Cómo no tener presente en estos momentos la bellísima plegaria de Isaías ante la impotencia del pueblo en lo que respecta a su  fidelidad con Dios: “¡Ay si rompieses los cielos y descendieses…!” (Is 63,19b).

Dios desciende, se encarna y se ofrece a habitar, junto con el Padre, en todo aquel que acoge su voz. También es cierto que sólo el que considera fiable la Voz, la acoge, y sobre ella se recoge como cobijándose. A éstos que así aman su voz, Jesús les concede lo que nuestros místicos llamarán más tarde “la inhabitación de Dios en el alma”. Jesús lo formuló así y como promesa: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra –mi Voz-, y  mi Padre  le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23).

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