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Laicismo versus Laicidad 

Es frecuente que los conceptos laicismo y laicidad se confundan; sin embargo, expresan dos actitudes frente a lo religioso, opuestas. Para explicar el término “laicidad”, que supone admitir la separación de la Iglesia y el Estado, del poder político —“potestas”— y de la autoridad religiosa —“auctoritas”—, es decir, aconfesionalidad del Estado, voy a utilizar el esclarecedor discurso de Nicolás Sarkozy, el actual presidente de Francia,  en Letrán, que reconoce el valor positivo de la herencia ética, espiritual y religiosa que impregna la cultura de Occidente, y que, afirma, sería un crimen negar. Ello debilitaría el cimiento de la identidad nacional, dado que sus raíces son esencialmente cristianas. “La laicidad no puede ser negación del pasado”, ya que su reconocimiento es “una necesidad y una oportunidad… condición de la paz civil”

laicidad positiva: defensa de la ley natural y de los valores universales

Frente a la imposición de una moral laicista, que en último término es abogar por una ética “por consenso”, “construida” por el hombre, atendiendo sólo a criterios utilitaristas y no a la ley natural, Sarkozy se muestra partidario de “una reflexión moral inspirada en convicciones religiosas, porque la moral laica corre el riesgo de agotarse o de transformarse en fanatismo cuando no está respaldada por una esperanza que llene la aspiración de infinito”…, ”ya que el hecho espiritual es la tendencia natural de todos los hombres a la búsqueda de la trascendencia”.

“Un hombre que cree —afirma— es un hombre que espera”. Sarkozy, citando la encíclica de Benedicto XVI, recuerda que ni las ideologías de la Ilustración, ni la fe en el progreso técnico y económico “han podido llenar la necesidad profunda que tienen los hombres de encontrar un sentido a su existencia”.

Reconoce a la Iglesia católica la “contribución a la acción caritativa, a la defensa de los derechos del hombre y de la dignidad humana, al diálogo interreligioso, a la formación de las inteligencias y de los corazones, a la reflexión ética y filosófica, así como el testimonio de una vida entregada a los demás y colmada por la experiencia de Dios”.

Hasta aquí una muestra elocuente de la “laicidad positiva” que se deriva del mensaje evangélico “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Gracias a estas ideas cristianas, surge Europa e incluso la Unión Europea. Recordemos a sus impulsores, Schuman, Adenauer y De Gásperi, fervientes católicos, que propugnan una comunidad con una ética fundada en principios cristianos no incompatibles con la razón ni con la ciencia. Las mismas ideas que abanderan la Revolución francesa —Libertad, Igualdad y Fraternidad— son profundamente religiosas, al igual que la defensa de la dignidad de la persona y de los derechos humanos. Defensa también de la verdad y posibilidad de la razón de alcanzarla frente al relativismo y escepticismo, tan en boga. Ley natural y valores universales frente al “constructivismo”, la “deconstrucción”, “ideología de género”, etc.

El laicismo, que en cierto sentido se opone a laicidad, propugna una hostilidad frente a los principios y valores cristianos, llegando en ocasiones a un tenso enfrentamiento con la Iglesia, negándole incluso la posibilidad de expresarse públicamente, queriendo encerrarla en la sacristía o, en todo caso, reduciendo la fe a un asunto únicamente privado, sin repercusión pública alguna.

Hoy, que se defiende con tanto entusiasmo la libertad de expresión, incluso de ideas aberrantes, se niega a los católicos esa posibilidad. Se presenta a Dios como antagonista del hombre. Hay que negar a Dios para afirmar al hombre y a su libertad. En cierto modo, todas estas ideas, que son propagadas por una gran mayoría de medios de comunicación, sobre todo por los afines al ámbito del poder político, no son más que un indicio del ansia del Estado de acaparar también la autoridad sobre la conciencia y espiritualidad humanas, es decir, del ámbito religioso que pertenece a la autoridad de la Iglesia. Buena muestra de ello es el empeño por imponer la “Educación

para la ciudadanía”, que pretende un adoctrinamiento del individuo, usurpando a los padres la facultad de educar a sus hijos en los principios y valores que consideren convenientes.

Esa incursión en terrenos que no le corresponden, revela el deseo oculto de establecer una pseudoiglesia civil que dicte a sus medrosos e inseguros ciudadanos —mejor diría súbditos— lo que está de acuerdo o no con la “progresía”, primando lo pragmático y de “utilidad social”, sobre lo éticamente recto y que responde a la esencia del hombre y a su verdad.

Pero como el hombre no puede vivir sin trascendencia, sin esperanza, sin esa búsqueda del sentido de la vida que anida en lo más profundo de su alma, esa nostalgia de Dios, recorre caminos equivocados, sustitutivos del Dios personal cristiano, lo que explica la proliferación de pseudorreligiones, que, bebiendo de un sincretismo atroz, se inventan un dios a la carta, con una mezcla de gnosticismo, hinduismo, panteísmo, “New Age”, con la pretensión de disolver al hombre en lo holístico, confundiendo en un maremágnum a la criatura con el Creador, al hombre con la madre Tierra, cuando no con esa quimera de “ser tan civilizado como los animales”, un simple “mono desnudo”, defendiendo con más ímpetu, a las focas que a los nasciturus, que no los protege ni su propia madre…

Efectivamente, como decía Dostoiesky, en un mundo sin Dios todo está permitido, pero se vuelve hostil contra el propio hombre.

Sin embargo, en frase evangélica, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. Al final siempre triunfan la verdad y el amor. Es una lucha ardua, pero no falta “un resto”, que, con ayuda de la gracia, traiga la luz al mundo y a los corazones de los hombres de buena voluntad.

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