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Las dos puertas 
25 de Junio
Por Horacio Vázquez

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; las pisotearán y luego se volverán para destrozaros. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten; en esto consiste la Ley y los profetas. Entrad por la puerta estrecha. Ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos”». (Mateo 7, 6. 12-14)


¡Otra vez la Caridad en la encrucijada de las sendas que conducen a la eternidad reservada para el hombre! La puerta ancha que nos arrastra a la perdición, y la estrecha que nos lleva a la vida. Y de nuevo, Jesús nos recuerda que la Ley del amor que nos anuncia, la norma jamás antes promulgada por los códigos del mundo, es la síntesis perfecta, el compendio acabado, la sustancia última, la mejor expresión de toda la doctrina que contiene la Ley y que enseñan los profetas. Y es que, sin amor no hay Ley de Dios. Sin amor, los profetas serían pregoneros falaces. Sin amor sería imposible la redención del hombre. Sin el amor de Jesús, nuestra caridad sería simple filantropía. Sin amor no hay salvación para nosotros.

Pero esta vez, contra las dudas que podrían suscitarse en el corazón del hombre por esta forma de amar que se nos propone, tan especial, tan exclusiva, tan exigente, tan difícil de asumir, como la de “amar a Dios sobre todas las cosas”, o la de que, “nos amemos los unos a los otros como el mismo Jesús nos ha amado”, ahora, se nos entrega un precepto más claro, más asumible para nuestra debilidad, un precepto más humano, que sin perder un ápice de su sustancia divina, parece que encaja mejor en nuestras posibilidades de hacer, porque nos toma a nosotros mismos como la medida del amor que debemos dar a los otros, y así, Jesús nos pide “que tratemos a los demás como queremos que ellos nos traten a nosotros”.

Es como una especie de Ley del Talión, esa justicia miserable que tan bien entendemos y aplicamos los humanos. Pero al revés, pues aquí no hay ojo por ojo, ni golpe por golpe, sino, amor por amor. Amor que demando, por amor que doy; pan que tengo, por pan de doy; consuelo que añoro, por consuelo que ofrezco; perdón que imploro por perdón que otorgo. Es un trueque maravilloso de todo aquello que puedo recibir, por todo aquello que puedo dar al otro, sin reservas en el corazón, sin estrecheces ni convencionalismos, como una especie de “jardinero de la esperanza” que siembra semillas de alegría en los corazones ajenos por amor a Jesús, solo por eso. Que es mucho, que es todo.

Y caminaremos por el sendero de la vida, que ya no será un camino angosto y oscuro, y sentiremos la dicha inefable de amar y ser amados.

Horacio Vázquez

 

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