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Las teofanías bíblicas 

LAS TEOFANÍAS BÍBLICAS

PRIMERA PARTE

El vocablo teofanía viene del griego “phaino”, que significa manifestación de Dios y de su divinidad, y se hace extensiva a las apariciones de la Virgen, los ángeles y los santos.

De muchas maneras se manifestó Dios a los hombres, bien sea con “la palabra que baja del cielo” para señalar al Enviado, como en el Bautismo de Jesús, y la transfiguración de Tabor, o en “la llaneza de una conversación”, como en los diálogos de Dios con Adán, Caín, Noé, Abraham, Moisés y Job, o mediante “ángeles anunciadores”, como el que detiene el puñal de Abraham sobre su hijo Isaac, el que acompaña por el río Tigris al hijo de Tobías, o el que anuncia a María la Encarnación del Verbo. Otras veces, se manifiesta con “visiones proféticas”, como las de Daniel, Isaías o Zacarías, o con “mensajes oníricos”,  como el sueño de Jacob entre Berseba y Harán, en el que vio una escalera que subía hasta el cielo, o el de Salomón en Gabaón, cuando el Señor se ofrece a darle todo lo que pida, o el del patriarca José, que mientras dormía, es asistido por un ángel en su dilema sobre la maternidad de María, y también, poéticamente, en “el susurro de una brisa suave”, después del terremoto y del fuego, como en el monte Horeb, cuando el Señor ordenó a Isaías que saliera de la cueva en la que se ocultaba.

Así, desde el principio de los tiempos, antes de que la ley se escribiera en tablas de piedra y Dios enviara a sus profetas como pontífices entre la tierra y el cielo, la divinidad se comunica con los hombres para darles mandatos e instruirlos en las leyes de la naturaleza que debían dominar. La armonía y la paz florecían entonces al amparo de la norma primigenia que el Creador gravó en el corazón del hombre para que distinguieran entre el bien y el mal: el bien para preferirlo, el mal para rechazarlo. Pero después de la desobediencia de Adán y Eva, el corazón de los hombres se turbó, y el mal entró en el mundo.

Los tiempos felices del Paraíso Terrenal, con un Adán sin malicia que era amigo predilecto de Dios, y que paseaba con Él por los jardines del Edén, terminaron. El hombre se queda solo en la tierra, siente hambre, sed, frío y vergüenza, y la naturaleza que le rodea, antes generosa y propicia, se muestra ahora esquiva y hostil. El diálogo de Dios con los hombres continua, pero se torna más exigente, y a veces, terrible. El Señor maldice a Caín por el asesinato de su hermano Abel, encarga a Noé la construcción de un barco que flotará en las aguas del diluvio, donde perecerán todas las maldades de la raza humana, en Babel, confunde las lenguas de los hombres que querían llegar hasta el cielo construyendo una torre de ladrillos, y el fuego de la cólera divina, consume a los perversos habitantes de Sodoma.

Pero el Señor no abandona a los hombres que son su criatura preferida y el objeto de su amor, y las teofanías sirven ahora de vehículo para las promesas de la Salvación. Hace Alianza con Abrahán, y le anuncia una descendencia en la que serán benditas todas las naciones de la tierra, elige a Moisés desde el fuego de la zarza para salvar al pueblo de la esclavitud de Egipto, y le entrega las Tablas de la Ley, y al joven Samuel, que ungirá a los reyes de Israel, le llama durante la noche en el templo de Silo, y así, de muchas maneras, se manifiesta a los patriarcas, los profetas y los reyes hasta el Tiempo Nuevo y Pleno de Jesús y de María.

Esta interacción constante del hombre con Dios, este Dios cotidiano que se interesa en los problemas de los hombres y que interviene en sus disputas, nos parece ahora a los cristianos como “algo del pasado”, y tendemos a pensar que en la actualidad, Dios se ha desentendido de nuestros problemas. Ciertamente, es como si el Dios Padre, la Primera Persona de la Santísima Trinidad, hubiera dejado de actuar directamente, y después de la Redención Salvadora de Cristo y de la venida del Espíritu Santo Paráclito sobre los apóstoles y María en Pentecostés, todo el papel mediador entre la tierra y el cielo hubiera recaído en las otras dos personas, a saber, el Hijo y el Espíritu Santo, con María, la Madre de Dios, que es Corredentora, la Iglesia fundada por Jesucristo, como la Jerusalén terrena, y la pléyade de santos que han subido a los altares por amor a Jesús, y que están en comunión con la Iglesia peregrina.

En todo caso, nosotros seguimos rezando: “Padre nuestro que estás en los cielos…”, es decir, oramos al Padre, y nos sentimos sus hijos, y por la sangre, hermanos de Jesús, que en la teofanía más inaudita e intensa de significados de la historia de la humanidad, bajó a la tierra encarnado en el seno de María, la llena de gracia, la Anunciada, para cumplir la voluntad del Padre Creador, que lo tenía todo dispuesto desde la eternidad.

Podemos establecer una clasificación de las manifestaciones divinas en la Biblia, del modo siguiente:

—Teofanías de la voz que baja del cielo.

—Teofanías de los ángeles mensajeros de Dios.

—Teofanías oníricas.

—Teofanías de las visiones proféticas y celestiales.

—Teofanías del fuego sagrado.

—Teofanías de los hechos prodigiosos en la naturaleza

—Teofanías de los muertos que vuelven a la vida.

Prescindiremos, no obstante, de los milagros referidos a la vida de Jesús que se relatan en los Evangelios, y de las teofanías postbíblicas, como las apariciones marianas.

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