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Le hablaré al corazón 

Israel es el pueblo que ha conocido a Dios en el desierto, su experiencia es única en la historia de las religiones. Su tú a tú con Dios, su conciencia de ser heredad suya, la niña de sus ojos, el pueblo de su corazón, se fraguó principalmente en su experiencia del desierto al salir de Egipto. En su precariedad, alcanzó un conocimiento único del Trascendente, un conocimiento no basado en estudios filosóficos o metafísicos, ni siquiera antropológicos. Conoció a Dios al ser testigo de su lealtad. Me explico, no sólo por la Palabra que Él le daba sino porque ésta se cumplía. Esta conciencia la hace pública y universal el mismo Jesús cuando orando al Padre le dice: “Tu Palabra es verdad” (Jn 7,17).

Tu Palabra es verdad, no es una leyenda ni un cuento. ¡Tú, Padre mío, eres leal porque siempre cumples tu Palabra! Esto que oímos a Jesús podría perfectamente decirlo Israel en su experiencia del desierto. La torpeza del pueblo consistió en olvidar la catequesis magistral que había recibido del mismo Dios. Como quien dice, de su propia boca y a la luz de sus obras pudo comprobar que la fe en su presencia y en su protección crecía prodigiosamente en las fértiles praderas de la precariedad. Con las riquezas de Canaán en sus alforjas, -riquezas que Dios mismo había puesto a su alcance- llegó a atarse al dios dinero a causa de su falta de discernimiento. Hecho que estableció una distancia irreductible entre su corazón y sus labios. Aun cuando sus labios alababan y bendecían a Dios, sus corazones estaban lejos de Él (Is 29,13).

Observemos el acontecimiento. Dios ama, Israel olvida. Va al Templo, mas sus corazones, y con ellos todo su ser, están con los mismos dioses que habitan los corazones de los demás pueblos de la tierra. Bajo esta realidad, Israel, al igual que todos los hombres cuyo apoyo es la obra de sus manos, camina hacia su anonimato. No hay peor destrucción que ésta. Anónimo es todo aquel cuyo nombre es perecedero, aquel que queda atrapado por la aniquilación del tiempo. Son anónimos porque la muerte engulle como un dragón todos y cada uno de los interminables días de su vida proclamando: “éste ya no es”.

Ante esta situación tan destructiva, Dios no se queda indiferente. Le duelen las entrañas ver al hombre tan aferrado a lo que cree que es suyo: la gloria del mundo (Mt 4,8-9), y tan ausente de lo que en realidad le pertenece: la gloria de Dios: “Les he dado la gloria que tú me diste” (Jn 17,22). Le duele, casi diríamos que se estremece de espanto, y por ello decide actuar. Actúa en el Israel que ha desertado de su identidad -ser la niña de sus ojos- enviando a sus profetas. Éstos anuncian en su nombre un nuevo romance, un nuevo idilio en un nuevo desierto. Oigamos la epopeya, el nuevo canto del amor de Dios por el hombre tal y como lo hemos recibido de Oseas: “Voy a seducirla –a su esposa/Israel- la llevaré al desierto y hablaré a su corazón” (Os 2,16). La llevaré al desierto, lugar privilegiado en el que se recobra la belleza indomable de la precariedad perdida. Allí pondré mi Palabra cargada de Vida, en su corazón.

Es en el desierto donde realmente crece el alma, donde la soledad y la precariedad asoman como dones inapreciables que nos hacen, por una parte, divinos; y, por otra, inmensamente más humanos. Soledad y precariedad son como un matrimonio que da a luz un corazón misericordioso; surge la misericordia como fuente natural y no como tarea de perfección impuesta. Dios seduce y lleva a sus buscadores al desierto no para que experimenten su dependencia sino porque éste es el lugar santo, el espacio de amores imposibles. Volcando su amor en el alma, Dios siembra en ella su Palabra, acallando así el dolor que le produce el sentirse inhabitada.

Es el grito -ya gemido- con el que la esposa del Cantar de los Cantares se hace oír: “Ponme como sello sobre tu corazón, como un sello en tu brazo…” (Ct 8,6). La esposa ha sufrido en soledad su noche oscura y, al ser despertada por su amado (Ct 8,5), se entrega a Él en una nueva noche ésta de amores y pasiones. Noche que es testigo de temblores que estremecen su alma hasta el paroxismo. Noche en la que el deseo y la pasión dilatan su espíritu tan a lo ancho y a lo largo que deja pequeña la inmensidad del cosmos. Noche de y para amantes que juegan a crear la Vida que brota del Amor. Noche de fuego compartido en la que un coro de brasas enfebrecidas danzan al ritmo y compás del eco de unos latidos. Noche en la que el Amado reviste a su amada con las mejores galas de su propia divinidad. Noche de quiebros y caricias en la que los abismos interiores descubren su amplitud para acoger tanta ternura aún por inventar. Noche en la que los deseos y anhelos de la amada se elevan a tan alto cielo que su propio rostro alcanza a grabarse como un sello en el Espíritu de su Amado.

El desierto es el lugar de amores esperados. ¿Por qué, pues, se busca a Dios sino porque el alma intuye que puede llegar a ser amada así? Desierto, lugar de encuentros porque en él es donde la Palabra es diseñada en el corazón por la mano del Artista de los artistas: Dios. Todo esto acontece en el desierto, y a partir de entonces es imposible que Dios caiga en el olvido. Imposible es olvidar al Dios que escogió vivir en el hombre con el fuego de su Palabra. El Trascendente se ha hecho Inmanente, se ha hecho Presencia. Las telas del alma son el palio transparente que le acogen. No es esto algo poético, es su incomparable promesa (Jn 14,23).

                                                                                                                                    Antonio Pavía.

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