Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, abril 23, 2021
  • Siguenos!

Le salió al encuentro… 
01 de Febrero
Por Jeronimo Barrio

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a la otra orilla del mar, a la región de los gerasenos. Apenas desembarcó, le salió al encuentro, de entre los sepulcros, un hombre poseído de espíritu inmundo. Y es que vivía entre los sepulcros; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo; muchas veces lo habían sujetado con cepos y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los cepos, y nadie tenía fuerza para dominarlo. Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras. Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él y gritó con voz potente: «¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo?
Por Dios te lo pido, no me atormentes».
Porque Jesús le estaba diciendo: «Espíritu inmundo, sal de este hombre».
Y le preguntó: «Cómo te llamas?».
Él respondió: «Me llamo Legión, porque somos muchos».
Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca.
Había cerca una gran piara de cerdos paciendo en la falda del monte. Los espíritus le rogaron:
«Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos».
El se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al mar y se ahogó en el mar.

Los porquerizos huyeron y dieron la noticia en la ciudad y en los campos. Y la gente fue a ver qué había pasado.
Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Y se asustaron.
Los que lo habían visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los cerdos. Ellos le rogaban que se marchase de su comarca.
Mientras se embarcaba, el que había estado poseído por el demonio le pidió que le permitiese estar con él. Pero no se lo permitió, sino que le dijo: «Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti».
El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban
(San Marcos 5,1-20).

COMENTARIO

En este extraño pasaje evangélico contemplamos la actitud de Jesús con el mal, representado por ese espíritu inmundo que habitaba en aquel hombre de Gerasa. La descripción que el evangelista hace de la situación de aquel hombre es escalofriante, parece tomada de una película de terror. Sin embargo, la relación que se establece entre Jesús y ese endemoniado resulta impresionante desde el mismo instante en el que Jesús llega a su entorno. El evangelista lo describe con detalles muy relevantes: “apenas desembarcó le salió al encuentro…” “viendo de lejos a Jesús, echo a correr y se postró ante el”.

Y no es de extrañar esta actitud del endemoniado al ver a Jesús en su territorio. El mal tiene que rendir cuentas ante Jesús, siempre. El mal verdadero sabe que es el mal y sabe que es inferior al Bien encarnado en Jesús. Y siempre pierde, siempre se tiene que doblegar ante la autoridad de Dios. Esa es la desesperante situación de aquellos demonios que se veían atormentados ante Jesús al que con plena conciencia reconocían como el “Hijo del Dios altísimo”.

Nosotros no somos Jesús, capaces de ponernos delante de los demonios que nos rodean a diario y con esa serenidad enfrentarnos a ellos, pidiéndoles que se retiren. Nos asusta muchas veces el mal que nos rodea y huimos de él o procuramos evitar el encontronazo directo. Muchas veces lo tememos, por su real fortaleza y su poder para dañarnos. No es tarea fácil, pero la clave está en que no somos nosotros los que tenemos que creernos capaces de resolver todo mal, es en el nombre de Cristo, al que nos tenemos que abrazar, para buscar convertir una situación de maldad en otra de bien. Viviendo en Cristo podemos mirar el mal que nos rodea con sus ojos misericordiosos y al mismo tiempo con la confianza de que nada nos puede pasar si permanecemos unidos a él.

Misteriosamente parece Jesús tener hasta compasión del propio espíritu del mal y le permite una salida alternativa a la posesión de aquel hombre, dejando entrar a aquella legión de demonios en la piara de cerdos. El final es sorprendente: “se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el mar”

Muchas veces pretendemos que resolver un problema serio, un mal que padecemos o que nos han propinado, resulte gratis, sin costo alguno en términos humanos. La reparación de la mayoría de los males que nos toca sufrir conlleva sacrificios a veces materiales y no siempre entendemos bien esto, como les ocurrió a los porquerizos de Gerasa, que sólo vieron su perjuicio y no el bien milagroso que le ocurrió aquél hombre. Es cierto que el pasaje evangélico parece remarcar mucho la cuantiosa pérdida que debió suponer los dos mil cerdos precipitándose al mar, a cambio de salir aquel demonio de un solo hombre, que por lo que se describe, parecía no importar a nadie salvo por lo molesto y aterrador que les resultaba su presencia en la región, abandonado entre los sepulcros. La vida de una persona, la conversión de un hombre, la vuelta a la paz y a la gracia de un alma a veces tiene un coste muy alto en términos materiales, para terceras personas o para uno mismo, pero siempre será espiritualmente rentable porque lo de aquí es sólo temporal y el alma es eterna. Salvar a una persona de las redes del mal siempre es rentable, es el único negocio que vale la pena salvar cueste lo que cueste.

Añadir comentario