Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, septiembre 16, 2019
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Libres para arriesgar 

Ante un panorama así, nuestra salida no puede ser la de la huída sino la de activar la nomadía, el nomadismo del corazón. En otras palabras, si nuestro corazón está hecho a la medida de Dios, revistámosle de la túnica del peregrino y pongámosle en camino. Liberémosle así de los arneses en los que se le quiere sujetar; de esta forma podrá lanzarse a la búsqueda de horizontes más anchos hasta que se encuentre con Dios, el único en el que puede descansar tal y como Él mismo lo dice (Mt 11,28-29).

Del corazón y alma, cansados, enfermos de amor, nos habla la esposa/alma del Cantar de los Cantares. La vemos saliendo apresurada, ansiosa tras las huellas de Dios. Él ha pasado por su vida y la ha descolocado. Nada ya tiene sentido hasta que no encuentre a Aquel, el único que puede curar su sed de amor infinito: “Abrí a mi amado, pero mi amado se había ido de largo. El alma se me salió en su huída. Le busqué y no le hallé, le llamé, y no me respondió… Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, si encontráis a mi amado, ¿qué le habéis de anunciar? Que estoy enferma de amor” (Ct 5,6-8).

Experiencia del alma que encontramos con frecuencia a lo largo de toda la Escritura. Como, por ejemplo, esta otra del salmo 42. El alma es representada bajo la figura de una cierva que, jadeante, busca unos manantiales de agua que puedan calmar su delirio y su sed: “Como jadea la cierva, tras las corrientes de agua, así jadea mi alma en pos de ti, mi Dios…”

Sólo un corazón y un espíritu inconformista alcanzan el fin de su búsqueda. Sólo un corazón consciente de sus carencias, es capaz de encontrarse con Aquel que se acopla a sus hambres y ansias. Sólo un corazón y un espíritu libres de las ofertas caducas del mercado, son lo suficientemente luminosos par descubrir en sí mismos el impulso incontenible que les aguijonea hacia el Misterio. Sólo estos corazones verán colmados sus inconsolables vacíos.

Las inquietudes e inconformismos que se disparan vienen en nuestra ayuda cuando el círculo obtuso del vivir nos amenaza. Es entonces cuando nuestro corazón, indomable a todo lo que no está a su altura, reacciona y, haciendo gala de su inconformismo, se nomadiza y sale en búsqueda de Alguien que le satisfaga por completo. Alguien que es Dios, aunque todavía no lo conozca, aunque todavía no sepa su nombre.

Puede, como digo, no conocerlo o reconocerlo aún, pero sale en su búsqueda porque intuye que tiene que haber una Fuente que dé descanso a las corrientes impetuosas y revueltas que se disparan incontrolables por todo su ser. Sabe que encontrando la Fuente, se encontrará también a sí mismo.

De esta fuente nos hablan los profetas de Israel y le dan un nombre: Dios. Vale la pena peregrinar aun con mil miedos, dudas y contratiempos… y también renuncias para cerciorarnos acerca de su existencia o no. Vale la pena, -sí vale la pena- porque todos aquellos que se hicieron nómadas y errantes por ella, en ella se sumergieron. Al abrazarse a ella, encontraron la savia de su vida, se encontraron con Dios; huérfanos de todo, al emprender su éxodo, se encontraron con su Padre. Cuando sus pasos llegaron hasta Él, decidieron plantar su tienda a su lado para disfrutar –repitiendo la experiencia del salmista- de sus delicias para siempre: “Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu lado” (Sl 16,11).

                                                                                                             Antonio Pavía.

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