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Llega el Salvador   
24 de diciembre
Por Juan José Guerrero

«En aquel tiempo, Zacarías, padre de Juan, lleno del Espíritu Santo, profetizó diciendo: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas. Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán. Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días. Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados. Por la entrañable misericordia de Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en la sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”». (Lc 1,67-79)


Zacarías, que acababa de recobrar la voz que había perdido por no creer el anuncio de la  maternidad de su anciana esposa hecho por el ángel; lleno del Espíritu Santo se puso a profetizar alabando al Señor, reconociendo su poder y las maravillas que habría de traer, entre las que destaca el anuncio de la venida del Mesías.

Con este Mesías llega “la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian”. Esta salvación es total y definitiva, pues no se trata de una victoria basada en la fuerza  sino en la realización de “la misericordia que tuvo con nuestros padres”, es decir, mediante un proceso de conversión por el cual todos los que son enemigos se vuelven amigos y los que se odian entre sí empiezan a amarse con el amor que procede de Dios y que, libremente aceptado, llenará los corazones de dicha y mutua entrega.

Entonces, encontraremos nuestra alegría y nuestro gozo en estar con el Señor sirviéndole “con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días”. Esto será posible porque se nos habrá concedido estar “libres de temor, arrancados de la mano de nuestros enemigos”. La paz y la comunión en un mismo amor se darán en plenitud entre todos nosotros pues “nos visitará el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”.

Todo esto es posible por la inminente llegada del Mesías que profetiza Zacarías, cuando dirigiéndose a su hijo recién nacido dice: “Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de los pecados”.

Esa vida que es la que Dios quiere para todos y que no nos es posible alcanzar porque llevamos el pecado enraizado en la humana naturaleza, es la que nos va a regalar Cristo al asumir el ser uno de nosotros. Como Dios, el valor de sus actos es infinito, y como hombre, puede tomar sobre sí los pecados de toda la humanidad para pagar en justicia el precio de nuestro rescate.

Así, por la encarnación, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, todo hombre está perdonado y tiene libre acceso a la Vida junto a Dios. Sin embargo, pudiera alguno quedar excluido de este regalo, pues ni Dios mismo puede obligar a nadie a aceptarlo; de lo contrario, habría perdido su libertad y dejado de ser hombre; a lo sumo, se trataría de un robot.

El hombre que acepte el ofrecimiento que a todos nos hace Jesucristo ha de mostrar su conformidad doblegando su orgullo, humillándose hasta reconocer sin reservas que él ha sido incapaz de conseguir la Vida Eterna por sus méritos, mediante su esfuerzo. Además, con toda libertad, ha de reconocer el inmenso favor que le ha sido concedido y, por lo tanto ha de mostrar a Dios que le está profundamente agradecido, lo que se traduce en un amor absoluto a Él y a todas y cada una de las personas, lo mismo que Dios las ama. Si no las amase, no las habría creado.

En definitiva, Zacarías ha de llenarnos de alegría con su “Benedictus”, pues cuanto nos dice, si lo meditamos bien, es fuente de esperanza, de amor y de paz que nos ayudará a limpiar nuestro espíritu de cuanta basura nos separa de Dios y de los hermanos.

Juan José Guerrero

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