Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, septiembre 22, 2019
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Lo pequeño es grande 

«En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a la gente: “El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas”. Les dijo otra parábola: “El Reino de los Cielos es semejante a la levadura tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo”. Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta: “Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo”». (Mt 13, 31-35)

Manuel O’Dogherty

¿Cómo puede venir al mundo el Mesías, el salvador del mundo, pasando por el hijo de un carpintero? ¿Cómo, para cumplir su misión, se rodea de pescadores y de gente sin instrucción? Ciertamente Jesús ha aparecido en el mundo como ese  pequeño grano de mostaza, apenas visible; ¿por qué actuar así? ¿No sería mucho más fácil haber nacido entre los poderosos y tener mucha influencia en la sociedad? ¿Por qué hablar en parábolas a riesgo de que no le comprendan o, peor aún, le malinterpreten? Como nos recuerda el profeta Isaías, es difícil entender cómo Dios hace las cosas: “Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros  caminos son mis caminos  —oráculo de Yahveh—.  Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros” (Is 55,8-9).

Dios ha querido darse a conocer a través de la humildad, porque Dios es amor, y el amor todo lo cree, todo lo excusa y todo lo soporta, por eso dice el salmo que Dios se inclina hacia el humilde y al soberbio lo mira desde lejos; además nos ha dejado la posibilidad de aceptarlo o rechazarlo, porque nos ha hecho libres. Por eso el conocimiento de Dios empieza por lo pequeño, por lo que casi no llama la atención, pero plantea un interrogante: ¿será posible que el Dios Todopoderoso se ocupe en estas insignificancias con la cantidad de problemas que hay en el mundo? ¿En qué está pensando Dios, si es que existe? Quien cree tenerlo todo bajo control en esta vida pensará que son tonterías sin importancia, o ni siquiera se hará estas preguntas porque se ha hecho dios de sí mismo.

Personalmente, siempre me había creído capaz de sacar mi vida adelante por mis propias fuerzas, hasta que la misma vida me demostró que eso era imposible: no podía soportar las injusticias, ni los defectos de los demás y, mucho menos, los míos propios, que me recordaban constantemente que yo no era dios; hasta que, hace ya muchos años, un buen día —nunca mejor dicho— escuché una de esas “tonterías” en forma de una palabra, pronunciada con miedo y nerviosismo, pero con un poder extraordinario: ¡Dios te ama y quiere transformar tu vida, de forma que puedas ser feliz y experimentar la Paz! Este fue el grano de mostaza que mandó Dios a mi vida; desde entonces todo ha cambiado radicalmente, pero no de forma instantánea, sino a lo largo de un tiempo que ha sido como una gestación.

Al igual que el grano de mostaza, mi bautismo era apenas visible, estaba como aletargado en la tierra esperando que viniera alguien que la regara y abonara para que esa semilla pudiera crecer, hasta convertirse en un árbol frondoso y dar fruto; este alguien fue la Iglesia, a la que yo había despreciado durante tanto tiempo.

A día de hoy puedo decir que, a pesar de mis muchos pecados, ese grano de mostaza ha crecido muchísimo porque Dios se ha encargado de ello —bien sé yo que no es cosa mía—, y aunque todavía está muy lejos de ser un árbol frondoso, ya empieza a proyectar hacia el exterior una pequeña imagen de lo que significa ser cristiano: amar a Dios y al prójimo, y esto, creedme, es con mucho lo mejor.

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