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De profeta a rey 
29 de Julio
Por Francisco Jiménez Ambel

En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos.
Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.
Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente dijo a Felipe:
–¿Con qué compraremos panes para que coman éstos ? (lo decía para tantearlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer).
Felipe le contestó:
–Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro le dijo:
–Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces, pero, ¿qué es eso para tantos?
Jesus dijo:
–Decid a la gente que se siente en el suelo.
Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron: sólo los hombres eran unos cinco mil.
Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados; lo mismo todo lo que quisieron del pescado.
Cuando se saciaron, dijo a sus discípulos:
–Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.
Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido.
La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía:
–Este sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo.
Jesús entonces, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña, él solo (San Juan 6, 1-15).

COMENTARIO

Ahora sí. Ya estaba claro. No sólo había hecho toda clase de curaciones individuales, expulsiones de demonios en mayor número, incluso las mas difíciles a ojos de los escépticos (¡ay la salud!), sino que era capaz de dar de comer a la multitud. El salto de la resolución de problemas singulares al hecho de proveer de alimentos a la gente hasta sobrar, le hacía merecedor del título de “rey”; ahora ha demostrado que sabe resolver los asuntos generales, y que administra bien: “Que no se desperdicie nada”. Es el rey perfecto. Es, exactamente, el profeta que necesitamos; alguien que provea a nuestras necesidades materiales.

Pero vuestros caminos no son mis caminos. Jesús – que sabe como pensamos – no acepta ese reinado interesado y caduco que le vamos a proponer. Y se marcha, sólo, a la montaña, a hablar con su Padre. Tenía en mente otra conversación sobre su condición de rey. De hecho el evangelista apostilla que estaba próxima la pascua de los judíos.

“Entonces, ¿Tu eres rey?. Tu lo has dicho”

Y ese auténtico reinado le valió de justificante para su cruel ejecución. La tablilla tenía la identificación: Jesús de Nazaret rey de los judíos (INRI). Naturalmente los notables protestaron; rectifica y puntualiza que Él dice ser el rey de los judíos. Pero Pilatos zanjo: “Lo escrito escrito está”.

Todo este devenir sobre su realeza y su genuina misión, es lo que Jesús tiene presente, para negarse a que la gente lo proclame rey. Será rey no por aclamación, sino como escarnio y con abandonado.

Hay otro aspecto importante en la multiplicación de los panes “de cebada”. Del relato evangélico se infiere que no todos participaron; fueron muchos, pero no todos. El dio la orden de que se sentaran en la hierba, y sólo varones se contaron mas de cinco mil, pero no todos siguieron sus instrucciones. Algunos, no sabemos cuantos, no entendieron o no quisieron participar de aquel recostamiento en la hierba (como hace el ganado, dócil a su pastor). Además no es insensato suponer que algún previsor “rico” viniera acompañado de viandas más abundantes que la pequeña provisión de un niño (cinco panes y dos peces). De hecho el evangelista precisa el número de los que comieron, dando a entender que muchos otros se quedaron como espectadores, estupefactos, pero sin participar directamente en la comida. Y esta es una constante en los milagros: Jesús no los impone, pide un gesto (aunque sea débil o prestado) de parte de quien lo va a recibir, nunca se se hacen sin un mínimo de fe, de confianza, de acatamiento, de esperanza, de necesidad, de súplica, etc. Aquí, simplemente bastó el recostarse en la hierba, los que permanecieron erguidos, reticentes, racionalistas encorsetados en su juicio de renuencia hacia una postura ridícula o una mascarada, los que no le siguieron “el juego”, tampoco gozaron del milagro. El se había apiadado de las muchedumbres, no por el hambre, sino porque andaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor (Mt  9 36). El es el Buen Pastor y el Pan del cielo.

Hay un detalle más, para los escrutadores; sobró pan, pero no pescado. Naturalmente el pescado no se conserva igual, pero el pescado sació, bastó y se terminó.  Los doce canastos (los doce apóstoles, las doce tribus, las doce piedras, las doce torres, las doce…) se llenaron de sobrantes de pan de cebada. No se desperdició nada. Aquí hay una apelación de la Iglesia a la caridad. El Decreto conciliar Ad gentes n.º 12, se apoya en este pasaje para movernos a socorrer a todos, indiscriminadamente.

Y eso que “mi reino no es de este mundo”. Es muy llamativa la obsesión de los detentadores del poder (civil) por esclarecer y anular el poder espiritual. De hecho, como no creen en él, lo temen más. Ahí está el interrogatorio-confesión de Pilatos: “Luego tú eres rey”. La aclaración sobre lo que no es de este mundo no le interesa lo más mínimo – no así a su esposa -, pero él se aplica a ejercer el poder que ostenta; el de matar. Eliminar rivales. Pero actuando así estaba cumpliendo los inefables designios de quien gobierna cielo y tierra. A conversar con Ese, es a lo que se retira, sólo, Jesús.

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