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Los caminos para amar a Dios 
24 de Marzo
Por Horacio Vázquez

 

“Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: “¿Qué mandamiento es el primero de todos? ”Respondió Jesús: “El primero es: “Escucha Israel, el señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos”. El escriba replicó: “Muy bien Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él, y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: “No estás lejos del reino de Dios”. Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas”. Mc 12, 28b-34

    La respuesta de Jesús al escriba que le formula la pregunta y la matización que este realiza después, y que Jesús alaba como sensata, nos sitúan sobre las claves “del modo de amar a Dios”, porque si bien Jesús establece en su respuesta la lógica jerarquía que existe entre el “amor a Dios” y el “amor al prójimo” en una escala de los mandamientos más importantes, luego, en definitiva, parece que se subordinan o enlazan el uno con el otro, y ya no será posible amar a Dios sin amar al prójimo, como si se cumpliera también aquí, en esta interacción del amor más puro y genuino, la teoría de Arquímedes sobre los vasos comunicantes, y así se produjera, ahora por ley divina, que no física, que el amor que pusiéramos en los vasos sagrados del cielo cuando adoráramos a Dios, alcanzaran el mismo nivel en las vasijas de barro donde derramamos nuestro amor al prójimo, y viceversa.

    Pero hay algo más, o quizá mucho más, porque el escriba, sin invertir los términos de la jerarquía que establece Jesús, coloca esta fórmula del “amor del corazón” por encima de todos los rituales con los que se manifestaba entonces la fidelidad a Dios, es decir, el fuego de los altares sagrados en que se consumían las víctimas de los holocaustos y sacrificios sangrientos.       

Estamos, pues, en presencia de una cuestión ontológica de la mayor importancia, pues el amor de Dios es primigenio para la historia de los hombres, y se manifestó por primera vez en la creación del mundo, que fue un “acto de amor”, y el hombre y la mujer, creados en el día sexto de ese proceso “a su imagen y semejanza”, solo puede llegar hasta ese “Dios del amor” mediante la fe, y desde ella, aprender a conocerlo y amarlo con los medios que tenemos a nuestra disposición, así, las enseñanzas de la Iglesia de Jesucristo y los sacramentos. Y de sabernos criaturas de Dios e hijos de un Padre que nos ama, nace el amor a Dios y la necesidad de adorarle y de relacionarnos con él.

    Y de ese mismo conocimiento y de ese mismo amor surge, indefectiblemente, el amor a los hermanos, el amor al prójimo, que no es por lo tanto una elección casual, aleatoria o alternativa, sino, consustancial, necesaria y afluente de aquel mismo amor, porque nace de la misma fuente, del amor que Dios nos tiene, y también, de cuanto nosotros amamos a Dios, y nos formula iguales pedimentos, pues el “amar a Dios sobre todas las cosas”, que se nos pide la ley, traducido a la escala humana de lo que para nosotros es más perceptible, es de igual naturaleza y entidad que “el amor que tenemos a nosotros mismos”, y así debemos proyectarlo sobre los demás en el “mandamiento nuevo” que nos dejó Jesús en la Última Cena, y que él, llevó hasta el extremo: “Amaros los unos a los otros como yo os he amado”.

Y no lo olvidemos, el amor con que él nos ama, “es el Amor de Dios”.

    Por eso puede resultar difícil establecer categorías para amar en un contexto práctico y efectivo. Solo en un sentido ontológico pudiera categorizarse el amor, y ello sería así porque “Dios es amor”, y en consecuencia, “Dios es la fuente de todo amor”, y por tanto, a él debemos acudir en primer término por los caminos de la fe, pero una vez que hemos aprendido a  amarle a él, la distinción se difumina y cobra verdadero sentido en el contexto social, porque el amor se regala, se comparte y nos hermana, y al hacerlo así, nos vamos dando cuenta de que ese amor que damos nos lleva al otro amor, al amor a Dios, y viceversa, de modo y manera que ya, en definitiva, el uno no puede existir sin el otro, y crece, y se esparce, y nos llena, nos colma, nos embellece.

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